Las luces navideñas del hospital titilaban suavemente en el pasillo. Algún enfermero había colgado guirnaldas y un pequeño árbol adornado con esferas rojas se mantenía encendido cerca de la recepción. Afuera, la nieve cubría la ciudad con un manto blanco, y el aire se impregnaba del aroma a invierno y chocolate que llegaba desde las calles.
En la habitación 207, el tiempo se había detenido hacía un año. Momo yacía inmóvil, prisionera de un sueño interminable, mientras los días se desmoronaban uno tras otro. Pero aquella noche de diciembre, justo cuando el reloj se acercaba a marcar la medianoche, algo cambió.
Un leve movimiento en sus párpados hizo que Nayeon se incorporara de golpe. Tenía los ojos cansados de tanto esperar, pero el corazón alerta como el primer día. Sus dedos, que nunca se habían separado de la mano de Momo, sintieron una presión imperceptible.
-¿Momo...? -susurró, temiendo romper el frágil milagro con su voz.
Los ojos de Momo se abrieron lentamente, como si le costara regresar del otro lado. La luz le molestó al principio, pero pronto enfocó lo único que necesitaba ver: el rostro de Nayeon, húmedo de lágrimas, iluminado por una sonrisa que temblaba entre la incredulidad y el alivio.
-Na...yeon... -balbuceó, con voz ronca, apenas audible.
El mundo entero se derrumbó para Nayeon. Su llanto se mezcló con una risa entrecortada mientras la besaba suavemente en la frente. En cuestión de minutos, familiares y amigos corrieron a la habitación, inundando el lugar de gritos ahogados, abrazos y lágrimas de alegría. La Navidad había llegado con el mejor de los milagros.
Los médicos hicieron su trabajo con rapidez, revisando cada signo vital. La noticia era esperanzadora: Momo estaba estable. Aun así, los meses de reposo serían inevitables. Su brazo derecho estaba inmovilizado en yeso, y una costilla había sido reparada en cirugía, lo que la obligaría a moverse con cuidado. Pero nada de eso importaba; la vida le había dado otra oportunidad.
Cuando la euforia comenzó a calmarse y los visitantes se fueron a continuar la velada con sus familias, en la habitación quedaron solo tres personas: Momo, Nayeon y el pequeño Taehyun. El niño de cuatro años se había aferrado a ella desde el momento en que la vio abrir los ojos, como si temiera que desapareciera de nuevo.
Se subió a la cama con torpeza y apoyó su cabeza en el brazo sano de Momo. Con esos ojitos llenos de ternura y una inocencia que solo la niñez podía guardar, comenzó a hablar sin parar.
-Te dormiste mucho tiempo... -le dijo con voz bajita, como si se tratara de un secreto-. Mamá decía que estabas descansando, pero yo sabía que un día ibas a despertar. ¿Sabes? Te traje dibujos, te canté y hasta te conté cuentos. Pero no me escuchabas...
Momo lo miraba en silencio, conmovida hasta las lágrimas. Le acarició el cabello con suavidad, sintiendo cómo su corazón se apretaba al pensar en todo lo que había perdido. Un año entero. Un año en el que Taehyun había crecido, en el que Nayeon había luchado sola contra la incertidumbre.
-Perdón... -susurró, su voz quebrada-. Lo siento por haberte dejado tanto tiempo, pequeño.
El niño levantó la cabeza y negó con una seriedad impropia de su edad.
-No tienes que pedir perdón. Solo no vuelvas a dormir tanto, ¿sí? -dijo, y luego la abrazó con fuerza.
Nayeon observaba la escena desde la silla junto a la cama, con el corazón colmado. Había pasado noches enteras llorando en ese mismo lugar, rogando que Momo regresara. Ahora, verla sonreír -aunque fuera débilmente- y hablar con su hijo, le parecía un sueño hecho realidad.
Se inclinó hacia ella y tomó su mano libre.
-Un año entero esperé por este momento -murmuró, con la voz cargada de emoción-. Y aunque dolió... no me rendí. Sabía que volverías a mí.
ESTÁS LEYENDO
𝐀𝐦𝐨𝐫 𝐏𝐫𝐨𝐡𝐢𝐛𝐢𝐝𝐨
FanfictionIm Nayeon a sus 31 años es una mujer soltera, es maestra de Ciencias en una de los colegios más prestigiosos del país. Es una mujer dominante, imponente y hermosa, es la mujer perfecta de todo hombre lo malo es que no le gusta ni les da la atención...
