La mañana se presentó igual de mala que lo había sido la noche. En el desayuno no hubo tartaleta de granada ni leche de cabra y tuvo que conformarse con bougatsa relleno de queso y leche de vaca. Supuso que podría soportarlo hasta que vio entrar a Menthe en el comedor, acompañada por Hades. Hablaban alegremente de a saber qué asuntos divertidos, y ella le tocaba el brazo cuando reía silenciosamente sus comentarios. Él le sonreía con aquella sonrisa un poco indolente que tanto le gustaba a Perséfone.
—¡Menthe, querida! —la saludó Érebo con un entusiasmo que sorprendió a Perséfone. Érebo, como la mayoría de los días, desayunaba en el Cielo Invertido para trabajar sus asuntos políticos con Hades por las mañanas, en aquella ocasión le había contado que tenían que hablar de un asunto sobre los dioscuros. Perséfone no tenía ni la menor idea de qué eran los dioscuros—. Esperaba que ya nos hubieras dejado para volver con vuestro padre —le dijo, besando su mano larga, delicada y blanca, como el pétalo de un narciso.
—Todos esperábamos que eso hubiera ocurrido —farfulló Perséfone, sintiendo que no podía tragarse el veneno con esos estúpidos bougatsa. Aquellas palabras eran para ella pero, desafortunadamente, los otros tres la miraron al escucharla. Se esforzó en dibujar una enorme sonrisa, que arrugó todas las pecas de su cara en una mueca tensa—: ¡Pero ya ves, qué alegría tenerte aún aquí!
Menthe sonrió, encantada.
—¡Qué dulce eres! —y parecía que lo decía en serio.
«Seguramente porque no me considera ni siquiera una rival; me ve como a una niña, ingenua e inexperta». Ni engulléndose los bougatsa de dos en dos podía llenar el vacío que sentía dentro, pudriéndose como una pared desolada por la tormenta y el moho. «No soy como ella, que es una mujer, que sabe de política y diplomacia, tanto como para que Hades y Érebo escuchasen su opinión en la cena».
Hades acompañó del brazo a Menthe hasta su asiento, a la izquierda del de él, y se sentó enfrente de Perséfone. La miró con esos ojos platinos y le sonrió. Perséfone deseaba poder romperse: a llorar, a gritar o insultar, pero romperse. No sabía si se sentía triste, dolida o enfurecida, pero desde luego no estaba feliz como se obligaba a fingir.
—De todos modos, me temo que tendré que abandonar vuestras atenciones —dijo con esa voz que sonaba a la tranquilidad de una noche iluminada por mil estrellas—. Tengo que regresar al palacio de mi padre para el recital.
«Eso, vete a tocar la lira por ahí» pensó perversamente, mientras le goteaba el queso fundido por los dedos.
—¡Oh, es verdad! —recordó Érebo—. ¿Van mis hijas, verdad? Sí, recuerdo lo escandalosas que estaban las gemelas con respeto a eso..., bueno, con respeto a todo.
Menthe rio ligeramente, cubriéndose los enormes labios rojos. Luego, pensó en algo y miró a Perséfone:
—¿Por qué no vienes tú también, Perséfone? —le ofreció de pronto. La pobre desgraciada dijo eso como si tal cosa.
—Yo... Yo no... —balbuceó ella con la boca llena.
—No creo que sea bueno que la radiante Perséfone vaya —se adelantó a decir Érebo, y Perséfone tragó la bola de queso del pastel—. Recordemos que su estancia debe ser discreta.
Hades soltó una risa jocosa.
—Me hablas de discreción cuando has invitado a toda la corte ctónica a una cena de presentación, mi fiel consejero.
—Sólo invité a mi familia.
—Lo que en el Inframundo viene a ser, toda la corte —bromeó Hades—. Los ojos de Helios no alcanzan a ver lo que ocurre en este reino, y nadie del Submundo desea decirle nada a los de la Superficie. Perséfone irá al recital con tus hijas, disfrutara de la velada como la joven que es, con otras damas. ¡Qué ría, baile y juegue! No la traje al Inframundo para tenerla prisionera.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
