Un bastardo en Aguasdulces.

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Jon I.

El bosque de dioses de Aguasdulces estaba silencioso y oscuro, aunque aún era de día. Había nevado las últimas noches dejando una vara de nieve por todo el lugar, así que hasta el más leve sonido era amortiguado.

«Resulta casi antinatural ver tanta nieve tan al sur», pensó Jon con melancolía, aunque se trataba sin duda del pensamiento de alguien que vivía su primer invierno. Cuando nació también era invierno, pero en realidad no lo recordaba, así que no contaba. Aun así, Jon era norteño y estaba acostumbrado a la nieve, pero los ribereños.... Entre las lluvias, las inundaciones, la nieve, el fuego y la guerra habían perdido buena parte de las cosechas y provisiones pacientemente acumuladas en previsión del invierno. Por toda la región se extendía el hambre, muchos pasaban necesidades y algunos morirían.

Lord Aryan Stark no se había mostrado indiferente ante aquella situación y aseguro que Invernalia ayudaría a sus aliados, los Tully, pero los alimentos no llegarían de inmediato.

«Los más afortunados le agradecerán y rezaran por él, pero los demás...». Jon supuso que no tenía importancia, y se sacudió aquellos pensamientos de la cabeza.

Tenía las rodillas entumecidas por estar arrodillado sobre el frio suelo, rodeado de secuoyas altas y olmos viejos, de rodillas ante un árbol corazón, un esbelto arciano con un rostro más triste que fiero. Tenía la espada larga ante sí, con la punta clavada en la tierra, y las manos enguantadas en torno a la empuñadura. A su alrededor había otros, también de rodillas: Jon Umber, al que llamaban Gran Jon; Rickard Karstark con sus tres hijos, Torrhen, Aryan y Rickard; Maege Mormont; su primo Robb, y varios más. Hasta había varios de los Blackwood del Árbol de los Cuervos.

«Solo le dan las gracias a los dioses del bosque por lo que nos han concedido hasta ahora», se dijo.

Una tenue brisa susurró a través del bosque de dioses, y las hojas rojas se agitaron y murmuraron. A extramuros, Fuegoscuro y Terrax alzaron las fauces al cielo y rugieron.

«Hemos hablado y los dioses nos han oído», comprendió Jon.

-¡Mis señores!-dijo una voz, rompiendo la paz del bosque.

Jon alzó la cabeza. Lady Catelyn estaba al otro lado del bosque, bajo un roble viejo, con el rostro casi oculto por la capucha de lana. Pese a que vestía con mucha sencillez, había un aire de inconfundible nobleza en ella. En un instante todos se habían puesto de pie para saludar a la señora del castillo.

-No quería molestarlos mientras rezaban, les pido disculpas-dijo la dama-. Los dioses tienen derechos, yo lo se... Pero el rey Aemon y lord Aryan están convocando un consejo de guerra.

Se armó un breve ajetreo mientras todos se apresuraban a salir del bosque de dioses en dirección al salón principal. Robb se quedó allí donde estaba, con una mirada inquieta. Y de pronto, solo estaban ellos dos con la señora. Un silencio algo incómodo se instaló.

Jon intercambió una mirada con su primo. Ninguno dijo nada, ninguno se movió en dirección a la salida, porque lady Catelyn bloqueaba el camino... y los veía. Bueno, veía a Jon.

-No esperaba verte aquí-le dijo, con una voz carente de emociones. Era la primera vez que se dirigía a Jon desde que había llegado.

-Todos tenemos el deber de luchar por la causa del rey Aemon-respondió Jon, cortésmente.

El rostro de lady Catelyn no cambió.

-Tal vez sería mejor que te marches a luchar por el rey en otra parte. Vete de aquí.

Robb se adelantó.

-¿Por qué no mejor vamos todos al salón? Sí el rey y la Mano han convocado un consejo, lo más prudente sería...-Pero las palabras de Robb murieron tan pronto Catelyn Tully fijo sus ojos de en él.

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