Aquel día, a Perséfone le despertaron los estallidos de voces. En Báratro imperaba un murmullo que se filtraba recorriendo los sombríos pasillos que dibujaban trazos sinuosos entre las estalagmitas y estalactitas afilados como los dientes de un dragón dormido. Cuando se asomó por el balcón de sus aposentos, vio que había una gran aglomeración rondando el bastión del Cielo Invertido.
Perséfone bajó las escaleras brincando por el elegante pasamanos de tramo en tramo y saltando las escaleras de tres o cuatro peldaño sin perder el fuelle. Al fondo, entre las bifurcadas escaleras, se movía una figura negra.
Cuando lo alcanzó, le habló casi en la nunca.
—¿Dónde está Hades?
Érebo dio un respingón. Perséfone tuvo la sensación de que el senescal se ruborizó durante unos segundos, antes de recomponerse y levantar la mirada.
—¿No sabes saludar como las personas normales? —se colocó la túnica con un gesto de desaire.
Como respuesta, ella se encogió de hombros, dedicándole una sonrisa encantadora.
Érebo negó con la cabeza, mascullando algo en contra de los bañados por el sol y comenzó a subir a paso ligero la escalera por donde ella había bajado, atravesando la estructura central del castillo. Cargaba con unos cuantos pergaminos y tablillas encuadernadas. Los llevaba contra el pecho, haciendo acoplo de destreza para que no se le cayeran de los brazos.
—Hoy, Nuestra Majestad —recalcó las palabras a modo de reprimenda por su manera de dirigirse al rey, arqueando una ceja para que entendiera—, no podrá atenderte, resplandeciente Perséfone. Tiene asuntos sumamente importantes que requieren su presencia y no puedes seguir distrayéndolo.
Perséfone frunció el ceño y echó a correr detrás de él.
—¿Así que más trabajo, eh? Pero, no lo he visto en su despacho.
Caminaron en dirección al norte, donde una inmensa escalera de mármol bajaba para conectarse con el torreón invertido de la sala de recepción y Perséfone vio como Érebo hacia solemnes saludos de cabeza a sirvientes invisibles que le abrían las puertas a su paso.
—No, no. Hoy pasará el día en el Tribunal. Me dirijo hacia ahí ahora mismo para llevarle estos documentos por el caso de...
—¡Oh, oh, deja que te ayude!
—¿Qué?
Con todo su ímpetu, Perséfone se abalanzó hacia los documentos, agarrándole la mitad y casi tirándole por los suelos la otra parte restante.
Armado con una buena réplica, Érebo estaba a punto de contestarle. Vislumbraba sus intenciones de asistir a los juicios, y si bien estos eran públicos dentro del Inframundo, dudaba que Perséfone pudiera mantener la compostura que exigía tal ceremonia solemne para un alma humana. Luego, cambió de opinión y comenzó a caminar con un resoplido. Igual, ella haría lo que quisiera.
Tras la alargada sala de recepción, atravesaron un pasillo construido por arcos. Según caminaban se escuchaba un gran revuelo de voces cacareando.
—¿Y por qué Ha... Nuestra Majestad tiene que estar en el Tribunal? —preguntó Perséfone, arrugando la nariz al sentir las cosquillas del borde de un papiro que portaba—. Pensaba que los juicios de vida los llevaban los Magistrados.
—Hoy se revisan las sentencias que han sido apeladas por alguno de los Magistrados.
—Oh, sí —Perséfone recordó como Hades se había pasado la noche de su llegada trabajando en esas revisiones.
El pasillo les condujo hasta un puente colgante que conectaba con un pórtico de inmensas desproporciones, abaratado de toda clase de seres ctónicos. Era una galería de columnas exquisitamente ornamentadas con motivos de calaveras enredadas en vegetación alrededor de una plaza adosada a una estalagmita cuya fachada había sido decorada con esculturas de bajorrelieve. Desde lo alto de este enclave, de unos cien metros de altura, se podía contemplar el caótico entramado de calles que componía Báratro.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
