CAPÍTULO 48. El favor del Ánax

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Llegaron al Olimpo como un novio y una novia en un carruaje tirado por seis corceles de escamas negras y crines de fuego; iban escoltados por dos carros de bigas conducidos por Tánatos y Flegetonte, y les seguía detrás otro carruaje lleno de tesoros para el Anax. La majestuosidad de la comitiva infernal contrastaba con la belleza del reino celestial, que se extendía ante ellos, brillando en la luz del sol del amanecer, con sus torres de mármol blanco y sus jardines de ensueño.

Érebo se había mostrado abiertamente en contra de aquello cuando Hades le hubo comunicó su decisión tras su audiencia con Hermes.

Esa muchacha no está preparada para el trono —le había dicho su senescal bajo el crepitar de la hoguera y la música de la fiesta. La violenta música había resonado en el aire, propagándose a través de la caverna, y aunque la tierra absorbió su melodía, todos en la Superficie sintieron su algarabía y supieron que esa noche estaban tratando con la Ascensión de Almas.

Lo estará. Tú le enseñarás, como hiciste conmigo.

Ante tal respuesta, Érebo miró al frente, al baile que se desplegaba debajo de la tarima.

Sería más fácil enseñarle a Cerbero sobre cómo ser una reina antes que a esa criatura salvaje.

Hades sonrió ante la ocurrencia.

Sé que los dos lo haréis bien.

Hades, te suplico que reconsideres esta locura. —Rascando con sus largas garras la tela de terciopelo de la silla, Érebo miró directamente a los ojos de su rey—. ¿Qué hay de Menthe? Le romperás el corazón, ¿lo sabes, cierto?

—¿A Menthe o a su padre?

—¡Será un insulto a toda su familia, Hades!

—Menthe no me quiere ni a mí ni al trono; y a Cocito le compensaré debidamente por cualquier ofensa, real o imaginaria, que perciba por esta decisión.

—Perséfone es muy... —Érebo supo recular sus siguientes palabras al ver como Hades inspiró profundo y su anguloso pecho se hinchaba. Con voz más suave, el senescal concluyó—: ...inmadura. Sin embargo, Menthe está muy bien preparada. Te la seleccioné personalmente entre todas las damas de la nobleza ctónica y ha recibido la educación necesaria desde niña. Además, es hermosa y honorable, y te haría un buen lecho. No te dará el más mínimo quebradero. Ella es la indicada para el trono.

Pero Hades estaba seguro de su elección:

—Perséfone o ninguna.

Has dejado que el amor te ciegue. Tu obsesión por esa muchacha ha minado tu cordura. ¡Estás hablando de quién gobernará este reino a tu lado! Hades, piensa en las consecuencias —le pidió Érebo—. No puedes arriesgar tu propio futuro o la alianza del Inframundo con los de la Superficie por un capricho.

Hades miró a los ctónicos que berreaba sus canciones y sacudían sus brazos entregados al frenesí, bañados por las llamas ascendentes de la inmensa hoguera. El fuego crepitaba más y más alto, hasta que sus lenguas anaranjadas lamían el cielo empedrado y lanzaba fragmentos de ceniza al aire. A través de las pavesas que planeaban ante sus ojos, vio el pelo rojizo de Perséfone destacar entre la multitud. Intentaba junto a Menthe un paso circular en su alocado baile, llenas de júbilo, mientras se levantaban las faldas y se buscaban mutuamente las manos en el aire. Incluso oculta tras los engaños fabricados por Dolos, Hades podía encontrarla. La flecha que le había clavado en su pecho nunca había desaparecido, sólo se convirtió en un lazo alrededor de su corazón que la conectaba a su anankaie. Si ella se iba para volver a su vida en la Superficie, si lo abandonaba, el lazo se tensaría hasta arrancarle el corazón de las costillas. A donde Perséfone fuese, su corazón iría detrás de ella, arrastrándose tras sus pies descalzos, y Hades podría encontrarla siguiendo el sendero de sangre que dejaría en el camino.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora