CAPÍTULO 64. Raíces y ceniza.

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El mundo se había vuelto sangre, madera y gritos. Y entonces Flegetonte llegó a ellas, cortando la última raíz con un giro de su espada flamígera. El fuego chisporroteó contra la savia que brotaba como un llanto agrio de la corteza. Las raíces rugieron, retorciéndose al calor de su espada. Destrozó el nudo final y atravesó el muro de espinos con la misma resolución de un héroe que sabía que llegaba tarde para proteger a nadie. Flegetonte se detuvo justo al umbral del túnel que había creado entre las raíces y, entonces, lo vio todo.

Las ninfas ignoraban su intromisión del mismo modo que hubiera ignorado el paso de una hormiga en medio de una tormenta. Clamaban en un canto tribal, ancestral y furioso. Exaltadas y delirantes. Había un aura de frenesí feroz que Flegetonte tuvo que resistir para que no lo imbuyera a él también.

Había restos de carne divina colgando de los bordes de la mesa destrozada, y el icor, brillante y pegajoso como miel, bautizaba el mármol estallado, de cuyas grietas brotaba una naturaleza salvaje.

Néfele estaba suspendida en el aire por unas enredaderas, con los ojos abiertos y un hilo de sangre cayéndole del cuello como un collar dorado mal puesto.

Sus compañeras, las hienas que una vez se alimentaron del miedo de las demás, yacían arrodilladas, maniatadas por unas enredaderas que apretaban la piel hasta volverla púrpura. Los zarcillos las amordazaban como dedos verdes hasta deformarlas en muecas grotescas, llenas de heridas, mocos y babas.

«¡Justicia! ¡Diosa roja!» exoraban las ninfas y cada palabra les quemaba la garganta, pero no podían detenerse. Estaban ebrias de venganza.

Y en el centro de todo, Perséfone. Hermosa y bestial. Se erguía sobre el cuerpo roto de Hemera, que gorgoteaba a través de lo que quedaba de su rostro. Se disponía a rebanarle el cuello a Anteodora.

—¡Perséfone, para! —escuchó gritar a Menthe, prisionera en una jaula de mosquetas. La llamaba en un ruego casi religioso y extendía sus delgados brazos entre las rosas y las ramas, para alcanzar a su amiga, a la Perséfone que conocía, la que había jurado protegerlas a todas—. ¡Por favor, mírame!

Pero Perséfone no escuchaba. Su mundo ahora era dorado, rojo y verde; sangre, fuego y hojas. Era una diosa pagana sin templo con su aquelarre enajenado. Una tormenta que arrancaba los techos y devoraba los campos, sin saber dónde terminar.

—¡Por las Furias! —gruñó el terrateniente, apartando una raíz que todavía intentaba cerrarse como una mandíbula sobre él—. ¡No pensé en esto cuando te dije que las entretuvieras!

Perséfone no le hizo más caso que las ninfas que pedían sangre. Levantó la daga por encima de su cabeza y el canto se intensificó. El filo verde brilló bajo el fuego de los apliques, una hoja perfecta, viva, que parecía respirar con el ritmo frenético de los gritos.

Flegetonte nunca se había considerado a sí mismo un salvador. Era un torturador, un carcelero en el Tártaro. Y Némesis y las Erinias sabían que deseaba dejar a Perséfone seguir con aquella purga. Pero Menthe lo miró desde las mosquetas que la envolvían y supo que su hermana nunca se lo perdonaría si no intervenía.

Maldijo su suerte. El calor de su espada hizo crujir las raíces que aún no se atrevían a soltarlo, como si la madera misma intentara disuadirlo. Pero él ya había cruzado demasiadas puertas que no debían abrirse. Esta no sería la primera. Dio un paso hacia ella y la llamó.

—Perséfone —Solo su voz, directa y afilada como un cuchillo que había aprendido a cortar sin mancharse.

La diosa giró la cabeza lentamente, sin bajar la daga. Su rostro era una máscara de hojas, sangre seca y tierra. No parpadeaba. Los ojos brillaban como carbones al rojo vivo. Un latido vegetal temblaba a su alrededor, como si todo su cuerpo respirara con raíces.

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⏰ Última actualización: Jul 07, 2025 ⏰

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Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora