Capítulo 8

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Los rayos anaranjados del sol en pleno atardecer iluminan las calles de la ciudad, y mientras avanzo, me doy cuenta de que el ambiente se percibe mucho más relajado. Debido a que la mayoría de los comerciantes ya están cerrando sus establecimientos.

Discretamente, me aseguro de que nadie me esté viendo, y me meto al callejón que está a mi izquierda.

Avanzo a pesar de las cosas viejas que están tiradas, que en su mayoría son muebles desgastados por el sol, y llego a la bodega abandonada donde he estado viniendo estos días.

Abro con cuidado la descuidada puerta de madera, que parece estar a punto de caerse por lo vieja que está, y me meto a la construcción de ladrillos. Aún hay luz del sol, y como el techo de madera está casi destruido, hay bastante iluminación.

Avanzo un poco, y lo busco con la mirada para ver si él ya ha llegado.

Paseo la mirada por los montones de maderas podridas que están apiladas por todos lados. Pero no lo encuentro.

Este no es el mejor sitio para vernos. Pero no tenemos opción.

Aquí es donde nadie se atrevería a buscarnos.

—Vaya, sí que eres puntual —volteo, y veo que él entra.

Me acerco a él.

—Siempre llego a tiempo.

Le rodeo el cuello con los brazos, y sus manos bajan a mi cintura. Peeta me mira, y me hace retroceder hasta que mi espalda choca suavemente con la pared de ladrillos.

—Te he echado de menos —me dice, y sus ojos descienden a mis labios.

—Nos vimos hace dos días —le recuerdo, y se me acerca.

Sé que no está bien que sigamos haciendo esto, porque estoy traicionando a Gale. Pero algo debe andar muy mal conmigo, porque ni siquiera eso es suficiente para que decida dejar de verme con Peeta.

Cuando estoy con él, es como si todo dejara de importarme.

Desearía que no fuera tan difícil dejarlo, desearía pretender que no lo necesito, pero cada beso se ha convertido casi en una necesidad para mí.

¿Cómo es que algo incorrecto puede sentirse así de bien?

Me acaricia la mejilla, y me mira con esos ojos azules en los que es fácil perderse. Es como si el tiempo se detuviera, y nada más importara.

No estoy acostumbrada a sentirme así, tal vez es por eso que sigo viniendo con él.

Se inclina lo suficiente para que nuestros labios se rocen, como si quisera hacer perdurar este momento, y después me besa.

Se separa un momento, pero casi de inmediato acorto la distancia. Él me corresponde, esta vez, sus labios parecen más hambrientos, y lo que comenzó siendo un beso tierno, ahora es un frenesí.

Mi cuerpo reacciona por voluntad propia, ignora lo que no está permitido, y mis manos suben por su abdomen, hasta detenerse en su pecho.

No debería siquiera pensarlo, pero aveces besarlo no me es suficiente. Es como si algo me pidiera a gritos sentir más de él. Pero sé que no debo hacerlo.

Jamás tendré hijos, y no me arriesgaré a tener uno por un momento de calentura.

—¿Peeta? —se escucha una voz femenina, y nos separamos de inmediato.

—Es Amber —susurra—, debo irme.

Quiero decírle que no lo haga, que si no hacemos ruido ella se marchará y no nos descubrirá. Pero sus pasos se aproximan.

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