Los días siguieron su curso, y por fin llegó la víspera de Necysias. Esa noche, las almas partirían al mundo de los vivos. Perséfone había quedado con las hijas de Érebo para probarse juntas vestidos. Era un ritual femenino del que nunca había participado en los jardines de su madre, pero disfrutaba de la compañía de las nyktelias. Eleos y Anaideia eran terriblemente parlanchinas y muy divertidas; y Hemera, tan tranquilidad y responsable, con su buena predisposición y aquel orgullo por su linaje, le recordaban a Leucipe.
Con la boca llena de uvas, Perséfone salió por la ventana y se aupó por la pared, comenzando a trepar por la Torre del Calor. Cada vez que buscaba las grietas entre las piedras con los dedos de las manos y los pies, brotaba el musgo y las flores.
Desde ahí arriba, el cielo empedrado del submundo lloraba sin descanso las gotas que se filtraban de los ríos superiores y, por debajo, los ríos infernales tejían su tramado alrededor de la ciudad de los muertos, hasta desembocar en Aquerusia.
Perséfone iba pasando de torreón invertido en torreón invertido, con la facilidad que le daba la práctica, hasta rodear todo el lado norte, siguiendo las risas femeninas que le llegaban entre el sonido de las olas del lago al estrellarse contra la orilla, el viento silbante que recorría las estalagmitas y el constante goteo.
Se estiró para auparse hasta uno de los balcones y trepó, dejando una enredadera tras de sí por la piedra negra hasta que divisó la torre por donde estaban subiendo las diosas para ver los trajes que Ceutónimo había confeccionado.
Y entonces, oyó la voz alterada de Érebo llamándola, desde uno de los puentes colgantes. Se sobresaltó tanto que estuvo a punto de caerse.
—¿Se puede saber qué haces ahí como una lagartija? —decía el senescal—. ¿Có... cómo has llegado hasta ahí? ¡Por Caos!
Claramente, Érebo no sabía qué hacer; se debatía entre si ir a buscar ayuda para bajarla, como si fuese un gato encaramado a un árbol, o entre seguir mirándola fijamente como si así pudiera evitar que se fuese algún lado.
Perséfone saltó como una rana hacia el puente, que crujió y se zarandeó. Érebo hizo unos bruscos espavientos, conteniendo un monólogo de exabruptos que se moría de ganas por soltarle.
—¡La Creación sabe que no eres una muchacha, eres un animal salvaje! —dijo Érebo, con un mohín desabrido en el rostro—. ¡No te rías, que es asunto serio!
Perséfone puso los ojos en blanco, pero en ese mismo momento se dio cuenta de que, probablemente, sólo estaba alimentando la inquina que había notado que Érebo estaba incubando por ella.
—Disculpa, no quería asustarte —dijo ella, incorporándose. Se apartó con el antebrazo los mechones que le caían por los ojos. La humedad del ambiente encrespaba su alborotada mata de rizos.
—Explícame qué estrambótica ocurrencia has maquinado ahora. ¿Por qué estabas ahí?
—Verás, me he dado cuenta que es más fácil moverse por el bastión trepando la fachada exterior de las torres que atravesar los doscientos pasillos, escaleras y puentes del interior.
Érebo apretó los labios y entornó los ojos, de un blanco infinito y con las pestañas largas y negrísimas.
—¡Es totalmente inapropiado! Si nos comportamos de esa manera, ¿qué nos separa de los animales?
—Estoy segura de que muchas otras cosas.
Echaron a caminar por el puente hacia el interior de la torre.
—Tus endemoniadas ocurrencias me llevaran al Tártaro. Casi me da un sincopé pensando en que te podrías resbalar y despeñarte contra las rocas del río.
ESTÁS LEYENDO
Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
