CAPÍTULO 41. El odio que mantiene en pie

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Hebe caminaba del mismo modo que un ruiseñor, dando ligeros saltitos con sus pequeñas y delicadas piernas de bailarina. Nunca supo exactamente la razón, el caso es que a Ares le tranquilizaba verla caminar de un lado a otro, apurada y alegre con sus quehaceres mientras tarareaba para ella alguna canción. Por eso, había acabado en el exterior del jardín de las hespérides, observándola en la distancia. Los Hermanos de Bronce empezaban su entrenamiento antes de que el sol de Helios despuntase en el horizonte al amanecer, así que la luz del interior del invernadero dejaba ver a través de las cristaleras los giros de Hebe mientras bailaba. Seguramente estaba emocionada por el festín de triunfo en honor la glaucopis que se celebraría en unos días. Por su posición de hija menor, Hebe quedaba totalmente excluida de las reuniones sociales, pero en los banquetes su madre le permitía asistir para servirles como copera.

Se agarraba de los bajos de su vestido y danzaba como enamorada por todo el invernadero, riéndose y jugando con una pareja imaginaria. Y Ares sonrió con algo distinto a la desidia. Tanto que se olvidó de su enfado hacia ella, de los nudillos aún sin tratar, de su abandono. Entró al invernadero, deseoso de acercársele, tomarla de la cintura y bailar juntos como dos niños que aún creían que sus padres les protegerían de los monstruos de allá afuera. Quería beber de su alegría.

Pero entonces lo vio. Al poeta. Y fue como un insulto. El bastardo estaba ahí, con su hermana, a solas, pellizcando las cuerdas de su lira, riéndose, cantando con ella, como si fuera un idiota inofensivo y Hebe bailaba su música como si fuese una pueril ninfa del monte Nisa. Se le amargó la alegría igual que la leche al sol y sus humores se volvieron contra él.

—Hebe, adoro tu voz —sentenció Apolo cuando terminó la pieza, y se acercó hasta ella, pavoneándose como un pavo real—. ¡La necesito en mi coro!

Estaba tan cerca que le respiraba en la cara. Hebe nunca había aprendido cómo eran los bastardos, que si se les mostrabas la más mínima amabilidad se pegaban como semillas de ricino.

—Apolo, no insistas con la broma, por favor —sonrió, insegura, apartándose el pelo revuelto sobre su frente—. Incluso aunque fuese capaz de cantar en público sin que la vergüenza me enmudeciese, sabes que no tengo tiempo para unirme a tu coro —había tristeza en su voz. Ares desconocía que quisiera unirse a las musas del bastardo. Hebe era demasiado amable para reclamar lo que quería o necesitaba—. Y aunque tuviera tiempo, dudo que madre lo aprobase.

—Quizás si supiera lo bien que cantas, cambiaría de idea —le aseguró él con aire consciente y le tomó de las manos—. Tu señora madre es muchas cosas, pero ama el arte tanto como yo. Si mis canciones pudieron lograrme su simpatía, podré componer algo digno de tu voz que la convenza de que está desperdiciando tu talento. Te aseguro que te cambiará la jarra por las partituras.

Ella se sonrojó, encogiéndose de hombros, avergonzada.

—Apolo, yo... —dejó caer las palabras. La resignación bañaba su mirada.

A veces, Ares dudaba que Hebe fuese una heredio, su ingenuidad, dulzura y buena voluntad estaban fuera de lugar en su familia como una rosa blanca en una zona de guerra.

—Inténtemelos, Hebe, te mereces ser feliz —Apolo tuvo la osadía de colocarle un mechón de pelo suelto detrás de la oreja y acariciar su piel con los pulgares.

A Ares se le crisparon las manos. Le enfermaba la sola idea de que cualquier hombre la mirase de una manera sucia. Hebe no era como las demás, era pura y no estaba hecha para los deseos carnales. Desearla era como mearse en lo sagrado.

—Lo que mi hermana está tratando de decirte, con más educación de la que te mereces, es que dejes de incomodarla con tus insistencias —Ares salió de las sombras, lleno de veneno, furia e instinto protector, como los basiliscos guardines—. Ya sabemos que te cuesta entender que es un no, poeta.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora