Los dos amigos entraron en el Jardín de las Hespérides y la invadieron, como siempre, abarcando el espacio. Caminaron a grandes zancadas dejando sus cosas en los sillones desocupados que iban encontrando. Hablaban mucho más alto de lo necesario para comunicarse. Se exhibían con sus bromas mientras cruzaban todo el invernadero hacia Afrodita.
Hermes suspiró con mirada ensimismada al verla sentada en el diván bajo el cerezo del que picoteaban los hermosos pájaros de colores. El collar de Hefesto vibraba en armonía con su perfección. Sus bustos jugueteaban con la provocación de las cintas sueltas del escote y Afrodita no se apresuraba a solucionarlo si se le abría un poco de más.
—¿Qué os ocurre ahora a vosotros dos? —suspiró la diosa.
—¡La chica, Afrodita, la chica! —Apolo gimió con un dramatismo demasiado exagerado como para preocuparse mientras se dejaba caer en un sillón cerca de ella—. Tengo que volver a verla o enloqueceré por este amor.
—Sólo eres un caprichoso —dijo Hermes y se sentó en el diván donde se extendía Afrodita—. Lo llamas amor pero, en cuanto sea tuya, te aburrirás de ella, Apolo.
Afrodita hizo rodar sus ojos, aburrida de la misma conversación. Aquella situación se había repetido anteriormente, con distintas chicas pero siempre el mismo juego.
—Esta vez siento que es distinto —Apolo trataba de convencer a Hermes—. ¡Oh, no puedo quitármela de la cabeza!
—¡Olvídala! —pidió—. No tiene sentido que la desees —después, Hermes gritó agitando su copa vacía—: ¡Hebe, aquí!
Hebe terminó de servir a la diosa luna Selene y corrió con su jarra y su cesto para servir a los tres dioses.
—¡Oh, Apolo! —dijo cuando vertió el néctar de su jarra en la copa del artista—. La canción que le compusiste hoy a mi madre era preciosa, ¡y que hermosa interpretación hicieron las Musas!
Apolo le sonrió con dulzura, apreciaba su compañía. Cuando no estaba enterrada bajo sus miles de quehaceres, Hebe podía permitirse ir a bailar con las Musas bajo el son de la lira de Apolo.
—Siempre he querido que te unas a mi coro, Hebe —respondió con sinceridad él, y las mejillas de Hebe se incendiaron.
—¡Oh, no! ¡Estropearía todo!
—¡Pero si tienes mucho talento! —insistió Apolo—. Tu voz es preciosa. Sólo inténtalo, si no estás cómoda pararé con la idea, pero debes probarlo.
—¡Hebe! —Sileno, con su gran panza y la nariz chata, alzaba su copa reclamándola.
Hebe iba a correr al llamado del dios de los excesos al otro extremo, pero Apolo la retuvo con delicadeza.
—Sólo prométeme que lo pensarás al menos.
—Bueno... podría intentarlo ¡suena divertido!
—¡Hebe! —insistió Sileno.
El rostro de Hebe se entristeció, recordando de pronto su situación real.
—¡Oh, Apolo! Es que... me encantaría... pero tengo que arreglarle las sandalias a mi madre —Hebe fue retirándose hacia Sileno—. ¡Y Ares me ha pedido que pula su armadura para cuando llegue! ¡Y los establos de Helios! ¡Y...!
—¡HEBE!
—Lo comprendo, quizás en otra ocasión —decidió Apolo al darse cuenta que no era el momento. Hebe le sonrió y se retiró, corriendo a atender el reclamo.
—Pobrecita, Cenicienta —se compadeció Afrodita al ver como el lujurioso dios trató de manosearla cuando Hebe se inclinó a servirle—. Por cierto, ¿de qué chica te has encaprichado ahora?.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomansaHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
