CAPÍTULO 40. Veneno en la sangre

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Ares miró sus nudillos amoratados e hinchados. Por la parte de arriba estaban en carne viva y, por un rato, se abstrajo de los gritos de su madre, presionando la piel en un pellizco para ver como la brillante sangre se asomaba por las heridas.

—¿Cómo es posible que no la hayas encontrado, Hermes? —rugía su madre, moviéndose airada por la cámara del Concilio.

Amenazas, mentiras, conspiraciones e insultos bailaban de ahí a allá. Lo normal en el reino celestial.

Con la caída de la noche, el interior la cámara del Concilio se tornaba lóbrego y espectral. La entrada estaba custodiada por la cabeza de una gorgona que coronaba el dintel, y a sus flancos una pareja de basiliscos hacía de pilares; cuando el sol de Helios recorría los cielos sus rayos entraba por la superficie diamantada derramando cien mil luces coloridas sobre las estatuas, dándoles un aspecto distinguido y honorables, fieles guardianes del Concilio; sin embargo, por la noche las velas titilaban y las sombras se cerraban por los rincones pétreos de sus duras facciones como monstruos espeluznantes y crueles esperando en la inconmovible oscuridad, mientras se arrastraban silenciosas por los suelos de mármol.

Una mesa alargada y rectangular estaba dispuesta con doce asientos para las reuniones del Concilio. Generalmente, la presidiera el anax, el gran rey de reyes, el Eleutorio Zeus; a los dos lados del trono real, estaban los asientos de su esposa la reina Hera y el de su segunda, la favorita Atenea. Les seguían los tronos de los príncipes Ares y Hefestos y después los arcones; primero el magíster Helios y la virtuosa Hestia, luego la princesa consorte Afrodita y los bastardos de Apolos y Hermes. Finalmente, se reservaban dos tronos para los otros reyes basilios, el Ploutor Hades y el Ennosigeo Poseidón. En otrora había un decimotercer asiento para la Anesidora Deméter, pero le reina lo había ordenado retirar de la cámara el día que su hermana se exilió en la tierra.

Sin embargo, en aquella ocasión, sólo había cuatro dioses presentes. Su madre se había tomado la libertad de sentarse en el trono del rey. «¿Y por qué no? —pensó Ares—. Hace mucho que padre no se digna a asistir a las reuniones del Concilio y es madre quién asume la regencia en su lugar». El príncipe Ares ocupaba su asiento de manera distendida; pero bajo su mirada aburrida, estaba avizor de las mentiras del pequeño mensajero.

—Se supone que la única razón por la que tolero tu existencia es por esa habilidad tuya de la que tanto te vanaglorias de ir a dónde quieras y encontrar a quién sea —Hera seguía parloteando sin descanso, encolerizada—. Pero, si no eres capaz de encontrar a una simple niña de las flores cuando tu reina te lo ordena, no sé qué utilidad tienes para el Olimpo.

Hermes se encogió de hombros. Una pequeña parte de su cerebro, esa razonable, le avisó que no era apropiado provocar la ira de la reina, pero esa otra parte, la más grande y estúpida, le hizo decir:

—No es una niña, es una diosa. Es la hija de...

—¡Ya lo sé, imbécil! —lo interrumpió. El estallido de su voz sólo dejó espacio para el silencio. Su madre estaba roja de la furia—. Los dioses nos merecemos un heraldo cualificado ¿Cómo tienes que ser de inepto para que no puedas localizarla?

Cuando dudaba, Hera dejaba que el odio la guiase. Sin duda, Ares había heredado de ella ese aspecto de su temperamento que tanto odiaba de sí mismo, pero al menos él era consciente. Hera, en cambio, se dejaba llevar como las hojas cuando caen al río; no veía nada más que lo que sus ofuscados sentimientos le decían que viera. Por ejemplo, no veía que el motivo para estar enfadada con el bastardo no era su incompetencia, sino sus patrañas:

—¡Lo estoy intentando! —se excusaba, con tanta naturalidad que parecía haberse creído sus propias mentiras. Hermes no era nada incompetente, pero sí muy embustero— ¡Es tan imposible de localizar que ni siquiera el que todo lo ve es capaz de verla, su Hermosísima Majestad!

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora