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El tiempo parecía haberse detenido desde que Momo abrió los ojos aquel último día del año. Ocho meses después, los días seguían mezclándose en una misma niebla: terapias, visitas, medicamentos, y noches sin descanso.

A simple vista, estaba bien. Ya no tenía yesos, las heridas habían cerrado, y el color había vuelto poco a poco a su rostro. Pero dentro de ella, seguía atrapada en aquella habitación de hotel, donde todo había cambiado.

El olor a desinfectante todavía la hacía estremecer. Y cada vez que escuchaba el sonido de una llave en una cerradura, su cuerpo reaccionaba como si fuera a revivirlo todo: la puerta abriéndose, el aire pesado, las luces demasiado blancas, y el rostro de Jongseo acercándose con aquella mirada vacía.

Momo cerró los ojos y respiró hondo, intentando contener las lágrimas. No sirvió.

—¿Otra vez? —preguntó Nayeon suavemente desde la puerta, sin necesidad de que ella respondiera.
Momo asintió, con las manos temblando sobre las rodillas.

—No puedo evitarlo… siento que sigue ahí, que me observa.

Nayeon caminó hasta ella y se sentó a su lado en el sofá. Le tomó la mano, apretándola apenas.

—No estás sola. Estoy aquí, ¿sí?

Taehyun apareció en ese momento, sosteniendo dos tazas de té.
—Pensé que esto podía ayudar —dijo con una sonrisa amable, aunque sus ojos se desviaron rápido cuando Momo lo miró.
Ella intentó sonreírle, pero algo en su estómago se revolvió. Desde que había despertado, le costaba estar cerca de él. No sabía por qué, pero algo en su presencia la inquietaba, aunque nunca había sido grosero ni distante. Era… otra cosa.

—Gracias —murmuró, tomando la taza con cuidado.

Taehyun asintió y se retiró al estudio, dejando la puerta entreabierta. Nayeon lo siguió con la mirada, su rostro endureciéndose por un segundo, antes de volver a Momo.

—Jackson vendrá más tarde, dijo que quiere hablar contigo sobre volver al gimnasio. Pero si no estás lista, no tienes que hacerlo, ¿de acuerdo?

Momo negó con la cabeza, un nudo formándosele en la garganta.

—No puedo entrar a un lugar cerrado… ni siquiera puedo estar sola en un ascensor. No quiero que me vean así.

Nayeon la abrazó, sintiendo cómo el cuerpo de Momo se tensaba como si esperara un golpe. Aquello la partía por dentro.

Porque sabía que todo lo que Momo sentía no era paranoia.
Porque sabía que el verdadero peligro no había sido solo Jongseo.

Más tarde, cuando Momo por fin se quedó dormida, Nayeon se levantó con cuidado y salió al pasillo. Jackson la esperaba en la entrada del edificio, con la misma carpeta negra que había guardado durante meses.

—¿Y bien? —preguntó él en voz baja.

—Sigue teniendo pesadillas —respondió Nayeon—. Cada día es lo mismo. Pero no puedo decirle todavía. No puedo.

Jackson la miró con preocupación.
—Nayeon, si seguimos ocultándolo, le estás quitando la oportunidad de entender lo que pasó. Ella merece saberlo.

—Y también merece sanar primero —replicó ella, conteniendo las lágrimas—. No está lista para saber que el hombre que le preparaba el té fue quien creó el veneno que casi la mata.

Jackson bajó la mirada.
—¿Y tú? ¿Lo estás?

Nayeon no respondió.
Miró hacia la ventana del departamento, donde Momo dormía entre sueños agitados, y supo que su propia vida había dejado de ser suya el día que decidió callar.






El gimnasio olía a sudor, cuero y desinfectante. Era el mismo lugar donde Momo había pasado la mayor parte de su vida, pero ahora todo parecía más grande, más ajeno.
Las luces fluorescentes le quemaban los ojos y el sonido de los guantes chocando contra los sacos la hacía retroceder un paso, como si el aire se volviera más denso.

Jackson la observaba desde el otro extremo del cuadrilátero, con los brazos cruzados y una expresión seria.

—Tranquila. Nadie te va a tocar —dijo, con voz firme pero amable.

Momo respiró hondo. Llevaba meses preparándose mentalmente para esto. Había soñado con volver, con sentir que controlaba su cuerpo otra vez, pero ahora que estaba ahí… la memoria la atacaba.
El olor del sudor.
El calor.

El ruido de la puerta cerrándose.

Su respiración se volvió entrecortada. Las manos le temblaban.

Jackson dio un paso adelante.

—Eh, mírame, Momo. —Levantó la voz un poco, sin gritar—. Estás aquí. No estás allá.

Pero ella ya no lo oía.

Las luces se apagaron en su mente. De nuevo esa habitación de hotel. El sonido del metal. El dolor en su brazo. El pinchazo. La voz de Jongseo susurrándole al oído.

—“No luches, ya es tarde.”

Momo gritó, cubriéndose la cabeza.
El gimnasio se detuvo. Jackson corrió hacia ella, tomándola de los hombros con cuidado.

—¡Momo! ¡Respira, mírame! —le rogó, hasta que por fin ella lo miró, con los ojos vacíos y el pecho subiendo y bajando rápido.

Cuando logró calmarse, Jackson se quedó a su lado en silencio.

—No estás rota, ¿sabes? —dijo él, con voz baja—. Solo estás recordando lo que sobreviviste.

Momo lo miró, cansada, pero en sus ojos había una chispa distinta.
—No quiero seguir recordando, Jackson. Quiero entender.

Él desvió la mirada. Si dependiera de él, ya le habría contado todo. Pero Nayeon se lo había prohibido. “No todavía”, le había dicho.
Y él la respetaba, pero cada vez le costaba más hacerlo.

Esa misma noche, Nayeon estaba en su oficina, con la computadora encendida y las luces apagadas.
El archivo que Jackson le había pasado semanas atrás volvía a aparecer en su pantalla, titilando con un nombre que la hacía sentir enferma: K.T. Project – Fórmula experimental 04.

Abrió el documento.
Había diagramas químicos, fechas, y correos internos. Todos firmados por el mismo remitente: *[kim.t@bioforcecorp.kr](mailto:kim.t@bioforcecorp.kr)*.
Era imposible negarlo.

Taehyung no solo había fabricado el veneno. Lo había probado antes. En otras personas.

Un golpe en la puerta la hizo girar de golpe.

Era él.

—¿Todavía despierta? —preguntó, apoyándose en el marco.

—No podía dormir —respondió Nayeon, cerrando la pantalla disimuladamente.

Taehyung sonrió, esa sonrisa que antes le parecía perfecta y ahora le helaba la sangre.

—Has estado distante últimamente. ¿Pasa algo?

—Nada —mintió ella, tragando saliva.

—¿Segura? —Él se acercó y le tomó el mentón con suavidad—. No quiero que me ocultes cosas, Nayeon. Ya sabes lo mucho que valoro la confianza.

Ella sonrió débilmente, sintiendo la piel erizarse.

—Claro… confianza.

Cuando él salió, Nayeon cerró los ojos y respiró con dificultad.
Sabía que la estaba vigilando.
Y que si él sospechaba que sabía algo… el próximo “accidente” no sería con Momo.

Mientras tanto, Momo dormía con el cuerpo aún temblando, soñando con el hotel.
Pero esa vez, el sueño cambió.
En la sombra que la observaba, ya no estaba Jongseo.
Había otra silueta, más alta, con una voz que no reconocía del todo.

—“Tú nunca debiste despertar.”

Momo se sobresaltó y despertó empapada en sudor, con el corazón acelerado.

Miró la hora. 3:17 a.m.
Y por primera vez, sintió que su miedo no era solo un recuerdo… sino una advertencia.


𝐀𝐦𝐨𝐫 𝐏𝐫𝐨𝐡𝐢𝐛𝐢𝐝𝐨 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora