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Juliana había decidido que lo mejor era poner una cara de tranquilidad, con una sonrisa leve que apenas se le asomara en los labios, porque una de absoluta tranquilidad iba a resultar sospechosa, y de por sí ya sabía lo que tenía que afrontar al aceptar desayunar con sus padres.
Antes de bajar por completo las escaleras había regresado a su habitación, como si necesitara un respiro más, uno último, antes de sentarse con ellos.
La casa de sus padres tenía ese tipo de silencio que solo existe en las mañanas de fin de semana, un silencio lleno de cosas: el tictac del reloj de pared en el pasillo, el crujido leve de la madera bajo sus pies descalzos, la luz entrando oblicua por el tragaluz de la escalera y dibujando un rectángulo dorado sobre el pasamanos, el mismo que Juliana recordaba haber tocado de niña contando los escalones uno por uno. Todo ahí seguía intacto, como si el tiempo y todo lo ocurrido hubiera decidido no tocar esa casa aunque sí la hubiera tocado a ella: las fotografías familiares alineadas en la pared de la escalera, algunas ya amarillentas en las esquinas, otras más recientes, ella con toga y birrete, ella de niña disfrazada de bailarina, ella riendo en una boda ajena. Pasar frente a ellas siempre le producía una especie de vértigo tierno, más ahora, como si esas versiones más jóvenes de sí misma la observaran bajar con cierta lástima.
Bajaba escalón por escalón, despacio, arrastrando la mano por el barandal pulido por décadas de manos iguales a la suya, cuando escuchó una voz familiar y por un segundo sintió algo parecido al alivio. Al mismo tiempo, su teléfono seguía vibrando con esa insistencia incesante contra la mesita de noche que había dejado atrás, en la habitación que aún olía a perfume de ayer y madera de closet. Pero eso podía esperar. Por ahora había hecho una promesa: desayunar con sus padres, sin distracciones, sin fantasmas, aunque los fantasmas insistieran en vibrar desde arriba.
Fue entonces cuando Fátima apareció asomándose desde la cocina, con esos ojos imposibles de color verde y con esa sonrisa de siempre que parecía no irsele nunca, ahí en el umbral de la cocina, enmarcada por el vapor tibio que salía detrás de ella y que llevaba consigo el olor dulce y ligeramente quemado de la mantequilla derritiéndose en el sartén.
– Rapunzel, rapunzel, deja caer tu cabello. – soltó, y Juliana no pudo evitar reírse, una risa corta que le alivianó por un instante el peso en el pecho.
– Fati, hola. – dijo, bajando los últimos escalones, sintiendo la loseta fría del piso bajo los pies. Fátima le regaló una sonrisa cálida, de esas que decían lo sé, amiga, lo sé sin necesidad de una sola palabra más. – ¿Qué haces aquí? –
– Pues te vi... y...– Esas palabras se quedaron resonando en la mente de Juliana con el tono y la cadencia inconfundibles de la voz de Valentina, aunque no venían de ella. Fue apenas un instante, un eco que no había pedido, uno de esos que llegaban sin avisar y se instalaban en cualquier frase parecida, en cualquier "y" a medias, y que Juliana trató de apagar antes de que se le notara en la cara.
– Ni modo que no me acercara a saludarte, es tu casa. – sonrió, seguía bromeando aligerando un poco el ambiente. – Quería saber cómo estabas, Jul.– agregó Fátima, terminando la frase, ajena por completo al terremoto silencioso que acababa de provocar.
– Estoy bien, no tenías que... – contestó Juliana, en un hilo de voz que la delataba más de lo que hubiera querido.
– Bueno, haberlo dicho antes. Total, los hotcakes de más me los como yo.–
– ¿Cómo? ¿Hicieron hotcakes? – preguntó, con un tono repentinamente animado, inconfundiblemente mexicano, el mismo que usaba desde niña cada vez que olía el desayuno desde las escaleras.
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ANTOLOGÍA
Romance|AU JULIANTINA| Juliana es una aspirante a supermodelo con deseos de ser una futura diseñadora, mientras que Valentina trabaja para una editorial con la que soñó trabajar desde siempre. En su viaje yendo ambas por la vida, juntas descubrieron que...
