CAPÍTULO 35. Arañas en el jardín.

625 50 100
                                        

El palacio de Cocito era un caos.

Desde que el rey había llegado, Perséfone no tuvo ocasión de intercambiar ni una palabra con él. Hades se había adelantado a saludarla, dispuesto a despachar a las ninfas y los fluviales que se hacinaban sobre su figura, deseosos de un segundo de atención de su rey, pero entonces el mismo Cocito le salió al paso.

—¡Su Majestad! —dijo, eufórico, apoyando todo su peso en un bastón tallado con duras ramas de abedul blanco que se entrelazaban, sosteniendo el corazón del río de las Lamentaciones en la empuñadura—. Es un placer volver a verlo. Nos honra con su presencia.

—No me imagino en cualquier otro lugar —Hades estrechó el antebrazo con el señor oceánido—. Su hija es una joven excepcional.

Cocito suspiró con satisfacción y posó la huesuda mano sobre la espalda del rey para llevarle hasta Menthe. Antes de seguir al Señor de los Lamentos, Hades lanzó una mirada rápida a Perséfone, una mirada que prometía sus atenciones si ella tenía paciencia. Pero Perséfone nunca había tenido paciencia para nada y, aunque fingía desinterés al hablar con Tánatos, escondiendo su mirada tras los voluminosos rizos, sus ojos de gacela seguían a Hades por toda la sala.

Desde ahí vio como le hizo una reverencia a Menthe y besó su pequeña mano de uñas largas que jamás habían trepado a un árbol, tensado un arco o despellejado un animal, manos tersas y delicadas de una dama que tocaba la lira, peinaba sus cabellos y bañaba con miel su piel.

—Tu voz sigue siendo uno de los tesoros de mi reino —le escuchó halagarla.

Cocito no desaprovechó el tiempo para recordar que la voz de su hija había sido aplaudida en los salones de Estigia, en su visita a Arcadia.

En algún momento, Tánatos se había excusado amablemente para saludar a unos conocidos y Perséfone ni cuenta había prestado a su ausencia, quedándose sola en el diván con su atención puesta en como Menthe hablaba de su aburrida visita a la aburrida Arcadia y sus aburridas bibliotecas que aparentemente no eran aburridas para Hades.

—Hace mucho desde la última vez que fui al territorio de la Señora Estigia en la superficie —dijo Hades—. De aquella, Arcadia ni siquiera podía considerarse una ciudad y no había biblioteca alguna.

Y entonces, en esa intimidad creada, Menthe sonrió con los ojos iluminados por una autentica devoción y dijo:

—Oh, te encantaría, Hades.

A Perséfone se le removió el estómago hasta no dejarle hueco al corazón. No podía soportar escuchar su nombre pronunciado por Menthe. «¿Desde cuándo le llama por su nombre? "Oh, te encantaría, Hades". ¡Qué sabrá ella lo que le gusta a Hades!». Seguramente sí que lo sabía. Como los nombres de los inmortales importantes del Inframundo, o los conflictos y alianzas que atañían a los ctónicos. Y un montón de cosas más de las que Perséfone ignoraba.

Hades le estaba destrozando el corazón. Y no era culpa de él. La trataba con mucho respeto, apego y sentido del humor. A pesar de sus amargos celos, tuvo que admitir que no le daba ningún motivo de queja. Se habían convertido en la mejor compañía para el otro, compartiendo desde largos silencios hasta la más divertida de las conversaciones, haciendo que su ausencia doliese como a una flor a la que le arrancan sus pétalos.

Sin embargo, quemaba dentro de ella una ira insana que la marchitaba. Se sentía engañada.

Al apartar los ojos del Rey, chocó con la mirada fija de Flegetonte, que no se había mezclado con los grupos y estaba tan apartado como ella. También estaba observando a su hermana y al cruzar su mirada con la de Perséfone, sonrió y comenzó a caminar hacia ella, con los ojos fatuos profetizando que había encontrado algo con lo que entretenerse.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora