CAPÍTULO 50. Tierra quemada

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El sol de Helios ardía tras los ventanales de vidrieras con la forma de la estrella de las doce puntas y arrojaba luces caleidoscópicas sobre los frescos de batallas épicas que habían sido pintados allí mucho tiempo atrás. Las Horas, ministras de su padre, custodiaban la puerta, con sus yelmos de oro y sus corazas por encima de las túnicas ligeras y vaporosas. Ares las conocía a todas y le permitieron pasar al verlo.

Su entrada sin anunciar tomó por sorpresa a Zeus, quien tenía al imberbe de Ganimedes sentado sobre su regazo como una vulgar ramera. El corto quitón de kuros se le subía sobre sus delgados y tersos muslos morenos, donde la mano de su padre se perdía. Mientras, entre suaves gemidos, Ganimedes llenaba una copa con la jarra dorada que le había pertenecido a Hebe y se la acercaba a los labios del ánax para darle de beber. Había una mesa plegable al lado del trono con más comida de la necesaria: pan recién hecho, mantequilla, miel, mermelada de zarzamoras, frutas, beicon, huevos cocidos, un trozo de queso...

—¡Ares! —exclamó su padre, teniendo la decencia de incomodarse.

Ares se cuadró bajo el trono, con el yelmo en forma de águila en la mano, la armadura de oricalco brillando y la capa de terciopelo, con el bordado del águila y el pavo real, sobre su hombro derecho.

—Me complace que todavía te acuerdes de mí, padre —dijo, mirando con repugnancia a Ganimedes—. ¡Y yo temeroso de que las difíciles decisiones de tu corona te estuvieran atormentando! —Miró de nuevo a Zeus—. ¿Te puedes creer que, mientras cumplía tus ordenes de esperar pacientemente a tu respuesta, el carruaje de mi tío ha partido ya del Olimpo? ¿Has puesto fecha a esa gran boda?

—Ganimedes, muchacho, será mejor que esperes fuera a que terminemos —ordenó su padre con una voz dulce, la misma que empleaba cuando le hablaba a Hera.

La mirada que Ganimedes le dedicó al príncipe fue menos que provocadora; un destello fugaz tras sus rubias pestañas de parpados pesados, y los labios, como pinceladas de un artista preciso, esbozaron una sonrisa traviesa. Sin embargo, se levantó del regazo del ánax, se inclinó en una reverencia y salió de la habitación. La pesada puerta se cerró a sus espaldas y Ares se quedó a solas con su padre.

Zeus llenó la copa que había dejado el muchacho en la mesa, bebió un sorbo y examinó a Ares con una mirada exenta de todo. Ares no pudo advertir el destello de alguna emoción en sus ojos. Eran de un azul pálido perfecto, tan luminosos como implacables.

—¿Estás dispuesto a interpretar tu deber como hijo?

—Sí, padre.

La expectación se suspendió en el aire, densa y pesada; un sabor a bilis que comenzaba a subirle a Ares por la garganta anticipaba la constante decepción que suponía esperar algo de su padre.

—No vas a casarte con la muchacha —le confirmó finalmente Zeus con una voz llana, fría y apagada. Y añadió—: Será entregada al basileo, a mi hermano.

—¿A tu hermano? —Ares luchó por controlar las emociones.

«Sabía la respuesta antes de pedirlo —pensó—. Debí haberlo sabido. Debí haberlo sabido desde siempre». Pero, como un imbécil, había confiado que Zeus estaría de su lado esta vez.

—Ares, entiende que mi decisión no es un rechazo hacia ti ni a tus ambiciones —dijo su padre con una cortesía tan gélida que dio la sensación de que ya hubiera terminado el otoño hacia semanas.

—Tú me la prometiste, padre. ¿Acaso has olvidado que tanto madre como la Anesidora deseaban nuestra unión? —le recordó con una nota de irritación en la voz. Ni siquiera con la presión de las diosas el ánax estaba dispuesto a darle lo que le pertenecía—. Rechazaron abiertamente a Hades como pretendiente.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora