Atraída al exterior por la soledad, asomó la cabeza buscando ojos vigilantes; no se escuchaba nadie alrededor y la oscuridad la invitaba a refugiarse en ella. Sabía hacia donde tenía que ir, allí donde la ausencia de la divinidad de los inmortales no acaparase el aire. No sabía cómo bajaría del Olimpo, quizás si encontraba a Hermes pudiera sacarla de ahí, ya pensaría en eso cuando estuviera lejos de la Fortaleza Diamantada.
Descendió el Torreón del Cielo por la escalera de caracol que se enroscaban ante ella, infinita y vertiginoso, con su largo vestido hinchándose y ondeando con cada paso por el viento nocturno que entraba de las estrechas ventanas.
Unos inmortales pasaron caminando junto a ella cuando bajó al final del torreón. Perséfone se tensó, decidiendo si escapar o atacar. Los dioses, en cambio, simplemente le lanzaron grandes sonrisas al pasar por su lado, deseándole una buena noche, y siguieron caminando por el pasillo abovedado. Perséfone siguió su huida atravesando los corredores de los sirvientes con paso ligero, mordisqueándose los labios hasta que se pusieron rojos como cerezas. Sonrió esperanzada al hallar con la puerta trasera a través de las cocinas y salió a la noche por ella.
—Era una diosa, estoy segura —escuchó a una ninfa tras la puerta—, entró por las cocinas.
—¡Qué desastre! —pudo distinguir otra voz más anciana—. ¡Y no había nadie para atenderla! ¿Quién era? ¡Qué desastre!
Apurada por ser descubierta, Perséfone corrió hacia las caballerizas, ocultándose en los arbustos y flores altas, sigilosa y ágil como si aquellos jardines de fuentes y setos fuesen los altos bosques y matorrales del bosque Altesina. Aquellas sandalias tan delicadas y hermosas le hacían rozaduras y le dificultaban sentir la tierra bajo los pies, pero no se detuvo hasta que se paró bruscamente y se agazapó detrás de una columnata, pegándose contra la pared al ver a Helios salir de las caballerizas. Se le cortó la respiración, lamentándose de que su huida hubiera llegado hasta tan poco.
Por suerte él no la vio, estaba hablando con dos dáctilos(*), pequeños hombrecillos, no más altos que un niño, pero de facciones duras y hoscas, que servían a Zeus, como habían servido anteriormente a Cronos y a Urano. Le hacían de mozos a Helios con su carro solar. El dios dorado parecía alterado, agitando su abanico en delicados movimientos teatrales. Había sido un día oscuro en los cielos; Helios se vio eclipsado en el encuentro con su hermana Selene, y después tuvo que dejar su carro solar más temprano de lo habitual para estar presente en la reunión. Selene lo había relevado antes de su turno, conduciendo el carro lunar tirado por caballos infernales para adornar el aterciopelado cielo nocturno con una luna creciente y se notaba que Helios estaba algo disgustado. Incluso si había sido fructífera para él su presencia en el Salón del Trono esta tarde, los secretos susurrados en la reunión habían tenido que ser pagados con los secretos susurrados en la tierra, secretos de los que no se había enterado.
Aprovechando que Helios estaba entretenido con los mozos y los mozos estaban siendo entretenidos por Helios, Perséfone esprintó el último tramo e ingresó en la caballeriza, deslizándose como una sombra más en la noche.
Dentro había majestuosos corceles celestiales, de formas sinuosas y elegantes, recubiertos por brillantes plumas doradas y con crines y colas de fuego, que descansaban tranquilos en sus compartimentos, asomando sus hocicos curiosos ante la visita de Perséfone. Ella les sonrió, y pasó la mano por el emplumado lomo de uno de ellos, descubriendo fascinada que el fuego de sus crines no la quemaba. Después de la galería de los compartimentos le seguía un enorme cobertizo para carruajes en el que descansaban cuatro coches. Uno de ellos era, sin lugar a dudas, el flameante carro solar de Helios, envuelto en las llamas del sol que iluminaban toda la caballeriza. El otro, capaz de eludir la luz del carro solar por las inmensas lenguas de sombras que lo rodeaban, era el carruaje de Hades. Sus caballos infernales no habían sido guardados en los compartimentos, pero estaban sueltos comiendo heno de una bola dispuesta detrás del cobertizo para ellos. Aunque aterradores, a su manera poseían cierta magnificencia y gracia natural.
ESTÁS LEYENDO
Perséfone. La muerte de la primavera
RomansaHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
