CAPÍTULO 10. Sal para las heridas

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Sumergida en una bañera en el Palacio de Sedas, Perséfone se frotaba la piel quitándose toda la suciedad con la agradable sensación de los dedos de Deméter desenmarañando su pelo mojado.

—Te dije como eran, te lo advertí —hablaba suavemente Deméter—. Intenté avisarte con todas mis fuerzas. El mundo es un lugar horrible allá afuera.

Perséfone no le había contado nada, optando por mantener una actitud cerrada y apática. Se esforzaba en fingir que era fuerte, que nada le afectaba. Pero Deméter conocía a su hija, conocía a los olímpicos y conocía sus excesos. Sabía que algo terrible habría ocurrido, que ni su pequeña, ni nadie, estaba preparada para ese mundo. Ojalá ella nunca lo estuviera.

—Eso es lo que siempre ocurre cuando te juntas con olímpicos —afirmó Deméter, deslizando las manos por los mechones de cabello—. Siento que lo hayas tenido que ver por ti misma de esta manera.

Su pequeña estaba ausente, con la mirada distraída no paraba de frotarse el cuerpo. Tan impropiamente inmóvil en ella que le dolía verla así.

—¿El rey Hades ha intentado algo contigo? —preguntó, conteniendo el aliento. Su hija chasqueó la lengua y soltó un resoplido molesta, haciendo rodar los ojos, pero no respondió, así que Deméter insistió—: Tengo derecho a preocuparme por mi hija, Perséfone. Te has quedado a solas con él, te has subido a su carruaje sin acompañante. Espero que no se haya aprovechado de ti, eso es todo.

—No lo ha hecho.

Deméter exhaló tranquila y siguió desenredando sus rizos. Se había esmerado en peinarle la mata de pelo hasta que cayese lustroso por su espalda como un río de cobre, aunque no duraría así demasiado.

—Bien. No quiero que cometas el mismo error que yo.

—Gracias.

—No quería decir eso —le besó la nunca y aspiró la fragancia a flores que desprendía su pequeña cuando no estaba llena de tierra—. Ya sabes cómo son los otros reyes. Sólo porque no se escuchen rumores en la superficie de sus... correrías impúdicas, no significa que Hades sea honorable, Perséfone. No hemos tratado con él desde que fue coronado rey del Inframundo, puede que se haya vuelto tan seductor como sus hermanos.

Perséfone la miró por encima del hombro. Una mirada fiera bajo mechones y mechones rojos.

—¿Eso fue lo que hizo mi padre? —su voz era demasiado fría para lo intensa que era su mirada—. ¿Seducirte?

—No —le respondió Deméter con la misma frialdad tras un largo silencio-. Sabes que no.

La mirada de su hija se ablandó, notó su arrepentimiento.

—Sí, lo siento —dijo Perséfone bajando la mirada para ocultar su orgullo y siguió enjabonándose los brazos.

—¡Oh, mi flor! —Deméter le sonrió con dulzura, tomándole el rostro entre las manos—. Ya está, mi tesoro —se alejó un poco para verle la cara redonda—. Has vuelto a casa y todo volverá a estar bien. ¡Olvidemos el pasado!

Le sacó de las manos el jabón e hizo un gesto a Melisa para que enjaguará su cuerpo con el agua de la palancana que se calentaba al fuego. Después, Melisa ayudó a Perséfone a levantarse y le secó el cuerpo con una toalla.

—Madre —habló de pronto Perséfone—. Estoy bien, ¿es que no lo entiendes? No me arrepiento.

Deméter sintió el aguijón del desengaño en las tripas. Su hija era orgullosa y testaruda, pero sabía sobre la tristeza que la envolvía, ella se hacía la fuerte antes de admitir que su madre tenía razón.

Trató de controlar su temperamento. Sin decir nada, se acercó a la túnica que se secaba al lado del fuego y la tomó entre sus manos, sintiendo su agradable calor al tacto. Afuera, la tempestad había amainado pero la proximidad del fuego se agradecía en aquella inusual noche.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora