Un mar de fuego.

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¡Buenas! Estoy de regreso con otro cap. Disculpen la desaparición, entre ocupaciones mundanas se me fueron pasando los días, y además, estaba algo bloqueado.

Espero les guste.

-x-

Joanna VIII.

Las aguas estaban llenas de susurros.

Más allá de la cubierta de su buque insignia, la Reina del Norte, la niebla matutina se alzaba, con el sol apenas asomando por el horizonte. La Bahía Aguarresplandeciente se abría hacía el Mar del Ocaso como un amplia boca, sobre un terreno lleno de aguas tranquilas y verdosas, pero Joanna percibía el nerviosismo entre sus hombres. La Valor de Lord Aryan y la Luz del Occidente navegaban muy de cerca, como escolta de la Reina del Norte. De cuando en cuando oía ruido de lanzas, y el tintineo metálico de las cotas de mallas, pero hasta aquellos sonidos le llegaban ahogados a Joanna.

Al otro lado del mar, los cuernos de guerra bramaban, sus gemidos roncos y profundos como la llamada de una serpiente monstruosa se repetían de barco en barco.

-Ten paciencia, hermana-le aconsejo Myrcella, que se mantenía serena, con un aire regio que recordaba a una gran dama-. Esto se resolverá hoy.

«Sí, y eso es lo que me preocupa».

-Los Greyjoy se avecinan a su perdición-dijo Lyarra, con las manos cruzadas sobre su vientre-. No conocen estas aguas como nosotros.

Toda dama necesitaba compañía femenina, y una reina, más aun, así que Joanna accedió a contar con la compañía de sus hermanas. Bueno, de ellas, y de Sara Nieve, su prima. Ser Arthur Dayne comandaba su guardia personal, como correspondía a su posición. Estaba rodeada por treinta hombres que tenían la misión de mantenerla a salvo y, en caso de que el combate se volviera contra ellos, llevarla de vuelta a Foso Cailin. De solo recordar lo mucho que costo llegar a aquel compromiso, a Joanna le dolió la cabeza. En Invernalia nadie estaba de acuerdo con que comandase a la flota en persona, y tras varias negociaciones, todos cedieron, aunque ninguno quedo satisfecho.

-Soy la Stark de Invernalia-había dicho Joanna-. Es mi deber.

-Soy tan Stark como tú, déjame ir-se ofreció Tommen, su galante caballero.

-Eres un hermano juramentado de la Guardia Real. No es lo mismo.

-Tal vez si esperásemos un poco más de tiempo, señora-intervino Ser Arthur-. No tiene fuerzas para luchar. En cambio, sí Lord Mormont respondiese...

-Estoy cansada de esperar por Lord Mormont-replico Joanna con firmeza-. ¿Cuántos pájaros le he enviado? ¿Ocho, nueves? He perdido la cuenta. Tenemos que actuar, y tenemos que hacerlo ahora. La intentona de incursión en Foso Cailin es una línea roja que no debe quedar sin respuesta, y al menos debo hacer el intento. Por supuesto, sí tanto desean impedirme ir, supongo que pueden cargarme con cadenas y confinarme en una celda.

-¿Cadenas?-La simple palabra basto para estremecer a Ser Rodrik-. ¿A la hija de mi señor y la esposa del rey? Imposible.

No se había dicho más. Tommen había quedado a cargo de la defensa de Invernalia, y además, de la custodia de sus hijos. Joanna, con su escolta, estaban tras las líneas de batalla, tras la exigua flota que había podido reunir. Desde allí alcanzaba a divisar la colosal Doncella del Norte, con sus cuatrocientos remos hundidos en las aguas de la bahía. La cubierta estaba dedicada en exclusiva a los escorpiones, y encima estaban las catapultas montadas a todo lo largo, tan grandes que podían lanzar barriles de brea en llamas.

Joanna había enviado naves por delante durante los días previos buscando provocar al Lord Capitán Victarion Greyjoy. Quería atraer a la Flota de Hierro a aguas conocidas, libre de pecios y arrecifes que comprometiesen a las naves de Invernalia, de amplio calado. No quería combatir en mar abierto, donde los números mayores de la Flota de Hierro los abrumarían y rodearían en un instante. En cambio, escogió ese punto, donde tenían la Lanza de Sal a sus espaldas.

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