La dama viuda de Invernalia.

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Buenas, ya regrese, con un nuevo cap, siento la demora.

-X-

Cersei VII.

Cuando se puso de pie, el cielo se había teñido de negro, y las estrellas brillaban.

«Todas menos una-pensó Cersei-. La estrella más brillante del Norte ha caído; a partir de ahora, las noches serán más oscuras y los días más fríos-Se detuvo un momento para ver el árbol de corazón, un roble oscuro y sin rostro, tan diferente al de Invernalia-. Ay, Aryan...».

Cersei vio los copos de nieve caer, pero ni tan siquiera hizo ademán de colocarse la capa. Sabía que nada de lo que hiciera la ayudaría a volver a sentir calor. El aire estaba impregnado con los aromas de la tierra y las hojas.

Las condolencias habían llegado como un goteo y, de pronto, se convirtieron en un torrente, todos hablaban del valor de lord Aryan, de su vida, su obra y su legado, pero Cersei solo quería llorar a su esposo lejos de las miradas indiscretas. Nadie acudía al bosque de los dioses, así que allí podía estar sola... Bueno, en compañía de los dioses, claro.

Incluso allí, en el corazón del castillo, en el corazón de la ciudad, uno sentía cómo los dioses del bosque la miraban con un millar de ojos invisibles.

Cersei jamás había sido muy apegada a los dioses de sus padres. Claro, eran bonitos: las estatuas, las imágenes en las vidrieras, la fragancia del incienso al quemarse, los septones con sus túnicas y sus cristales, los mágicos dibujos del arco iris sobre altares con incrustaciones de madreperla, ónice y lapislázuli... Todo tenía cierto aire de magnificencia que ella jamás había pasado por alto, pero no había sido nunca una verdadera devota. En cambio, los dioses de su esposo... No podía negar que el bosque de dioses también tenía cierto poder. Sobre todo de noche. Y en invierno.

Las pisadas de Cersei despertaron ecos al salir del bosque de dioses. Tras ella, el viento levanto las hojas y le pareció escuchar un susurro, pero era ridículo. Los cantores que su esposo tenía en su corte eran capaces de comunicarse con los árboles y los animales, lo sabía, pero no eran artes que cualquiera pudiese aprender.

«La pena y el cansancio están jugando con mi mente». Había creído que tras la muerte de Lord Tywin y la ruina de los Lannister, nada ni nadie podrían sorprenderla o herirla, pero se equivocaba. Cersei había sentido una extraña calma al enterarse de la muerte de su padre. Como la primera vez que se le había caído un diente, cuando era pequeña. No le dolió, pero el agujero que le quedó en la boca le causaba una sensación rara y no podía dejar de rozárselo con la lengua. En cambio, la muerte de Lord Aryan...

Sin duda debía estar muy distraída, porque no noto cuando choco con una persona. Cersei tropezó con él y perdió el equilibrio. Unos dedos de hierro la agarraron por la muñeca antes de que cayera.

«Balaq, mi sombra silenciosa».

-Es tarde, pero quiero ver a mis hijos antes de dormir-Sí es que conseguía dormir algo aquella noche. Últimamente conciliar el sueño era todo un reto para ella.

La respuesta de la Sombra llego como un eco rasposo. En ocasiones, Cersei se preguntaba qué edad tendría, porque era viejo desde que lo conocía, pero aun así era alto, fuerte e imponente, más rápido que cualquier otro soldado de Invernalia.

Aquel tipo de pensamientos tontos le ayudaban a distraerse de otros más amargos. «¡Esta muerto! ¡Lord Aryan Stark está muerto!». Le seguía pareciendo tan surrealista que un hombre como aquel pudiese morir de una forma tan indigna para un lobo. Pese a todo, el dolor era muy real y lo había sido desde el primer momento.

El rey Aemon y Joanna habían celebrado un espléndido banquete, con un baile de máscaras, para celebrar la investidura de Daeron como Príncipe de Rocadragón y, por tanto, como heredero al Trono de Hierro y los Siete Reinos. Técnicamente la isla y la fortaleza no estaban bajo su poder, pero se trataba de un acto meramente formal. Los vinos y licores habían fluido como el agua, las piedras preciosas brillaban bajo las velas, había muchos músicos de gran talento y los cocineros de preparaban delicias. Toda la noche había sido de ensueño, hasta que llego el mensajero.

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