La partida de Nix para llevar la sombra de Érebo a los cielos correspondía con la llegada de la luminosa Hemera al Inframundo, pero cuando Hemera llegó al Inframundo, no estaba su madre para relevarla. En su lugar, la recibió su hermano Tánatos con la noticia.
Hemera no recordaba haber visto a su hermano sonreír muy a menudo, pero estaba especialmente serio, hablando con circunspección. Como el resto de sus hermanos y hermanas, Tánatos tenía la piel del color de la madera de ébano y los ojos blancos. Llevaba una barba recortada a juego con el pelo corto, y las puntas de los mechones terminaban en pequeños bucles de humo y sombras.
—¿Es cierto? —preguntó Hemera, asombrada, mientras recorrían las escaleras del Bastión del Cielo Invertido. Iba cargada con el cesto repleto de las sombras de su padre Érebo, que había recogido al alba—. ¿Con una bañada por el sol?
—La hija de la Señora Anesidora Deméter, nada más ni nada menos, me temo —respondió Tánatos con esa expresión severa y urgente pegada al rostro—. Y prometida del mismo príncipe del Olimpo.
—¿La que domó la tierra tiene una hija? —Hemera se detuvo un instante en seco ante la noticia, parpadeó y siguió caminando—. ¿Desde cuándo?
—Nadie sabía de ella, hasta ahora. Ni siquiera el hyperonide Helios, el que todo lo ve.
—¿Cómo es eso posible?
Tánatos se encogió de hombros.
—Creo que nuestro hermano Dolos tendrá algo que decir al respecto.
Dolos, el hermano más pequeño de la familia, era la personificación de lo falso y lo oculto, un dios embustero y astuto. Sólo su manto hecho de argucias era capaz de ocultar algo de la vista de Helios.
Llegaron al salón de la recepción, encontrándose a sus amados padres sentados en las sillas. Tenían aires pensantes y estaban rodeados de su prole de hijos e hijas. En la sala también estaban la cocitia Menthe y el cochero personal del mismo rey Hades.
—Ella se metió en el arcón del carruaje —se estaba explicando Nyktus—. No nos dimos cuenta lo que había dentro hasta que llegamos al Palacio de Huesos.
Tánatos se sentó enseguida al lado de su madre, como su fiel perro. Siempre había sido el más obediente de los hijos de Nix, era increíble la lealtad hacia su madre, haciendo todo lo posible para complacerla, incluso a expensas de sus hermanos en ocasiones. Por su parte, Hemera se acercó a su madre, le entregó el cesto con las sombras y tomó asiento al lado de su padre.
—¿Cómo es posible que llegará al Inframundo sin que nadie se diera cuenta? —preguntó Nix.
La gran señora de la noche era una dama hecha de oscuridad. Su piel negra destellaba en tonos violetas, como si estuviese echa de cristal y dentro contuviera una galaxia entera. Su cabello se fundía con la magnífica túnica que la cubría, hecha con el cielo nocturno plagado de estrellas, que se arrastraba por el suelo convirtiéndose en nebulosa.
Sus fríos ojos se posaron en Dolos, recostado informalmente en una de las sillas. A pesar de ser el menor, era el más alto de sus hijos, de mirada astuta bajo un flequillo de humo y sombras, con una nariz grande y una media sonrisa que llegaba a sus ojos antes de aparecer en los labios. Dolos sintió la acusación silenciosa de su madre sobre él, así que sólo arqueó las cejas, esperando que ésta cayera.
—¿Tienes algo que ver con esto, Dolos? —preguntó finalmente, con suavidad, dejando espacio en cada palabra.
—Mis disculpas, mi señora madre —dijo, con un deje sarcástico. Cuando miraba así, hablando de esa manera, Dolos era pura maldad—. Pero en ningún momento pude prever que, mientras su hermano Zeus le abría las puertas de su reino, su Majestad seduciría a la prometida del príncipe olímpico.
Érebo se levantó enfurecido.
—¡No vuelvas a emplear ese tono! —gritó—. ¿De qué otra manera, si no es por ti, la hija de la Señora Anesidora Deméter está siendo protegida de la vista del hyperonide Helios? ¿Y cómo llegó hasta aquí sin ser detectada?
Dolos simplemente sonrió, cerrando los ojos y encogiéndose de hombros, y su silencio fue más elocuente que las palabras. Brillaba de la misma manera que brillaba cada vez que hacía una travesura y se libraba por los pelos de un castigo, encantado de salirse con la suya, pero disgustado por no poder fanfarronear de su hazaña.
—Ahora eso no es apremiante —dijo Tánatos—. Debemos devolvérsela a la superficie lo antes posible. Sólo fue un terrible accidente que debe explicarse.
Érebo suspiró agotado, y se dejó caer en la silla de nuevo.
—No, hijo mío —movió la cabeza con pesadumbre—. Han llegado juntos como si fuera su maldita esposa. Traté de convencer a Nuestra Majestad de que la devolviera, pero insiste en que la quiere aquí. La ha raptado.
—Yo sería menos impetuoso al expresar tal opinión, mi basherter (*)—sonrió Nix, flemática y líquida—. Cualquiera diría que estás contrariando la voluntad de Nuestra Majestad.
—Al contrario, mi basherte, hay que pensar en todo lo que esto puede acarrear al reino. Sólo será cuestión de tiempo que se sepa de su paradero. No pertenece aquí, debemos devolvérsela a su madre, que ella se ocupe de su indeseado matrimonio con el príncipe olímpico.
—No te preocupes —decidió la señora de la noche, poniéndose en pie con el cesto lleno de las sombras de Érebo. Ya era hora de salir a esparcirlas por el cielo nocturno—. En todos estos años, Nuestra Majestad ha gobernado el Inframundo con rectitud, prudencia y sabiduría, y, a diferencia de sus hermanos reyes, nunca ha dejado que algo personal obnubilara su buen juicio en favor a los intereses de su reino.
—Exacto, hasta ahora —Érebo cerró los ojos y se presionó el puente de la nariz con el dedo índice y el pulgar.
Nix colocó con dulzura la mano terminada en poderosas garras sobre su hombro, y él la sujetó con fuerza, deseoso de contagiarse de esa seguridad y calma.
—Desempeñará bien su papel —Nix sonrió, caminando hacia la puerta—. Entre tanto, la que escucha las raíces será tratada como nuestra invitada e íntima amiga.
Cuando Nix desapareció por la puerta, Érebo soltó una corta carcajada triste.
—Menthe, debes de hacerle entrar en razón —le dijo a la cocitia—. Quizás tu compañía le predisponga a atender nuestros consejos y la devuelva con su madre.
—Nuestra Majestad sabe dejarse aconsejar y siempre está dispuesto a las sugerencias de sus confidentes, pero no obedece a nadie —repuso Menthe. Su voz destilaba calma y conciencia.
—Entonces procura que tus palabras sean las más adecuadas —murmuró Érebo ya cansado—. A ti no te interesa perder el favoritismo del rey por una bañada por el sol, ¿no es cierto? Tu padre, el señor Cocito, tiene grandes esperanzas puestas en ti. No querrás defraudarle.
Menthe inclinó la cabeza con meditada cortesía.
La estruendosa carcajada de Perséfone resonó en todo el Bastión del Cielo Invertido, anunciando su presencia. Una risa tan clara, fuerte y directa como el estallido del hielo al romperse por la corriente del río. Lo extraño era la otra risa masculina que la acompañaba, una más discreta y comedida, pero igual de genuina.
Hades, sonriente y radiante, bajó por la gran escalinata hasta el salón de recepción, acompañado de Perséfone, a la que tomaba de la mano como su invitada honorifica. La primavera lo envolvía y lo llenaba de un inusual calor. Los bordes de su capa negra estaban engullidos por narcisos, musgos y mariposas moteadas.
(*) basherter significa hombre destinado y basherte es la mujer destinada, son términos que hacen referencia a las almas gemelas y el destino.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
