Cuando las ninfas notaron su presencia, se levantaron como un solo cuerpo y la saludaron en una reverencia impecable. Perséfone se quedó quieta, sintiendo las miradas curiosas que caían sobre ella desde el interior de la sala. El murmullo de conversaciones se había desvanecido, expectante ante la princesa. Parecía que había interrumpido un nuevo juego, pues las ninfas estaban sentadas alrededor de una mesa circular, como si fueran las cuentas de un collar. Lo que vio no le agradó. Su séquito, cuidadosamente seleccionado, volvía a estar mezclado con las favoritas de Hemera, y no había duda de que la luminosa diosa había vuelto a instaurar la jerarquía que Perséfone había descartado.
Por supuesto, Hemera estaba allí, encabezando la mesa, en el trono invisible que siempre reclamaba. Ella no jugaba, dirigía el juego. Imponía las normas y supervisaba que todas las cumpliesen. Su cabello de luz blanca sobresalía debajo de su velo de gasa fina, lo llevaba en una trenza sobre el hombro y no necesitaba más adorno para que fuese fascinante verlo brillar como diminutos diamantes bajo el sol. En un rincón, Menthe estaba apartada de la mesa con una lira en su mano, obligada a acompañar el juego con una melodía que parecía más un gemido elegante que música.
Perséfone, rígida y tensa, apenas pudo forzar un carraspeo.
—Seguid —pidió amablemente y caminó hasta el asiento que le correspondía, tratando de aparentar una autoridad que apenas podía sostener frente a la humillación que sentía. Sus pies descalzos arrastraban rastros de agua que dejaban marcas sobre la alfombra blanca. Estaba hecha un desastre; tenía el pelo enmarañado, los bajos de la túnica rasgados y la piel magullada. Y temía que la boca aún estuviera sucia de icor, como los restos de un pintalabios mal borrado. Pero caminó con la espalda recta, como una reina que aún conserva su corona, aunque esté hecha de espinas.
Las ninfas siguieron con el juego. Vatisiana se inclinaba hacia su izquierda, sobre el hombro de Mabrótero, para susurrarle algo al oído; después Mabrótero hacía lo mismo con Ilysia, que a su vez le transmitió el susurro a la siguiente. Mientras, Menthe, sentada aparte, arrancaba notas delicadas de su lira, complicando la transmisión del mensaje. La estancia, saturada de perfumes, de vino dulce y de frutas ácidas, era un mundo ajeno a todo lo que había vivido tras esas puertas. Los ojos oscuros de la princesa vagaron sobre las ninfas, que reían como aves despreocupadas, y finalmente se posaron en Hemera. Ella se levantó para cederle su lugar y luego se sentó a su derecha.
—Princesa, qué grato tenerte de vuelta. —Hemera era como un ídolo de mármol negro pulido, hermosa y cruel, observándola con esa sonrisa que parecía tan cálida como la que podría ofrecerle una buena amiga, pero hablaba de una victoria anticipada en un terreno de juego ya preparado, en el que Perséfone acababa de llegar tarde a la partida—. Estamos jugando a las Lenguas de la Discordia, ¿conoces el juego?
—Un juego digno de ti. —Perséfone se esforzó en usar su tono más casual, arrugando la nariz ante el perfume invasivo de Hemera. Antaño le había parecido exquisito, ahora la saturaba.
Hemera se inclinó hacia ella, la copa de vino apenas tocaba sus labios perfectamente pintados de dorado.
—Oh, pero es un pasatiempo fascinante, ¿no crees? —respondió cruzando las piernas con la precisión de una tijera bien afilada—. Ver cómo algo tan simple se deforma tanto al pasar de boca en boca. —Hizo una pausa, mirándola como si estuviera calibrando su siguiente movimiento. Luego, con la dulzura de la miel, continuó—: ¿Sabes qué es lo más divertido? Que al final, nadie recuerda el mensaje original. Solo queda la versión que más divierte... o la que más daño hace.
Sus palabras encontraron su objetivo. Perséfone sintió cómo el pecho se tensaba en una oleada de furia subiéndole a la garganta. Tenía las manos tan tensas sobre sus piernas que los nudillos se le emblanquecieron. Hemera lo notó, por supuesto, y bebió un sorbo de vino de su copa como para celebrarlo, deleitándose en ello.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
