Al entrar en la habitación más alta del Torreón del Cielo, seguida por las tres cárites, Afrodita se encontró a Perséfone como un animal salvaje enjaulado destrozando la habitación. Todos los muebles estaban volcados, las finas sábanas de la cama desgarradas colgaban de los candelabros de la pared y los hermosos jarrones de cerámica micénica habían estallado en mil trozos desperdigados por el suelo. Le había arrancado una pata a la hermosa silla de ciprés blanco y la estaba usando como mazo contra el escudo invisible que cercaba la zona del balcón abierto. Cada vez que arremetía contra él, una energía luminiscente estallaba y la empujaba hacia atrás, pero Perséfone gruñía, apretaba más los dedos contra la destrozada pata y se lanzaba de nuevo.
—No lo vas a conseguir ni en un milenio —suspiró Afrodita cuando la madera se quebró y Perséfone cayó al suelo de espaldas—. Es un escudo mágico hecho por Hefesto. Te aseguro que nada logrará romperlo.
Perséfone, con la respiración agitada, la miró a través de los rizos enmarañados que caían sobre su cara y Afrodita cogió aire para no amedrentarse ante la fiereza que desprendía.
—No me casaré —sentenció la criatura, gruñendo entre los dientes ensangrentados—. No me pueden obligar.
—Claro que pueden, querida. Zeus es el rey del Olimpo y tú una de sus bastardas, lo que significa que tiene derecho a disponer de tu mano.
Ella la miró con furia, absorbió fuerte por la nariz y soltó un escupitajo de sangre. Afrodita apartó la mirada asqueada.
Las cárites se movieron rápido para devolver el orden y la perfección aquella habitación destrozada con solo el toque de sus manos. Iban y venían, hablaban en murmullos y le lanzaban miradas de extrañeza a la criatura que se había levantado y se desquitaba con la puerta de la habitación. Cada vez que arañaba la madera, una descarga le quemaba la mano, pero ahí seguía. Terca y estúpida. No suplicaba ni se dejaba arrastrar por la pesadumbre en llantos histéricos. Estaba imbuida por una determinación que Afrodita hubiera deseado tener el día en que Zeus la entregó a su hijo Hefesto.
—Admiro tu coraje, créeme. Cuando me casaron con Hefesto también me opuse; grité, rogué, pataleé... Hasta me ofrecí a Zeus. Pero todos mis intentos no sirvieron de nada salvo para arrastrar mi dignidad por los suelos —sonrió con amargura al recordarlo.
La criatura la miró, con la nariz arrugada en un gesto de disgusto, pero al menos se había quedado quieta para escucharla y Afrodita continuó su relato:
—Al final acabé pronunciando mis votos nupciales, entre lágrimas y siendo el hazmerreír de todos, pero los pronuncie. Y aquí sigo mucho tiempo después, casada con un hombre al que aborrezco. De haber sabido que, me pusiera como me pusiera, esto iba a ser mi anankaie, hubiera disfruto de mi boda.
Se emocionó un instante y guardó silencio mientras contemplaba en su imaginación la opulencia de aquel escenario alternativo. Extendió los brazos de manera escénica, interpretando su papel como novia en el altar.
—Habría hecho lo posible para que mi boda opacase los siete días que duró la boda de Hera; mis invitados habrían sido tantos como estrellas en el firmamento; recibiría regalos tan fastuosos que no entrarían en el Olimpo. Y todos recordarían a la hermosa novia que fue Afrodita, tan magnifica, reluciente y eclipsante, que todos habrían olvidado el dios con el que se estaba casando. Pero... eso hubiera ocurrido sólo si en ese momento yo hubiera sido capaz de ver más allá de mi pataleta y entender, que la decisión del gran anax es... inevitable —la realidad la hacía sentirse tan vacía como una calabaza hueca—. Y ahora todos me recuerdan como la llorosa y patética Afrodita casándose con el tullido deforme —se calló, y pasó sus dedos por el collar que pendía entre sus pechos llenos, engarzado de topacios blancos con forma de palomas. La delicadeza de su tacto la tranquilizó—. Al menos, soy princesa consorte, como lo serás tú. Y por suerte para ti, tú no estarás unida a Hefesto. Así que, puedes seguir resistiéndote y dar un espectáculo, o puedes tranquilizarte, dejar que te quite de encima medio barro de pantano y bosque que te has traído contigo y pronunciar los votos con la frente en alto, hermosa y elegante como ha de esperarse de ti.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
