[Capítulo 47]

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Los cuerpos de los policías yacían exhaustos sobre el colchón de la cama de Arthur, enroscado uno en el otro en busca de calor corporal al hallarse ambos prácticamente desnudos. El único que había mantenido algo de ropa sobre su torso fue el inglés, quien se dejó puesta la camisa, aunque abierta, por petición del otro. Las sábanas estaban más esparcidas por el suelo que sobre sus pieles, y el frío de la mañana empezaba a dejarse notar. La alarma del inglés sonó escasas horas después de que ambos se durmieran, cuando dieron por finalizado aquel momento de pasión y lujuria. Tal y como le había prometido el demonio, habían estado casi toda la noche despiertos tocándose sin cesar. Sin embargo, aquel sonido molesto los devolvió a la realidad de la que querían huir. Alfred se incorporó con dificultad acompañando aquel movimiento con un pequeño quejido de molestia y se acercó a la mesita de noche donde tenía colocado el teléfono. Apagó la alarma y todas las demás siguientes para regresar al calor que le proporcionaba el cuerpo de Arthur, o eso era lo que pensaba. Su piel estaba tan fría como el hielo pero, debido a toda la acción que tuvieron antes, aún sentía su cuerpo arder. Volvió a abrazarse a su torso y esta vez fue el demonio quien se quejó un poco. Sabía que tenían que despertarse ya.

- No te vuelvas a dormir... Tenemos que ir a trabajar...
- Pidámonos el día libre...

Sus voces, débiles y algo roncas por los gritos de aquella noche, sonaron por la habitación como un susurro. Y, a pesar de sus palabras, el de ojos verdes rodeó el cuerpo del inglés con sus brazos para sentirlo más cerca y acarició suavemente su espalda. Alfred se acomodó sobre el pecho de su compañero y dejó salir un leve suspiro de cansancio. Ninguno de los dos había dormido ni descansado lo suficiente como para ir a trabajar en hora y media. Y por si era poco, los cuerpos de ambos estaban completamente marcados por el otro, con mordiscos y chupetones que la mayoría de ellos estaban a la vista de todos incluso con ropa puesta. Arthur sonrió levemente al verlo así y subió la mano que estaba palpando su espalda con detenimiento hasta su cabeza, pasando los dedos entre sus cabellos con delicadeza.

- No creo que puedan tomarse el mismo día libre los dos jefes de la comisaría...

El inglés volvió a hacer un sonido de molestia y se incorporó levemente para poder mirar a los ojos a su compañero, quien seguía con esa pequeña sonrisa en su rostro. Alfred, con el pelo despeinado, sin gafas, con una expresión clara de cansancio en su rostro pero también de satisfacción, era lo que quería ver todas las mañanas el demonio al despertar.

- Pues ve tú, estoy agotado.
- Tendrás morro.

El de ojos azules rio levemente al haber conseguido lo que quería y le dio un suave beso a su pareja, quien no aguantó mucho su enfado simulado. Sus labios formaron de nuevo una pequeña sonrisa y el beso se volvió algo torpe, mas no dejó de transmitir lo que sentían el uno por el otro. Segundos después Alfred se apartó de su boca y lo miró a los ojos con algunos pucheros fingidos.

- Pero es verdad que estoy agotado. Me has dejado para el arrastre.
- ¿Y crees que tú a mí no?
- ¡Apenas puedo moverme! Me duele el culo.
- Anoche no te escuché quejarte tanto.

Los pucheros del inglés fueron acompañados por su sonrojo característico y decidió alejarse de Arthur para darle la espalda, aún sobreactuando un poco.

- P-pues no va a haber más sexo en un tiempo.
- Eso no te lo crees ni tú~

El demonio no pudo evitar reír ante su comentario y se acercó a él para abrazarlo por la espalda, juntando sus cuerpos tanto que hizo que el de Alfred se tensara un poco al sentir su miembro contra su trasero. Acto seguido depositó un par de besos por su nuca para después susurrarle algo provocador.

- No puedes quejarte de que no te gustó lo que te hice anoche... O mejor dicho hace unas horas.

La suave risa de Arthur volvió a resonar por la habitación, dulce e hipnotizante para el inglés, y este tuvo que contenerse para no girarse y poseer sus labios. Se incorporó sobre la cama poniendo una leve mueca de dolor y miró de reojo a su compañero, quien siguió tumbado sobre el colchón mirándolo de tal forma que cada vez se le hacía más difícil no echarse encima suya. Desnudo como él, tapándole las sábanas lo justo para que Alfred no pudiera ver más allá de su cintura, con sus brazos alzados sobre su cabeza y usándolos como una segunda almohada, estaba claro que lo invitaba a atacarle. El inglés sonrió de lado al ver sus intenciones y llevó una de sus manos a los labios del demonio, quien le dejó pasear su pulgar sobre ellos.

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