Nadie dijo nada.
Apolo hincó la rodilla en el pasto del suelo y se inclinó ante el desconocido, con verdadero respeto y miedo. Como si aquello fuese una señal, muchos de los inmortales también se arrodillaron. Otros simplemente desaparecieron, como Hermes; aprovechando que el desconocido tenía su atención en la flecha dorada clavada en el pecho, Hermes se había zafado de su agarre y, tan rápido como lo son los suspiros, había huido del lugar.
Perséfone escuchó la voz de Eros susurrándole «adelante, acercarte y preséntate», pero cuando se giró hacia el dios alado, no estaba en ningún lado. Lo buscó con la mirada, pero no lo encontró entre las cabezas inclinadas.
Volvió a mirar al desconocido. Su pelo oscuro caía hasta los hombros y se fundía con la capa hecha de sombras. Sus labios estaban teñidos de negro, igual que los parpados y las cuencas hundidas de sus ojos que recordaban a una calavera que inquietaba al espíritu. El resto de su piel era tan pálida que aquellas marcas negras parecían alquitrán sobre mármol. A su alrededor, la oscuridad se filtraba de él como la tinta en el agua y una sensación de frigidez se extendía engullendo el suave calor del atardecer.
—¿Estás bien? —Perséfone acortó el espacio que los separaba con largas zancadas.
Él asintió con la cabeza sin hacerle mucho caso mientras trataba de arrancarse la flecha del pecho.
Perséfone se mordió el labio y se acercó para ayudarle. Pero, en cuando notó el tacto de sus manos, el desconocido se alejó un poco y la examinó duramente.
«¡Oh, por el Tartaro, sus ojos!» se asombró ella. Eran los ojos más extraños que hubiera visto antes; enmarcados en aquellas cuencas negras, hundidas y profundas, dos ojos tan plateados como el acero pulido brillaban con luz propia como estrellas en el espacio.
—Lo siento —habló ella—. No pretendía darte a ti.
—Estoy seguro de ello —musitó él, con una voz dura y áspera como una madera sin pulir.
Perséfone no pudo evitar fruncir el ceño ante su sequedad, pero el quemazón del remordimiento y la preocupación se hizo más fuerte cuando lo vio arrugar el entrecejo en un gesto de contenido dolor mientras tiraba de la flecha.
—Deja que te ayude —le pidió, solícita.
—Gracias, muchacha. Me las podré arreglar —le masculló en respuesta, lanzando una mirada incomoda a los presentes arrodillados.
Soltando aire por la nariz, el desconocido volvió a hacer el intento de sacarse de nuevo la flecha, y un gruñido involuntario se le escapó por todo resultado.
—Necesitas ayudas.
Perséfone trató de volver acercarse, pero más lentamente, sin dejar de sostenerle la mirada. Esta vez, él se dejó ayudar, retirando sus manos para que Perséfone pudiera maniobrar.
A esa distancia, pudo examinarle mejor su cara de pómulos marcados y mentón afilado. Tenía varias cicatrices de distinto tamaño por todo el cuerpo. Algo extraño en un inmortal. Resultaban intimidantes, pero también fascinantes para Perséfone. Desataban su imaginación. La cicatriz más llamativa, era, por supuesto, la más grande, que le surcaba el rostro entero desde una mejilla a la otra, cruzando el puente de su larga nariz. También tenía una más pequeña en el lado izquierdo que le rozaba el labio y una tercera cicatriz viajaba por el cuello hasta perderse en la armadura. En sus brazos y piernas coleccionaba otras, no menos impresionantes.
Perséfone se esforzó por no ser descarada y apartó la mirada de las marcas, concentrándose en la flecha dorada. No parecía que saliese sangre ni que hubiera herida por el impacto. Con cuidado de no lastimarlo, acercó las manos para tirar de ella. Al instante en que la tocó, se deshizo entre sus dedos, convirtiéndose en humo que ascendió hacia los cielos.
ESTÁS LEYENDO
Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
