CAPÍTULO 27. Báratro.

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—Dime, Hades, ¿cómo funciona el Tribunal del Inframundo? —caminando por las negras del submundo, Perséfone no era capaz de conseguir que las preguntas dejaran de salir de sus labios.

Báratro, la ciudad de los muertos, parecía creadas de secretos que se replegaba sobre sí misma, en la cual los caminos y las caras parecían iguales. Reconocía a personas a las que nunca había visto y recordaba calles que nunca había recorrido. Los canales ocultaban otros canales y los callejones se entrecruzaban de tal manera que eran indistinguibles en la niebla se levantaba desde Aquerusia, el lago que rodeaba el bastión del Cielo Invertido y del que partían los ríos infernales.

Hades la llamó una ciudad mutable, decía que Báratro era un ente con vida propia, que cambiaba como lo hacía su propia población fantasmal y monstruosa, pero sólo los bañados por la luz parecían notar estas alteraciones.

Los habitantes que vagaban por sus calles en silencio tenían ojos como los de los gatos, que atravesaban la oscuridad más densa y les guiaban por caminos impenetrables sin tropezar. Había criaturas extrañas y siniestras que se deslizaban espectralmente como si flotasen entre la niebla, lampedes en procesión portando sus antorchas encendidas mientras entonaban tétricos cánticos, y las ondinas que nadaban en los canales de los ríos eran negras como las oscuras aguas a las que pertenecían. Pero la mayoría eran sombras de las almas de los difuntos. Habían perdido sus rostros, olvidados con el paso de los años y ahora portaban mortajas y máscaras funerarias. Arrastraban por el suelo con lentitud pesados sacos llenos de las reliquias con las que fueron enterrados, o de las ofrendas que quemaron sus familiares en su recuerdo. Al chocar con el suelo pavimentado, producían sonidos del metal chocando contra el metal.

La niebla era tan densa que hacía que desde un extremo de la plaza no se viera el otro lado opuesto. La única iluminación que llegaba era la tenue luz iridiscente que emanaba las hojas de los extraños árboles subterráneos, alumbrando los senderos oscuros y la piedra negra de las estructuras que se alzan como dedos acusadores hacia el cielo subterráneo. Sus ramas nudosas y retorcidas se ondeaban en movimientos inquietantes por las gélidas corrientes de aire que se filtraban de las grutas del Inframundo, dando la sensación de que fuesen tentáculos monstruosos que intentaban escapar de su prisión. Y las hojas, tan delicadas y etéreas, brillaban a su alrededor en un danza fantasmagórica.

Los ctónicos se mantenían alejados de aquellos árboles, pues decían que eran portadores de maldición. Pero, para Perséfone, eran una promesa que se escondía entre las sombras, de que incluso en los lugares más profundos, todavía había luz. Como si el Inframundo les hubiera dado vida para que fueran los guardianes en la oscuridad eterna.

—El Tribunal es más una terna magistral. Es una delegación —explicó él con ese aire balsámico, misterioso y líquido—. Ellos deliberan acerca de la culpabilidad e inocencia de las almas, o de la razón que le asiste en un asunto, y sentencian los procedentes. Dictan el veredicto, pero me corresponde a mí regular esta función. Ellos establecen las condenas y precisan las sentencias, pero sus decisiones deben realizarse dentro de los límites establecidos por las leyes que he formulado.

Atravesaron un elevado puente con estatuas de gárgolas encaramadas a la barandilla. Por debajo pasaba una gran canal en el que navegaba un barquero con su góndola iluminada de velas. Perséfone se quedó extrañamente quieta, hipnotizada con el brillo de las llamas, que arrancaban destellos en las aguas negras como espejos bruñidos en obsidiana y hacían vibrar la ciudad, dando la sensación de no estar quieta.

Hades supo que era el preludio de una retahíla de nuevas preguntas. Casi podía escuchar los hilos de sus pensamientos tejiéndose antes de que los ojos le brillasen, insaciables de curiosidad.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora