En la sala de recepción estaba dispuesta una larga mesa rectangular, ocupada por Érebo y la presencia de inmortales que no podían ser otra cosa que sus hijos, los tenebrosos Erebíades. Todos ellos, parecidos entre sí, mantenían una extraña belleza andrógina, altos y esbeltos. Tenían los ojos blancos, la piel de obsidiana, el cabello negro y vaporoso, y las manos con largos dedos acabados en garras. Entre ellos, resaltaba la de una inmortal distinta a los demás, una ninfa del Inframundo, sin duda.
El el Inframundo se mantenía la costumbre de etruscos de comer todos juntos alrededor de una mesa con sillas, y no en divanes como hacían los griegos. En la mesa había tres puestos libres, dos eran las sillas de los anfitriones, situadas en el centro una frente a la otra, con el respaldo más largo, suntuoso y ornamentado que las demás.
Aunque Deméter nunca le había dejado asistir a ningún evento público, se había esmerado en enseñarle el protocolo más riguroso en una cena de gala, así que Perséfone sabía que los puestos más importantes estaban reservados a la derecha y a la izquierda de los señores de la casa, estando los caballeros a los lados de la anfitriona, y las damas en el del anfitrión. Ante la falta de una señora de la casa, le tocaba a ella, como la protegida de Hades, tomar el asiento enfrente del de él.
Los asistentes se levantaron con gran amabilidad para recibirlos, inclinando levemente sus cabelleras vaporosas con solemnidad y respeto.
—Bienvenidos a casa —saludó cortésmente Érebo, quien hizo las presentaciones.
Algo apabullada ante la grandeza que le rodeaba, Perséfone apenas pudo devolverles una torpe reverencia. La enorme mata de pelo se le cayó sobre la cara al inclinarse y se lo tuvo que atusar hacia atrás. Esto hizo desperezar condescendientes gestos en sus acompañantes.
La gran Nix no estaba presente, pero Perséfone enseguida se dio cuenta que, a la derecha de la silla del rey, estaba sentada Hemera, la primogénita de la familia; ella era el día, así que, si estaba en el Inframundo, significaba que Nix debía estar en la superficie llevando la noche. A diferencia de sus hermanos y padre, Hemera tenía el cabello blanco y brillante como la parte más alta de una llama, recogido en una elaborada trenza.
—Menuda recepción más inesperada —comentó Hades, guiando a Perséfone hasta el asiento de la anfitriona.
Después, recorrió la larga mesa rectangular hasta la silla del rey y, cuando se sentó, todos tomaron asiento también.
—Tan inesperado como no encontrarte aquí —musitó con reticencia Érebo.
Por supuesto, Érebo estaba sentado a la derecha de Perséfone, al ser el segundo varón más importante de los presentes después del rey. A su lado, se sentaba su hijo Geras, la vejez. Tenía un aspecto maduro, con la cabeza despejada de pelo y una barba puntiaguda negra. Tenía unos extraños tatuajes luminiscentes en las mejillas y en el pecho descubierto por una toga abierta de un verde profundo. Llevaba muchos anillos en los dedos largos, negros y acabados en garras.
—Hemos salido a recorrer la ciudad —se limitó a responder Hades, bajando la mirada para sonreír.
—¡He tenido una ruta turística de mano del mismo rey! —saltó a explicarse maravillada Perséfone.
—No requeristeis los servicios Nyktus —la voz de Erebo sonaba reprobatoria a pesar de su solemnidad—. ¿Habéis salido a recorrer la ciudad a pie?
Hades se mojó los labios con la copa de hidromiel.
—¡Qué remedio! Perséfone quería saborear la ciudad en todo su esplendor, y eso incluía nada de carruajes ni escoltas. No pongas ese ceño tan fruncido, mi fiel amigo, entiende que no tuve otra opción que acceder a su petición —se podían adivinarse las intenciones deshonestas en el tono de su voz, en la forma en que miró de soslayo a su protegida y ella se rio, divertida, complacida de que la espoleara con sus bromas—. A Perséfone le causaría un enorme apuro tener que escaparse si se lo negaba. No quería forzarla a tener que disculparse cuando me estaba pidiendo permiso.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomansHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
