Con los ojos aún cerrados, Perséfone oía unas voces que conversaban suavemente, sonaban como una canción lejana, entre risas y tarareos, pero no podía distinguir de qué hablaban. Se despertó inquieta en el lecho cubierto de almohadones orientales, sintiéndose rodeada de extrañas presencias. Sin embargo, la violácea luz que emanaba de los apliques de cristal en las paredes descubría una habitación únicamente ocupada por hermosos muebles griegos y ella misma. La chimenea crepitaba con un suave fuego y avistó una bandeja reluciente llena de comida en una mesita. Sintiéndose hambrienta, se levantó y arrancó una rebanada al pan recién horneado, cubriéndolo con queso y membrillo. También había uvas, peras y pescado asado con pure de legumbres. Cuando se terminó la rebanada, se sirvió un poco de jugo de zumo fresco de una delicada jarra, y se acercó a la terraza de la habitación, picoteando del racimo de uvas.
La humedad y el frío le azotó el cuerpo cuando se asomó a la oscuridad del exterior. Se apoyó con los codos sobre la barandilla que vallaba la terraza y unas enredaderas crecieron de sus pies, enroscándose en el hierro. Calculó que debía de ser mediodía, aunque no estaba segura. En aquel cielo hecho de piedra era difícil saber quién tiraba del carro en el exterior, si Helios o Selene.
Bajo la terraza, un bosquecillo de árboles luminiscentes montaban guardia en torno a un estanque de mármol. La luz de los árboles se reflejaba en el agua, creando un espectáculo de colores que se movían y cambiaban con el viento. El suelo estaba cubierto de musgo y líquenes queemitían un débil brillo verde. Al otro lado, había un muro de ladrillo con púas de hierro en la parte superior. Más allá se extendía la ciudad Báratro, un mar de estalagmitas reformadas como suntuosas mansiones, y los ríos del inframundo dividiendo el reino en islas.
El sonido de la puerta de la habitación al abrirse la sobresaltó. Se quedó mirándola fijamente esperando que alguien se asomase, y luego la puerta se cerró con suavidad. Perséfone dio un brinco. Pensando lo tonta que se vería al ponerse tan nerviosa por las corrientes de aire, entró de nuevo, cerrando las pesadas cortinas de la terraza. Se encontró con que las sábanas de la cama habían sido extendidas y rehechas en el tiempo que estuvo afuera y, sobre el colchón, ahora descansaba una bella túnica corta de seda oscura, una capa a juego, forrada con mullida lana de carnero negro, y unas sandalias con largas correas.
Un vaho cálido salía del cuarto de baño adjunto a la habitación, y al asomarse se encontró una enorme y profunda bañera donde entraban cómodamente al menos seis personas, con escaleras que bajaban hasta el agua. Se llenaba a través de una fuente de la que potaba el agua hirviendo que recorría el techo del Inframundo.
Se desnudó y se sumergió hasta la boca en el agua que despedía vapor como el aliento de un dragón. Al lavarse el cabello, los efectos de Afrodita se diluyeron levemente con el jabón, pero seguía manteniendo un hermoso volumen, igual a la melena de un león rojo. Se relajó tanto ante la sensación que, al terminar, había dejado el baño tapizado por una madreselva que cubría el suelo y las paredes con sus flores estrelladas. Se vistió con la túnica que le habían dejado; era un quiton de atletismo, para montar a caballo, que se cerraba en los hombros por unas fíbulas y se ajustaba a la cintura con un ceñidor, el largo era hasta las rodillas, con un patrón parecido al usado por los griegos dorios.
Miró las sandalias y decidió prescindir de ellas ante en dolor de sus pies. Salió de su habitación, recorriendo los aposentos redondos y de altos techos dispuestos para ella en la Torre del Calor. Los braseros estaban encendidos y las paredes iluminadas por cientos de apliques que crepitaban en un fuego mágico. Estar descalza le permitía escuchar a través de sus pies las vibraciones y el calor que palpitaba por el torreón invertido. Emanaba un susurro rítmico y hechizador por las corrientes de aguas termales subterráneas. La confundían, haciéndola sentir que pasos ligeros recorrían el lugar y risas dulces la acompañaban en todo momento.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
