[Capítulo 56]

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- Eh, Arthur.

Isaac me detuvo cuando salía de las duchas, ya más relajado pero no por ello más limpio. Quería cambiarme de ropa cuanto antes, pero su llamada hizo que aquello tuviera que esperar un poco más. Me giré hacia él y lo miré indiferente, como siempre.

- Qué.
- Ve con Markus a la ciudad a recoger la mercancía. Vístete rápido, te está esperando fuera.

No me dio mucha más información cuando ya se había marchado de vuelta a la cocina. Se la pasaba todo el día comiendo, él que podía. No pude evitar dejar escapar un suspiro de exasperación y subí las escaleras tranquilo para después ponerme una ropa más decente. Si iba a ir a la ciudad no podía ir con unos simples arapos. No era la primera vez que me pedía que saliera a recoger algunas cosas así que no me sorprendió demasiado. Era de los pocos a los que dejaba salir. Supongo que con el tiempo me gané su confianza, aunque no la suficiente como para ir solo. Al menos podía respirar aire fresco de vez en cuando. Terminé en pocos minutos en cambiarme de ropa y regresé a la planta de abajo para ir hacia la salida, donde estaba Markus esperándome junto a un par de caballos.

- Ya era hora chaval. Vámonos.

Se montó en el caballo que tenía a su lado, uno de pelo castaño oscuro con brillos dorados provocados por los rayos de sol que incidían en él. El mío, en cambio, era grisáceo con pequeñas motas más oscuras, como si estuviera sucio. Perfecto para mí. Me subí con rapidez y agilidad y seguí a Markus hasta el centro de la ciudad, la cual estaba a 10 minutos de allí a caballo, y a 20 andando. Cuando llegamos a nuestro destino, una tienda aparentemente normal donde se vendían zapatos, dejamos los caballos atados en un poste cercano para después representar cada uno nuestro papel. Markus se adentró en el puesto mientras que yo me limité a vigilar a los animales. En aquellos momentos siempre pensaba en escapar, tan fácil y a la vez tan imposible. ¿A dónde pensaba ir una vez que me alejara de esa gente? No tenía familia, ni amigos a los que acudir. Estaba mejor en aquella casa, donde al menos tenía comida y un techo que me resguardara del mal tiempo, que en mitad de la calle siendo despreciado por toda la gente que pasara por mi lado. Tal vez por eso mismo Isaac confiaba en mí. Sabía que no me iría a ninguna parte.

- ¿Es que no me has oído? Que nos des el dinero, imbécil.
- ¡Lo he ganado trabajando, no como vosotros! ¡Dejadme en paz!
- Se nos ha puesto rebelde el tío este.

Unas risas acompañaron a aquellas voces, no muy lejanas de mi puesto. Giré la cabeza hacia la dirección de donde procedían, al otro lado de la acera en la que me encontraba, y vi a 3 chicos cercanos a mi edad, dos de ellos acosando al tercero. Cuando centré mejor mi vista pude reconocer al muchacho al que estaban intentando robar, y al cual pensaba abandonar a su suerte. Crucé la carretera con la idea de ayudarlo ya que estaban a punto de empezar a darse puñetazos unos a otros y, sin embargo, mi ayuda no fue necesaria. Aquel muchacho logró safarse del agarre de uno de ellos, quien quiso inmovilizarlo para que el segundo cogiera el dinero. En un movimiento rápido tumbó en el suelo al primero y fue a por el otro sin dudar, comenzando la pelea que vi venir desde un principio. Fue entonces cuando decidí acercarme de una vez puesto que el chico que había acabado en el suelo pretendía darle un golpe en la cabeza con una piedra al otro.

- No tan deprisa. ¿Por qué no hacemos de esto una pelea en condiciones?

Apreté su muñeca un poco más para hacerle soltar la piedra junto a un quejido de dolor. En cuanto se deshizo del arma, le di un cabezazo y lo devolví al suelo con un golpe en las piernas que lo dejó sin la oportunidad de decir ni una sola palabra. Volví mi vista al muchacho de la coleta y vi que estaba teniendo problemas con el otro matón, quien parecía estar más en forma que el que había dejado inconsciente. Fui hacia ellos en un suspiro de cansancio y me coloqué detrás de aquel chulo para inmovilizarlo como era debido, agarrándolo del cuello para dejarlo sin aire poco a poco. Aquella salida se suponía que iba a ser mi momento de descanso, de paz y relativa libertad, y acabé haciendo de guardaespaldas.

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