Perséfone había encontrado un inmenso placer en montar a Aetón. Aunque Hades habría deseado compartir más tiempo a solas con ella después de enseñarle los Campos Asfódelos, sus obligaciones para con su reino lo mantuvieron encerrado en su despacho la mayor parte del tiempo en los siguientes días, así que en su ausencia Perséfone hizo escapadas por el reino con Aetón. Perséfone lo montaba con desenvoltura temeraria, y el caballo infernal era tan rápido que podía recorrer los distintos rincones del Inframundo como si del mismo Hermes se tratase. Cabalgaba recorriendo las calles pavimentadas, entre las estalagmitas y estalactitas grandes y puntiagudas como los dientes de un dragón, cruzaba los ríos subterráneos llenos de barqueros, ninfas y monstruos, y volaba por la nebulosa de los páramos de las almas errantes.
Aunque debía reconocer que, muy a su testarudez, siempre acababa volviendo a los hermosos campos bañados por el calor del Núcleo de Gea. En los Campos Asfódelos el aire era cálido y le llevaba el aroma de las flores, y los bosques tenían una belleza apacible. Olía a hogar.
Deméter se había pasado la vida diciéndole que era una diosa de la naturaleza, pero sólo se sentía como una cuando la alta hierba coronada con pétalos blancos la engullía y todo su espíritu vibraba perdida entre la vegetación, a trote por la llanura con Aetón, disfrutando de la soledad.
Entendía a qué se había referido Hades con que en el Inframundo nunca estaba solo. Nada más despertar ya estaba la corte ctónica recorriendo los pasillos del Bastión del Cielo Invertido, y siempre había inmortales y espíritus de la ciudad de los muertos esperando por una audiencia. Eso sin contar a los daémones que eran invisibles a los ojos de Perséfone, pero que pululaban de allí a allá por el castillo, sirviendo a su amo. A veces, podía llegar a ser abrumador para Perséfone.
En cierto modo, tener a Aetón había supuesto un alivio para ella. Estaba segura que Hades sabía lo agobiada que se sentiría ella encerrada entre tanta gente esperando por él, y por eso se lo había regalado.
Además, desde el recital había sido consciente que siempre había alguien observándola, excepto a lomos de Aetón, ya que no eran lo suficientemente rápidos ni audaces para seguirla cuando montaba el corcel más veloz del Inframundo. Era algo con lo que no había hablado con Hades aún, pero prefería ser cautelosa con las acusaciones. Si sus terratenientes la vigilaban simplemente encontrarían que no había nada que vigilar en ella. Aún así, la curiosidad estaba ahí, como un gato agazapado que esperaba su momento.
Aquellos días aventurándose en las profundidades de los Campos Asfódelos, había descubierto que toda clase de animales salvajes poblaban aquel paraje divino. Perséfone se había hecho con un arco y se había pasado las tardes practicando la caza a caballo. Era difícil y rara vez había dado en el blanco, pero eso suponía un reto de lo más divertido.
Luego, regresaba al Bastión del Cielo Invertido para cenar con Hades y hablaban durante horas bajo el rumiante sonido de las corrientes subterráneas que recorrían el castillo igual que las venas bajo la piel. Todo el bullicio que lo habitaba en las jornadas laborales desaparecía cuando Hipnos desplegaba sus alas sobre el Inframundo y la oscuridad se volvía silenciosa y acogedora para que la pareja pudiera contar sus íntimos secretos.
En la tercera noche, Hades la había llevado a la zona del ala oeste, ocupada enteramente sus doce torreones invertidos por la biblioteca del Real Gabinete. Eran tan enorme que Perséfone había pensado que visitarlos todos supondría mucho tiempo de su vida inmortal. Cada torreón se configuraba como un único espacio vertical donde en recias estanterías que forran las paredes a lo largo de seis niveles, desde el suelo hasta el techo, reposaban desde las obras más antiguas hasta las más moderna. El Rey del Inframundo albergaba copia de todo libro, papiro, tablilla, mapa y documento que se hubiese escrito.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
