La noche había caído pesada sobre la ciudad.
Nayeon regresó a casa, pensando en lo agotador del día, segura de que Momo y Taehyun estaban dormidos.
Entró entre sigilosamente, intentando no hacer ruido.
Pero al dejar su cartera sobre la mesa, ésta cayó al suelo con un golpe seco.
Un pequeño estallido que rompió el silencio.
—¡Mierda! —susurró, agachándose para recogerla mientras encendía la luz—.
Lo que vio la dejó paralizada.
Momo estaba sentada en el suelo del salón, con un vaso en la mano y, a su lado, una botella de alcohol.
—Momo… —Nayeon respiró hondo, intentando mantener la calma—. No deberías… deja eso…
Pero antes de que pudiera acercarse, la coreana vio algo que le heló la sangre.
Los ojos de Momo eran oscuros, fríos, pesados, llenos de una determinación que jamás había visto en ella.
Cuando Nayeon intentó quitarle la botella, Momo la empujó con una fuerza inesperada, lo suficiente para hacerla retroceder.
—¡Momo! —exclamó, sorprendida y asustada.
Momo se levantó lentamente, con movimientos calculados.
Su mirada no buscaba reconciliación ni explicación.
Solo obedecía las órdenes de Jongseo que resonaban en su cabeza, cada palabra un latido oscuro que guiaba sus pasos.
Sin decir una palabra, Momo caminó hacia la salida.
Nayeon, temblando, tomó el teléfono y llamó a Jackson:
—Jackson… algo le pasa a Momo… salió de la casa… —dijo, con la voz cargada de miedo.
Momo se movía por la ciudad como un espectro, ajena a todo lo demás.
Su destino era claro: una casa que, en su memoria confusa y torturada, había sido la base de su cambio y de su sufrimiento más profundo.
La que había transformado años de dolor en obediencia ciega.
Al llegar, no dudó.
El picaporte no ofreció resistencia: con un bate que sostenía con manos firmes, lo rompió, entrando violentamente.
Dentro, encontró a dos personas cenando.
Al verla, sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no hubo tiempo para reaccionar.
Momo avanzó hacia ellos, con cada paso lleno de ira y frialdad, lanzándose sin pensar.
El caos estalló en segundos.
Momo comenzó a destrozar todo a su alrededor: jarrones hechos añicos contra el suelo, sillas volando de un lado a otro, platos rompiéndose en mil pedazos.
Los adultos gritaban, corriendo de un lado a otro, desesperados, incapaces de detener la fuerza imparable de Momo.
Pero ella no los veía.
No escuchaba sus gritos.
Todo en su mente estaba ocupado por la voz de Jongseo:
“Hazlo. Golpea. No pares. Ellos lo merecen. Que sientan tu fuerza. Que se arrepientan de todo.”
Cada golpe, cada destrozo, reforzaba el control que Jongseo tenía sobre ella.
Momo se había convertido en un arma de furia pura, una extensión de la manipulación de Jongseo, y nadie podía detenerla.
La casa estaba hecha un desastre.
Cristales rotos, sillas tiradas, platos astillados, y un silencio interrumpido por los golpes metálicos del bate de Momo contra cualquier cosa que se interpusiera en su camino.
Ella avanzaba con furia, sus movimientos rápidos y precisos, guiados por la voz de Jongseo que resonaba en su cabeza:
“No los perdones. Que sientan tu fuerza. Que paguen por lo que hicieron.”
Dos figuras intentaron acercarse a ella, llamándola.
—¡Momo! —gritó una voz femenina—. ¡Para!
Pero Momo no los vio.
No reconocía los rostros frente a ella.
No escuchaba la voz cargada de miedo y súplica.
Lo único que existía era la rabia acumulada de años de abandono, de hambre, de frío, de golpes de la vida.
Sus padres, la verdad detrás de sus lágrimas y gritos, no tenían lugar en la mente de Momo.
El recuerdo de aquella noche de Navidad en el hospital, cuando la encontraron débil y herida, seguía vivo.
Intentaron acercarse, pero ella no podía perdonarlos por dejarla tirada junto con sus hermanos menores, obligándolos a sobrevivir en un infierno que jamás merecieron.
Mientras tanto, en otro lugar, el padre de Momo marcó el número de Nayeon.
Por alguna razón, lo tenía guardado desde hacía tiempo, después de largas conversaciones sobre darle una oportunidad de acercarse a Momo y explicarle por qué los había dejado.
Pero Nayeon, ocupada y sin saber la magnitud de la crisis, no había atendido las llamadas.
—¡Nayeon! —dijo él con voz urgente—. Momo está en mi casa… está mal. Entró rompiendo todo, tiene la casa hecha un desastre.
Nayeon tragó saliva, alarmada.
Por primera vez, comprendió de golpe lo que había pasado: había descuidado tanto a Momo que no se dio cuenta de que otra de sus miles de crisis estaba ocurriendo.
Sin perder tiempo, marcó a Jackson.
—Jackson… —dijo con voz temblorosa—. Voy a ir a buscar a Momo… su situación es grave.
Al mismo tiempo, el señor Hirai, preocupado por lo que escuchó, buscó a Jungkook.
El joven estaba jugando, distraído, pero al escuchar la noticia se detuvo de inmediato.
De un salto, agarró sus llaves y una chaqueta, corriendo hacia la salida sin perder un segundo.
Se subió a su moto, encendió el motor y aceleró hacia la casa de los Hirai, decidido a ayudar a contener el caos y, sobre todo, a proteger a Momo.
Dentro de la casa, Momo seguía su avance destructor, moviéndose de un lado a otro, el bate golpeando cualquier objeto a su paso.
Sus padres la miraban con desesperación, intentando acercarse, intentando hablar.
Pero ella solo sentía ira, abandono, dolor…
No sabía que frente a ella estaban las personas que una vez deberían haberla protegido.
Solo sabía que debía obedecer, que debía descargar años de sufrimiento, y que la voz de Jongseo le decía que era lo correcto.
El escenario estaba listo para un enfrentamiento brutal:
Momo, cegada por la manipulación y la rabia,
Sus padres, intentando llegar a ella,
Nayeon y Jackson en camino,
Jungkook acelerando hacia la casa, determinado a intervenir.
El pasado y el presente se encontraban en un choque inevitable, y la violencia de Momo estaba a punto de alcanzar su punto máximo.
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𝐀𝐦𝐨𝐫 𝐏𝐫𝐨𝐡𝐢𝐛𝐢𝐝𝐨
FanfictionIm Nayeon a sus 31 años es una mujer soltera, es maestra de Ciencias en una de los colegios más prestigiosos del país. Es una mujer dominante, imponente y hermosa, es la mujer perfecta de todo hombre lo malo es que no le gusta ni les da la atención...
