Cuando despertó, su prometido ya no se encontraba a su lado. Hades casi no dormía; o se acostaba a altas horas de la noche o se levantaba antes del amanecer. Desde la Ascensión de las Almas la visitaba en su lecho y después se quedaba a su lado, abrazándola en suaves caricias mientras dormitaba en un estado de duermevela, pero acababa abandonando su calor para regresar a sus interminables labores. Siempre había algún decreto que firmar, un mensaje que responder o una tabla de cuentas que revisar.
«Tendré que acostumbrarme —pensó Perséfone desperezándose como un gato mientras pateaba las mantas lejos de ella—, siempre tendré que compartirlo con su trabajo». Sus dedos acariciaron la almohada donde anoche él había reposado. Sonrió al pensar en como habían hecho el amor: «¿Acaso es posible la lujuria que despierta en mí para que ya eche de menos sus manos dándome placer?».
Pero a ella también le esperaban obligaciones.
Se vistió y bajó el Torreón de Calor para desayunar con sus amigos. La perspectiva de contar con ellos para su empresa de conquistar a las damas la llenaba de un refrescante optimismo, como el primer sorbo de agua fresca tras un largo día en el desierto. «Ellas aún no lo saben —se dijo a sí misma, confiada en sus posibilidades —, pero ya están conquistadas».
Era una batalla diferente a las que había librado antes, una que requería sutileza, inteligencia y una pizca de encanto. Las damas la desafiaban con su frialdad, recelos y argucias. Tenían costumbres arraigadas a viejas alianzas y rencillas; y, para ellas, Perséfone era una extranjera, simple y sin domesticar. Pero su corazón estaba lleno de una firme convicción: lograría encontrar su lugar entre ellas y, más importante aún, su aceptación. No sólo por la importancia que significaba tenerlas a su lado para su reinado con Hades, también por Menthe. Perséfone sentía una responsabilidad profunda hacia su amiga, una necesidad de protegerla y asegurarse de que nunca más tuviera que sufrir en silencio. Y, después de la nueva perspectiva que le dio Hades, estaba segura de que entre las damas había otras ninfas, ocultas en las sombras de la corte, que también necesitaban su protección.
Se permitió un momento para cerrar los ojos y visualizar el futuro que tanto anhelaba. En su mente, veía a aquellas damas inclinándose ante ella, no por obligación, sino por respeto y afecto genuino. Las imaginaba confiando en ella, buscando su consejo y compartiendo sus sueños.
«¡Las conquistare!».
La corte bullía con la elegancia sofocante propia del bastión. La pompa y el protocolo, sin embargo, no podían ocultar la displicencia en las miradas de los inmortales que se cruzaban con Perséfone en los pasillos. Había un susurro furtivo que precedía su llegada, un sutil cambio en el tono de las conversaciones. Expectación y crítica.
Las ninfas se agrupaban en pequeños corrillos desperdigados por todo el bastión, y al verla, se apartaban con gestos de reverencia para darle paso. Perséfone las reconoció con una sonrisa, mostrándoles su buena fe de entregarles su amistad.
—Saludos, princesa —respondieron ellas dulcemente.
Perséfone retomó su camino y, entonces, escuchó un siseo serpentino, alargado, bajo y mordaz.
—Sssss... Sssss...
El sonido se mezclaba con el murmullo de las conversaciones, pero tenía una cualidad penetrante como la punta de una flecha. Perséfone frunció el ceño y se giró hacia las ninfas, que parecían ocupadas recobrando sus conversaciones privadas entre ellas, pero podía ver sus miradas solapadas, sus sonrisas ladinas, satisfechas de su maldad.
Perséfone decidió ignorarlas y continuar.
—Sssss... Sssss...
Otro siseo, más nítido. Y después, otros más la acompañaron por los pasillos.
ESTÁS LEYENDO
Perséfone. La muerte de la primavera
Storie d'AmoreHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
