—¿Qué se supone que has estado haciendo, Menthe? — Érebo, con sus ojos blancos como los de una estatua, miraba a Menthe con desaprobación. Tan sencilla como la tierra y tan transparente como el agua, la cocitia había resultado una autentica pusilánime ante el carácter desvergonzado y brioso de la hija de la Anesidora—. ¿Qué esperabas lograr, invitándola a tus recitales y paseándola por la corte? —Al principio, el senescal llegó a pensar, ingenuo de él, que la cocitia intentaba disuadirla sobre quedarse en el Inframundo, que le mostrarías que no tenía lugar aquí, pero en cambio, se había dedicado a hacerla sentir como si su presencia no fuera una intrusión—. Te pedí que hicieras entrar en razón al rey y él, en vez de devolver a esa criatura salvaje del sol donde pertenece, está a punto de convertirla en su reina. Todo lo que has hecho parece estar en contra de nuestro interés.
—No es tan simple —Menthe respondió con una serenidad inusual para alguien en su situación—. El rey nunca me rechazó abiertamente, pero tampoco mostró un interés en mí. Fueron muchas las noches y los días en los que busqué la compañía de Hades, pero siempre ha preferido la soledad, rodeado de sus pergaminos y cuentas. Incluso si me permitía estar a su lado, él nunca estaba realmente conmigo. Estaba en el pasado o en el futuro, pero jamás en el presente, donde yo le esperaba.
—No estabas aquí para satisfacer las necesidades emocionales del rey, sino para asegurar nuestro dominio y preservar la estabilidad del reino. Hades puede haber sido distante, pero eso no justifica tu cambio de lealtad. —Érebo agitó un dedo en dirección a ella, en un brusco gesto de acusación.
Pero ella lo ignoró, y siguió hablando, como en una ensoñación:
—Entonces, lo vi en el lago Aquerusia con Perséfone, ¡jugando como un niño! —Sonrió con nostalgia al recordarlo—. Se estaba riendo, no con esa risa acerba y controlada, era una risa real, sostenida, que rugía desde el corazón, ¡oh, Érebo! —El senescal bajó la vista y vio la blanca y delgada mano de ella apretar la suya—. ¡Reía así por ella! ¡Había dejado los recuerdos en el pasado y las responsabilidades en el futuro, para vivir, para sentir!
Ah, por supuesto, la radiante Perséfone, la luz del Inframundo, la que pudo hacer reír a Hades. «Supongo que los deberes de un rey inmortal no son lo suficientemente importantes cuando hay diversión de por medio»
—Oh, risas, ¡qué encantador! —dijo Érebo, soltándose la mano sobre el regazo. A pesar de la burla en sus palabras, su voz denotaba tanto desconcierto como molestia—. Realmente, no puedo concebir una imagen más inspiradora que ésa para que en vez de hacer lo que se te encomendó, decidieras volverte amiguita de tu rival. —Por supuesto, la infantil risa del rey debió haber sido como música para los oídos de Menthe, eclipsando toda razón y juicio, para que perdiese la perspectiva de lo que realmente importaba en el reino, abandonase su ambición a la corona y se enredase en esa absurda amistad—. Admirable elección, Menthe. Estoy seguro de que los súbditos de nuestro reino te agradecerán por poner en peligro nuestra estabilidad por una simple risa.
—¡Ella le hace feliz, no lo había vito así desde Leuce!
«Leuce», Érebo suspiró entrecortadamente, recordando a la princesa mortal, albina como la nieve virgen. No podía decir con exactitud cuándo había sido la última vez que alguien pronunció su nombre y escucharlo fue como un fantasma invocado que le heló los temblores. Tuvo que bajar la mirada.
—Sí, la difunta consorte le hizo feliz... —Aunque Érebo había empezado ahablar en un susurro, sus siguientes palabras fueron altas y claras— sólo durante un tiempo. Y los dos sabemos cómo terminó después de eso. ¿O lo has olvidado? Porque yo no. —Apretó los labios, furioso. En su corazón latía una preocupación que oscurecía incluso las sombras que lo rodeaban—. Me niego a volver a la posibilidad de que Hades se rompa otra vez por culpa de Eros. No volveré a recomponer uno a uno los pedazos que quedaron de él.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomantikHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
