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El teléfono del señor Hirai temblaba entre sus manos cuando marcó el número de Nayeon.
Su voz, quebrada, apenas logró articular:

—Por favor… ven rápido… Momo está fuera de sí.

Nayeon dudó. No quería volver a pisar esa casa, no quería ver al hombre que tanto daño le hizo a Momo. Pero algo en su voz la hizo reaccionar.
Colgó, temblando, y marcó otro número.

—Jackson… ve a la casa de los Hirai. Ahora.
Y sin pensarlo más, salió también.

Cuando Jackson llegó, el sonido del caos lo guió antes de ver la escena: vidrios rotos, gritos ahogados, un llanto infantil.
Entró corriendo, justo al mismo tiempo que Jungkook, ambos jadeando por la carrera.
Y lo que vieron los dejó paralizados.

Momo, con el rostro desencajado, sostenía a su madre del cuello contra el suelo. Sus ojos eran una tormenta, y la voz que salía de su garganta no parecía la suya.

—¡Dime la verdad! —rugió, apretando con más fuerza.

—Momo, suéltala… —dijo Jungkook, acercándose despacio, levantando las manos—. No eres tú… esto no eres tú.

Pero ella no lo escuchaba. Su respiración era errática, su mente atrapada en un bucle de dolor y rabia.
Cuando Jungkook intentó sujetarla por los hombros, ella giró tan rápido que apenas pudo reaccionar: un golpe seco con el antebrazo lo lanzó contra el borde de la mesa.
El impacto retumbó en toda la sala.

—¡Jungkook! —gritó Jackson, corriendo hacia él, pero Momo se interpuso, temblando, jadeando como si el aire mismo la quemara.

—No se acerquen… —dijo con voz ronca, los ojos vidriosos de lágrimas y furia—. Todos ustedes… ¡todos me mintieron!

Jackson levantó las manos, intentando calmarla.

—Momo, escucha… Nayeon está en camino, ¿sí? Ella puede ayudarte.

El nombre fue suficiente para que Momo se detuviera un segundo.
Un solo segundo.

Su rostro se contrajo, una mueca entre el dolor y la confusión.

—¿Ella…? —su voz tembló—. ¿Ella también…?

Antes de que Jackson pudiera responder, se escuchó la puerta abrirse de golpe.
El sonido de la lluvia, los pasos apresurados, y una voz que rompió el aire como un rayo.

—¡Momo! —Nayeon apareció empapada, el cabello pegado al rostro, la mirada llena de horror al ver la escena.

La joven boxeadora soltó lentamente a su madre, que cayó tosiendo, mientras el silencio llenaba la habitación.
Solo el corazón de Momo latía tan fuerte que parecía retumbar en las paredes.
Sus ojos se encontraron con los de Nayeon, y por un instante… no supo si la odiaba o si la necesitaba.




Momo sigue de rodillas, el cuerpo encorvado, respirando con dificultad.
Las lágrimas caen sin control sobre el suelo cubierto de vidrios y fotos destrozadas.
Cuando alza la cabeza, su voz suena apenas como un suspiro roto.

—Ella tenía razón… —murmura—. Jongseo tenía razón…

Todos se quedan en silencio.
Jackson la observa con el ceño fruncido, sin entender al principio.

—¿Qué estás diciendo, Momo?

—Ella me lo dijo todo —responde, con la mirada perdida, los ojos vacíos—. Cuando nadie lo hizo. Cuando todos ustedes me mentían… ella fue la única que me habló—Su voz se quiebra, apenas sostenida por el temblor en sus labios—Me dijo que ustedes… que ustedes me habían hecho esto. Que me querían fuera. Que Nayeon solo fingía amarme.

El silencio pesa como una piedra.
Nayeon retrocede un paso, los labios temblorosos.
Jackson cierra los puños, una sombra de rabia en su rostro.

—Jongseo… —susurra con furia contenida—. Esa maldita… De pronto todo encaja, la manipulación, el veneno, la distancia, las dudas. Ella fue quien envenenó algo más que su cuerpo: su mente.

Nayeon también lo entiende.
Su voz tiembla, incrédula:
—Aprovechó que yo estaba lejos… que tú estabas confundida… Fue ella, Momo. Ella volvió para hacerte daño otra vez.

Momo los escucha, pero el peso de sus palabras se hunde en un abismo más profundo que la rabia.
Su respiración se acelera; mira sus manos manchadas de sangre y comienza a temblar.

—Todo esto… —murmura—. Todo esto fue por mí…—De repente golpea el suelo con los puños, una y otra vez, hasta que la piel se abre...
—¡Debería estar muerta! —grita con un dolor desgarrador—. ¡No quiero seguir así! ¡No quiero!

—¡Momo, basta! —la voz de Nayeon retumba con desesperación.

Corre hacia ella, sin pensarlo, arrodillándose frente a su cuerpo tembloroso.
Momo intenta empujarla, forcejea, grita, llorando como si quisiera arrancarse el alma.

—¡Suéltame! ¡Aléjate de mí!
¡No me toques!

Pero Nayeon no la suelta.
La abraza con fuerza, con todo el miedo y el amor que lleva cargando por meses.

—No voy a dejarte, ¿me oyes? —
dice entre sollozos—. No voy a dejarte sola nunca más.

—¡Me dejaste! —Momo grita con la voz desgarrada, golpeando el pecho de Nayeon—. ¡Todos lo hicieron!

—Lo sé… —susurra Nayeon, meciéndola—. Lo sé, Momo. Pero estoy aquí ahora. Estoy aquí.

Poco a poco, los gritos se apagan.
Solo quedan los sollozos, la respiración entrecortada, el sonido de la lluvia golpeando los ventanales.
Momo se derrumba en los brazos de Nayeon, sin fuerzas.

Los padres de Momo observan en silencio desde el otro lado de la habitación.
La madre llora en silencio, pero es el padre quien parece desmoronarse.
Sus manos tiemblan, su mirada se apaga.

Por primera vez, los dos miran a su hija con una culpa que quema, con un arrepentimiento que ya no tiene vuelta atrás.

Él baja la cabeza, con el corazón roto, sabiendo que carga un secreto que, si saliera a la luz, destruiría aún más lo poco que queda.

Nayeon acaricia el cabello de Momo, sus lágrimas cayendo sobre ella.

—No fue tu culpa… —susurra—.
Ella te manipuló. Pero ya no más, ¿sí? Ya no estás sola.

Momo, débil, se aferra a su ropa como si temiera que desapareciera.
Su voz es un hilo entrecortado:

—No… no me dejes… —susurra—. Por favor, Nayeon… no me dejes sola otra vez.

Nayeon la abraza aún más fuerte, hundiendo el rostro en su hombro.
El viento afuera comienza a calmarse, y por primera vez en mucho tiempo, Momo también respira un poco más lento.

En medio del caos, del dolor, y de las ruinas, algo se rompe… pero también algo empieza, muy despacio, a sanar.

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⏰ Última actualización: Feb 01 ⏰

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𝐀𝐦𝐨𝐫 𝐏𝐫𝐨𝐡𝐢𝐛𝐢𝐝𝐨 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora