CAPÍTULO 34. El recital de Menthe.

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Nunca en su vida Perséfone se había esforzado en arreglarse como en esa ocasión. Deméter siempre había insistido en que su hija fuese una dama digna, pero en vez de eso tuvo una salvaje potra que correteaba descalza con las piernas parcheadas de costras, las uñas llenas de barro y el pelo hecho una maraña de paja rojiza. Sencillamente, Perséfone no había tenido la necesidad de ser bonita cuando lo que deseaba era ser libre y, sin embargo, ahora se había sentido desbordada ante la importantísima decisión de escoger un vestido.

«No es que ahora me quiera ver bonita para Hades. ¡Él no tiene nada que ver!» se dijo, decidiendo que los quitones de atletismo no eran lo más adecuado, pero los peplos que Érebo le hacía llevar a los eventos eran demasiado sobrias. No quería parecer demasiado infantil, pero tampoco quería parecer una viuda en luto. «Si me comparo con Menthe sólo es porque ella es un referente femenino del adecuado protocolo en el Inframundo»

Extendió una túnica más atrevida, que consistían en un par de trapos que dejaban poco a la imaginación. La descartó; desde luego, ansiaba verse tan espectacularmente atractiva como ella, pero no quería ser vulgar en el intento. «¿Me importa verme bonita? ¡Claro! —se concedió—. ¡Pero por la formalidad de la ocasión! Si madre no me hubiera tenido encerrada y aislada me hubiera arreglado así para algún acto público».

Finalmente, frustrada, se dejó caer hecha un lío entre todas las túnicas descartadas. «¡Cómo estamos!», pensó con desaliento, mirando al suelo.

Suspiró profundamente y vio, de refilón, la túnica blanca tan hermosa que Afrodita había mandado crear a las cárites para ella. Sabía que era escandalosamente inapropiado que lo usase, y también sabía que era terriblemente espléndido para no ser usado. Se mordió el labio inferior, logrando contenerse sólo cuatro minutos antes de abalanzarse sobre él y vestírselo.

«Al fin de cuentas, es un regalo de la misma Afrodita. Sería una descortesía ocultar sus bendiciones» se excusó a sí misma, mientras abrochaba las fíbulas con forma de amapola en los hombros. Se ciñó la tela plisada a la cintura con la exquisita correa hecha de hojas de oro negra, tan apretada que Perséfone supo que no podría terminar la velada sin que le diera hipo.

Mirándose en el espejo y girando para verse de perfil, se dijo que en su figura no había nada de que pudiera avergonzarse. Las bendiciones de Afrodita seguían en ella y cuando terminó de arreglarse, se sintió tan satisfecha como cuando las cárites la acicalaron. Estaba preparada para controlar todo lo que se agitaba indómito en su corazón. «Madre estaría orgullosa si me viera» pensó, obviando lo fúrica que se pondría de saber que se había fugado al Inframundo.

El oceánido de las Lamentaciones recibió a Perséfone en la sala principal, un gran salón con pilares tallados en la roca viva, rodeado de sus hijas ninfas y sus hijos fluviales, de sus yernos y sus nueras, de sus nietos y sus bisnietos. Y aún faltaban ahí miembros de su extensa familia, tan complicada y emparentada entre sí como la de los olímpicos.

Al entrar en la sala, las miradas se posaron en Perséfone con un silencio atronador. La melena roja y la piel sonrosada ya la delataban como una bañada por el sol, pero el vestido blanco enfatizaba su brillo natural de la superficie.

—¡Oh, Perséfone! —Menthe se levantó de inmediato del lado de su padre y corrió a tomarla de las manos—. ¡Y te preocupaba no estar presentable! Ahora comprendo porque su Sombrío Érebo te llama radiante; eres toda una princesa. Ven, deja que te presente. Para mi señor padre sería un honor que compartieras con él la carne y el aguamiel.

Menthe la llevó hasta el anciano, estrechándola dulcemente por la cintura como a una hermana más.

Cocito era un fluvial de aspecto delgado y frágil como una hoja seca, que llevaba una corona de ramas y bayas. Su cabellera, una vez negra, ahora era completamente gris. Decían de él que en su juventud había sido un hombre atractivo, pero como muchos inmortales, se había negado a comer de la ambrosía, evitando volverse adicto a la juventud y manteniéndose solo del poder mágico de su voluntad.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora