«Hermes» suspiró Perséfone cuando lo vio partir, prometiéndole seguir manteniendo su paradero en secreto el mayor tiempo posible y dejándola en la alcoba a solas con sus sentimientos.
No lo había vuelto a ver desde que le cerró las puertas obsidianas de la Fortaleza Diamantada. En esa ocasión, Hermes había sido incapaz de mirarla cuando la dejó a su suerte en el salón real. Ahora, que sí se había atrevido a hacerlo, Perséfone había observado sus ojos verdes y vio el contraste entre él y Hades.
«Yo... yo tengo la sensación de que hace ya siglos que Hermes no me importa». Cuando llegó a los dominios de su madre en el dékato, Perséfone nunca había conocido a otro varón antes que él, y había visto en Hermes materializado su deseo de escapar de los jardines de Enna volando más allá, por encima de los árboles, sin ataduras. Perséfone era sólo una niña entonces y ahora se sentía distinta a una. Hermes resplandecía hasta cegar, pero era una criatura floja, sin compromiso ni responsabilidad, y Perséfone se había dado cuenta que no quería ser así.
Sí, ya desde el principio, Hermes siempre la había dejado malparada. No había más calor en él que en un fuego fatuo, ni más seguridad que las de las nubes.
«¡Pensar que he corrido tantos riesgos por Hermes! —quizás por eso, el agradecimiento por haberlo conocido era mayor que el deseo de maldecirlo. Ese encaprichamiento le había dado la fuerza de luchar por sí misma—. ¡Por el Tártaro! Si no fuese por él jamás habría flechado a Hades».
Hades, que era tan distinto a Hermes.
Hades había estado siempre ahí, comprendiéndola y dispuesto a ayudarla. Había salido en su defensa siempre que lo necesitó, ya fuese enfrentado a Ares o volviéndose su cómplice para convencer a Deméter que la dejase ir con Artemisa. Él entendía que los jardines de Deméter se habían vuelto una jaula para ella y accedió a darle refugio en su reino, aún a costa de su reputación. Con sus bromas inesperadas y la frase correcta en el momento justo, esa honorabilidad que nunca le abandonaba.
Se había apoyado en el muro de piedra que era Hades y lo había tomado como algo natural, olvidándose que lo había flechado. Hades la quería. ¿Cómo no se había dado cuenta de que la quería? Eros le había prometido enseñarle su destino, y la flecha supo donde señalar. No fue casualidad ni fortuna. Eros la guió hacia él.
Un hecho ineludible atravesó la conciencia de Perséfone:
«¡Yo lo amo!»
Aceptó aquella verdad sin asombro. No sabía cuánto tiempo hacía que lo quería, seguramente incluso antes de conocerlo, cuando lo sentía en la vida; él era tan natural para ella como lo era la primavera a la muerte. Y, si no hubiera sido por su encaprichamiento por Hermes, se hubiera dado cuenta desde que le impactó con la flecha dorada y lo vio ahí, magnifico, poderoso y hermoso.
Aquel a que llamaban oveja negra, cuando era la esperanza, lo mejor de una mala simiente. El mejor dios entre los inmortales, aunque él mismo no lo supiera. Hades era algo que casi no podía explicar y que, aun así, lo amaba tal como era, porque era todo lo que Perséfone nunca sería: Paciente, templado, sensato. Balsámico. Era el único que lograba domar su carácter, con una mirada, sólo un gesto, sólo una sonrisa.
Pensar en él era pensar en pergaminos interminables, caligrafía larga y estilizada y olor a tinta de hollín y resina en las manos de dedos de medidas astronómicas. Hades abusaba de palabras sonoras y expresiones aparatosas con espacios dilatados. Tenía la nariz grande y la cara llena de ángulos y rectas, con ojeras bajo su mirada profunda de ojos centelleantes. Siempre parecía distraído y concentrado al mismo tiempo, ausente y presente, esperanzador y afligido. A Perséfone le gustaba apoyar su atolondrada cabeza en él y sentir aquel calor interno que no se exteriorizaba en la piel pero sí en sus acciones.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
