[Capítulo 57]

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No dormí nada aquella noche, por lo que cuando al fin amaneció estaba completamente destrozado. Quería cerrar los ojos y olvidarme de todo por un momento, pero mi cabeza no dejaba de darle vueltas al tema de la pistola. No quería asesinar a nadie, romper familias o arruinar vidas como hicieron con la mía, pero no tenía más remedio que hacerle caso a Isaac. Por suerte mis divagaciones fueron interrumpidas cuando alguien llamó a mi puerta. Giré la cabeza hacia ella y me incorporé un poco en la cama, dando permiso a la persona que había llamado para que entrara. Como sospeché, se trataba de uno de mis supuestos compañeros, Leo. Si hubiera sido uno de esos hombres ni se habrían molestado en llamar. Abrió levemente la puerta, lo justo para poder verme y, en cuanto lo hizo, bajó la mirada al suelo.

- Buenos días Arthur... Siento molestarte, pero Markus te busca. Está en los establos.
- Vale... Ya voy. Gracias.

Hizo un leve movimiento de cabeza, a modo de despedida quise entender, y volvió a dejar la puerta como estaba. Aún no entendía cómo podía seguir vivo alguien como él en esta casa de locos. Era tan tímido e introvertido que me daba curiosidad saber cómo sería en la cama. No porque quisiera acostarme con él, pero ya te acostumbras a oír de todo dentro de la mansión, y nunca me pareció escucharlo a él. Y eso que lleva casi dos años más que yo trabajando para Isaac.

- ¿Acaso es activo?

Todavía seguía tumbado en la cama pensando en ello cuando decidí, un par de minutos después, levantarme de una vez para ir hacia el baño y hacer mis necesidades antes de reunirme con Markus. Me imaginaba para qué me había llamado, pero la duda seguía ahí. Una vez que llegué a los establos busqué con la mirada a ese hombre molesto y no vi nada. Fruncí el ceño confuso pensando que Leo me había dado mal el mensaje y, sin embargo, pocos segundos después noté el cañón de una pistola sobre mi nuca. De repente sentí que mi cuerpo se congelaba por el sudor frío que bajaba por mi espalda.

- Regla número 1: siempre hay que estar alerta.

Me giré levemente para poder mirar de soslayo al portador del arma y pude comprobar que se trataba de Markus. Cuando vi que bajaba el arma todo mi cuerpo volvió a relajarse y me volteé por completo hacia él cruzándome de brazos, intentando aparentar normalidad.

- ¿Vas a ser tú quien me enseñe a disparar? Veo que tu jefe no sirve ni para eso.

Su rostro me mostró por un instante una expresión de molestia al escuchar mis palabras, y pude notar que se aguantó las ganas de propinarme un buen golpe. Me había arriesgado demasiado, pero a veces no podía evitarlo.

- Compórtate chaval. Voy a enseñarte eso y muchas más cosas. Isaac no tiene tiempo que perder con críos como tú.
- Ya, bueno... Ahí podría discrepar, pero sigue.

Volví a hablar demasiado para su gusto, pero por suerte parecía estar controlándose para no arrancarme algún diente de un golpe. Seguramente Isaac le hubiera dicho que tenía que aguantarme todo lo posible sin tocarme. Después de todo mi cuerpo era la principal fuente de ingresos para ellos. Algo bueno tenía que tener. Reprimí una pequeña sonrisa de satisfacción al escucharlo chasquear la lengua y dirigirse hacia el exterior, claramente furioso por tener que hacer de canguro.

- Cállate y limítate a escucharme e imitarme.

Lo seguí hacia el patio trasero, donde había colocado a lo lejos unas cuantas botellas de cristal vacías sobre un tronco ya cortado y bien colocado para que sirviera de mesa improvisada, y se detuvo a unos 15 metros de allí. Dirigió su mirada furiosa hacia mí y me entregó la pistola de mala manera, sobresaltándome un poco. Por poco evité que se me cayera al suelo y le devolví la mirada con el ceño fruncido.

- ¿Podrías tener más cuidado? ¿Y si se dispara qué?
- Siempre podemos buscar a más críos como tú.

Nos mantuvimos la mirada unos segundos más hasta que decidí apartar la mía junto con un chasquido, mostrándole el odio que también sentía hacia él. Observé el arma un poco y después alcé mis ojos hacia las botellas que veía en la lejanía, pensando que no iba a ser capaz ni de rozarlas. Estaban muy lejos.

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