CAPÍTULO 8. La potestad de un dios.

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En cuando Hades desapareció buscando el rastro de Hermes por el monte Nisa, las ninfas de Dioniso habían encauzado la fiesta, alzando de nuevo los ánimos de sus invitados. El alcohol volvió a correr entre copas y jarras y los sátiros retomaron sus canciones.

Perséfone sentía una angustiante opresión en el pecho, deseosa de que Hades encontrase a Hermes y se pusieran de inmediato en marcha para opacar a Tifón. Pensó en su madre y el disgusto de ésta. Siempre preocupada por su hija y sus tierras.

Ya que no veía cerca a ningún conocido, decidió ir a buscar a Leucipe, recordando que había escuchado a Dioniso hablarle sobre el lago. Los gritos, las risas, el bullicio de la muchedumbre, producían un inmenso ruido y un clamor incesante. Cruzó por un grupo de deidades que bailaban entre giros y vueltas y se desorientó un poco al ver pasar una par de pezuñas casi rozándole el rosto.

—¡Cuidado! —le gritó una voz.

Perséfone se asombró al ver que los cascos de caballo sostenían en la parte superior un torso humano, con los brazos cruzados y la mirada molesta.

—Di... disculpe, señor centauro —dijo tontamente Perséfone, alejándose unos pasos hacia atrás.

Chocó entonces con otro cuerpo y algo apurada se movió hacia un lado de la fiesta menos concurrido. Había una entonación de tambores y flautas, más suaves que la música que bailaban en el centro de la fiesta. Un olor a incienso e hierbas quemadas llegaba desde las pipas de agua que fumaban un grupo de dioses inmortales, tumbados en grandes cojines mientras se acariciaban los cuerpos desnudos los unos a los otros.

Acalorada, Perséfone se giró bruscamente, encontrándose frente a una figura masculina muy alta. Antes de que trastabillara hacia atrás, él la sostuvo por la cintura. La tarde estaba cayendo en el monte Nisa y el sol creaba unos reflejos de un resplandor argénteo en la cabellera castaña de Ares, y le envolvía el amargo aroma de las drogas.

—¿Vas a alguna parte, mi señora? —preguntó él, con una hermosa sonrisa.

Perséfone contuvo un escalofrío.

—Yo... estaba buscando a Leucipe.

—¿Quién? —preguntó con desinterés.

Una inmortal de larga cabellera rubia, desnuda y ostentosa, se colgó del brazo de Ares y le acarició el abdomen lleno de músculos perfectos. Ella le sonrió, provocadora, para invitarle a probar sus placeres.

Perséfone sintió que le ardían hasta las orejas.

—Mi amiga. Es una oceánide —le respondió; no quería ser irrespetuosa con el príncipe, aunque sentía que poco le interesaban sus explicaciones—. Vine aquí con ella. Se fue con Dioniso al lago. Voy a buscarla para regresarnos a casa.

Mientras hablaba, la inmortal rubia besó a Ares y comenzaron a intercambiarse calurosas caricias que fueron elevando la intensidad. Incomoda ante la situación, Perséfone agachó la cabeza y decidió marcharse. Pero, en cuanto hizo el amago de alejarse, Ares la detuvo bruscamente agarrándola de nuevo por la cintura.

—Espera —su pecho desnudo subía y bajaba muy cerca del de Perséfone—. Te ayudo a buscar a... tu hermana —y apartó a la rubia, dejándola con el resto de la orgía.

Los dedos de él se clavaban en su cintura, haciéndole daño. Perturbada, trató de alejarlo, empujándolo por los hombros sin éxito, con lo que sólo consiguió que la estrechara más contra él.

—No es mi hermana, es mi amiga.

Él sonrió, como si no le importase.

—Sé donde ese mujeriego de Dioniso se la habrá llevado —dijo, cediendo su agarre y ella respiró aliviada, sin darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora