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El aire del gimnasio estaba cargado de olor a sudor y caucho quemado por los golpes de los sacos de entrenamiento.
Momo entró arrastrando los pies, la chaqueta colgando de manera descuidada, los ojos apagados.
Sus manos temblaban ligeramente, como si cada paso le costara esfuerzo.

San levantó la vista del saco que estaba golpeando y frunció el ceño.
—Momo… ¿estás bien? —preguntó con cautela.

Momo no respondió de inmediato.
Solo caminó hacia uno de los rincones, donde los sacos colgaban pesados, y se quedó mirando el suelo como si no existiera nada más.

—¿Jackson no está aquí hoy? —dijo finalmente, con voz débil, casi monótona.

San parpadeó, sorprendido por el tono y la indiferencia.
—No… no lo sé. ¿Por qué preguntas?

—No me interesa —dijo Momo, sin levantar la mirada—. No me importa saber dónde está.

San frunció el ceño aún más. Algo no estaba bien.
—Momo… eso no eres tú —susurró, preocupado.

Momo respiró hondo y, por un instante, parecía que quería gritar, que quería llorar, que quería correr.
Pero su mente estaba ocupada con otra presencia: Jongseo.

La coreana estaba en algún lugar cercano, silenciosa, invisible a todos, y sus palabras recorrían la mente de Momo como un viento helado:

—Hazlo —susurró Jongseo—. Confía en mí. Ellos no te protegen. Te quieren débil.

—¿Qué…? —dijo Momo con la voz quebrada, sin poder articular completamente—. ¿Qué debo hacer?

—Obedece. Haz lo que debes para protegerte… y para que se haga justicia.

—¿Justicia? —Momo murmuró, confundida, con los recuerdos fragmentados del hotel, la aguja, el dolor mezclándose en su cabeza—. No… no recuerdo…

—No necesitas recordar —respondió la voz de Jongseo en su mente—. Solo confía en mí. Ellos no son quienes dicen ser. Taehyung planeó todo. Él es el culpable.

Momo respiró hondo.
Su cuerpo seguía temblando, pero una parte de ella obedeció.
No sabía por qué, no sabía cómo, pero se dejó guiar.

San finalmente se acercó más, con los ojos reflejando preocupación y miedo.

—Momo… esto no está bien. No tienes que hacer lo que te dice…

Pero Momo ni siquiera levantó la mirada.

—San… no… tú no entiendes… —dijo con voz débil, casi temblorosa—. Ella sabe lo que tengo que hacer.

San tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que algo profundo y peligroso estaba pasando. Pero él no sabía quién ni qué estaba manipulando a Momo.
Ni siquiera sospechaba que Jongseo estaba de vuelta.

Momo se dejó caer en un saco de arena, abrazándolo como si fuera lo único que la mantenía anclada.
San la observaba, impotente, mientras la mente de su amiga se hundía cada vez más en la manipulación de alguien que nadie más sabía que existía.

El gimnasio, lleno de ruido y movimiento, se volvió silencioso en torno a Momo.
Dentro de su mente, la voz de Jongseo resonaba cada vez más fuerte, y cada orden, cada susurro, la alejaba más de la realidad.
Ella comenzaba a creer que Taehyung era el verdadero culpable, que Nayeon y todos los demás la habían traicionado, mientras el mundo exterior desconocía completamente lo que sucedía.



El gimnasio estaba casi vacío, salvo por los golpes rítmicos de algunos sacos y el eco de respiraciones cansadas.
Momo entró con paso lento, los hombros encorvados, la mirada fija en el suelo.
Cada movimiento parecía forzado, mecánico, como si obedeciera a algo invisible que la empujaba.

San levantó la vista de su entrenamiento y frunció el ceño.
—Momo… ¿otra vez sola? —preguntó, intentando mantener la calma.

Ella solo le dirigió una mirada vacía.
—Sí… —susurró débilmente—. Quiero entrenar sola.

San lo observó con creciente preocupación. Algo en su postura, en su silencio, no estaba bien.

Momo se acercó a un saco de arena, respiró hondo y comenzó a golpearlo.
Pero no con la fuerza que la caracterizaba, sino siguiendo un patrón extraño, casi hipnótico, como si alguien más le indicara cada movimiento.
Cada golpe resonaba en la sala con una precisión que parecía ajena a su voluntad.

—Momo… —San se acercó, preocupado—. No es tu estilo… ¿qué te pasa?

Ella lo ignoró, sumida en la voz de Jongseo en su mente:

“Hazlo. Cada golpe es un paso hacia la justicia. Ellos lo merecen. Taehyung lo hizo.”

Momo cerró los ojos y obedeció.
Su cuerpo estaba cansado, pero no podía parar.
Cada orden de Jongseo era como una cadena invisible que la mantenía atada.

San se cruzó de brazos, frustrado.
—Esto no está bien… —murmuró—. Ella no es así.

Chaeyoung, que observaba desde la barra de pesas, se acercó y dijo en voz baja:
—¿Qué le pasa? No se parece a la Momo que conocemos.

—No lo sé… —respondió San—. Pero no me gusta esto.

Mientras tanto, Momo seguía golpeando los sacos, obedeciendo órdenes que nadie más podía escuchar.
Cada instrucción de Jongseo reforzaba su creencia de que Taehyung era el culpable, que todo lo que había sufrido había sido planeado.
Su mente estaba atrapada en la manipulación, mientras su cuerpo se movía como un autómata.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Momo dejó caer los brazos, jadeando.
Se apoyó contra el saco de arena, respirando con dificultad.
San se acercó rápidamente.

—Momo… ¿estás bien? —preguntó con la voz cargada de preocupación.

Ella lo miró, pero solo pudo murmurar:
—Estoy bien… —mentira tan débil como su propia voluntad.

San suspiró, comprendiendo que algo grave estaba sucediendo.
—No lo está… —susurró para sí mismo—. Algo o alguien la está controlando.

Momo se apartó y salió del gimnasio, todavía obedeciendo las órdenes de Jongseo, mientras San y los demás la observaban con impotencia, sin entender que *la mujer que todos creían desaparecida estaba de vuelta, manipulando cada pensamiento de su amiga desde las sombras*.

𝐀𝐦𝐨𝐫 𝐏𝐫𝐨𝐡𝐢𝐛𝐢𝐝𝐨 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora