La caza estaba suponiendo todo un reto con los vientos de Tifón soplando en ráfagas espesas sobre el bosque de Enna. Para Artemisa aquello hacía más divertido la montaría.
—Todo me acaba resultando demasiado fácil —decía mientras acariciaba la tierra húmeda—, demasiado aburrido. Pero ahora, podemos probarnos de verdad.
El bosque cambiaba por la intromisión de Tifón, y los rincones del musgo, las ramas de los arbustos y las cortezas de los árboles se retorcían y mutaban con el silbido del viento, borrando la huella de cualquier animal.
Fuera de ese mundo aislado, las tropas contenían a Tifón para someterlo de nuevo al sueño en el que era preso en Etna. Pero ahí, entre los arboles de copas tan altas que acariciaban las estrellas, lo único que importaba era la caza.
Esa misma mañana habían encontrado el rastro de un venado rojo y lo habían seguido hasta dar con él cuando comía la hierba fresca que trepaba por unas rocas. Las diosas estaban contra el viento y el venado no podía olerlas. Un animal así podía alimentarlas durante una semana y a Perséfone se le hizo la boca agua. Cargada con el carcaj de Artemisa, le pasó una flecha.
—En el Olimpo, la inmortalidad ha degenerado a una vida para los excesos y placeres —susurró Artemisa, levantando el arco y apuntado por instinto, la flecha dirigida directamente al ojo. Para decepción de Perséfone, Artemisa había estado de acuerdo con Deméter-. Estás mejor aquí, lejos de todos ellos.
—Pero allí también está Apolo.
La mandíbula de Artemisa se tensó al oír el nombre de su mellizo y la desconcentró lo suficiente para que fallará el tiro. La flecha se clavó en el árbol y el venado huyó entre la maleza.
Perséfone parpadeó sorprendida y no se atrevió a decir nada cuando Artemisa la miró soltando un bufido y le hizo un gesto para seguir a la presa. Perséfone conocía lo suficiente a su maestra para saber que aquello se había vuelto personal para ella.
Artemisa echó a correr detrás del venado y Perséfone se colocó el carcaj al hombro para seguirla. La lluvia convertía el bosque en un terreno resbaladizo, y cada raíz y hoja en el camino se volvieron potenciales obstáculos. Perséfone no había sentido jamás el frío en su vida; las lluvias primaverales de los jardines eran cálidas y húmedas, pero éstas se le calaban hasta los huesos y entumecían su cuerpo. Incluso sentía dolor en el pecho en cada bocanada. Sin embargo, no se atrevió a protestar ante Artemisa. Por primera vez, tenía el permiso de su madre para estar ahí, con ella, cazando, y no quería flaquear ante aquella oportunidad.
—Apolo siempre deseó ser un olímpico —recordó Artemisa, deslizándose entre los matorrales.
—Y lo logró —comentó sofocada Perséfone, le costaba seguir el ritmo de Artemisa—. ¿Pero, por qué él no sufre de la ira de Hera? ¿Cómo hace para no tener que vivir escondido de ella, como nos ocurre a Dioniso o a mí?
—Compone canciones en honor a Hera. Cada día, las canta y toca con su lira enfrente del trono dorado en el que Hera las escucha complacida y su corazón lleno de celos y venganza se queda dormido.
—¡Oh, Artemisa! —jadeó al doblar una colina rocosa—. ¡Eso es precioso! ¿Ves? No todos los olímpicos son malvados.
Artemisa le dedicó una mirada de ceño fruncido por encima del hombro antes de desaparecer de su vista al saltar un arbusto, murmurando «ñoñerías».
—Has sido una afortunada —le dijo Artemisa, cambiando de tema, cuando Perséfone la alcanzó. Se había detenido en una ladera, observando el rastro en las hojas dobladas—. El Invisible no te mentía sobre el privilegio de subir a su carruaje. ¡Debe ser asombroso recorrer la tierra usando las grutas del subsuelo!
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
