La batalla de Desembarco del Rey I

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Buenas, buenas. Tendrán que disculpar la ausencia pero ya volví, con dos capitulos seguidos. Espero los disfruten.

-X-

Tyrion II.

-Más te vale no tomar riesgos innecesarios, Renly-le advirtió Joffrey con el ceño fruncido-, o todo esto no servirá de nada.

-Relájate, Joff-Renly se carcajeó-. Te preocupas demasiado.

-Y tú te preocupas muy poco-espeto Joffrey.

Empezaba a amanecer, y las ondas de luz clara centelleaban en la superficie del río, se hacían pedazos hendidas por las pértigas y volvían a formarse al paso de la barcaza. La mayor parte de los tormenteños de lord Renly Baratheon habían cruzado el río ya y aguardaban al otro lado de la orilla.

-Se cauto donde debas y audaz cuando puedas-le advirtió Tyrion-. Sí crees que el ejército Naranja está muy cerca entonces describe un amplio rodeo, incluso sí pierdes algunos días. Es vital que llegues a las Tierras de las Tormentas, sano y salvo.

-Y libre. Sí, sí, lo sé-Renly soltó otra carcajada-. Insisto, se preocupan demasiado. Les aseguro que llegaré a Bastión de Tormentas intacto.

-Una vez allí erigirás el estandarte del rey-indicó Joffrey y le entrego un grueso montón de sobres-. Son cartas con mi sello, como Mano. Se los entregarás a los Señores de las Tormentas, la mayoría de los cuales aún no toman partido, y con suerte, te los ganarás para nuestra causa. En caso de ser necesario, has promesas: oro, tierras, títulos, lo que consideres. Sí consigues sitiar Bastión de Tormentas, Lord Stannis no tendrá más opción que abandonar a los ejércitos Naranjas.

Renly sonrió.

-Sí Stannis no se apresura, tal vez cuando llegue me encuentre sentado en su trono, en Bastión de Tormentas-dijo él-. ¿Creen que el rey aprecie un regalo como ese?

-Todos lo apreciaríamos-le aseguro Joff.

Le llegó el turno a Renly y sus últimos caballeros, y todos subieron a la barcaza. Tyrion los vio alejarse y darse impulso con las pértigas hacia el centro del Aguasnegras. A medida que Lord Renly desaparecía en medio de la niebla matutina, sintió un cosquilleo extraño en la boca del estómago. Sin lord Renly y sus caballeros se sentía algo más indefenso.

Cierto era que se trataban de apenas cuatrocientos soldados, entre ellos cincuenta caballeros... Pero todos eran hombres muy curtidos, guerreros experimentados y leales. No podía decir eso mismo de los mercenarios que habían reclutado en los últimos días, o de los capas doradas.

Gracias a la Princesa Visenya, la Guardia de la Ciudad contaba con nueve mil hombres, pero de ellos apenas una cuarta parte eran de confianza, y aun así era una cifra muy optimista.

-La lealtad de la tropa no es lo que está en duda, sino su valor-le había advertido Ser Jacelyn Bywater al Consejo, solo dos días antes-. Tenemos cientos de hombres más verdes que la hierba en primavera; se unieron a la guardia por las promesas de gloria y oro. No hay hombre que quiera parecer cobarde ante sus compañeros, de manera que lucharán con valentía al principio, cuando todo sea cosa de cuernos de guerra y estandartes al viento. Pero cuando lleguen los dragones, nos abandonarán. El primero que suelte la lanza y eche a correr tendrá un millar de seguidores.

Cierto que en la Guardia de la Ciudad también había hombres curtidos, los tres mil más antiguos, los que habían conseguido las capas doradas de manos de la Reina Lyanna, no de la Princesa Visenya. Pero ni siquiera aquéllos eran todo lo que cabría desear. Un guardia no era un soldado de verdad, como decía siempre Lord Tywin Lannister. Tyrion apenas contaba con trescientos caballeros, escuderos y soldados. Pronto tendría ocasión de comprobar otro de los dichos de su padre: que un hombre sobre una muralla valía por diez abajo.

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