Había mariposas por todos lados. Las ninfas llevaban el broche de la mariposa prendido como una fíbula en sus túnicas negras, púrpuras y azules índigo; en contraste con las oscuras telas, destacaban las alas esculpidas en ámbar con pequeños detalles de madreperla, distribuidas por los bordes negros de la mariposa, cuyo cuerpo estaba hecho con una filigrana de obsidiana.
Era una horterada. Y demasiado obvio a quien representaba, para el gusto de Hemera.
Perséfone los había estado regalando en sus reuniones privadas. Un simple broche. ¿Era todo lo que se necesitaba para ganarse la lealtad de esas diosas menores que ni dominio tenían? «Qué fácil se venden algunas por una baratija —pensó Hemera con un tono ácido—. No hay nada de exclusividad en ello si todas las que acudan a tomar algo con la princesa lo tienen». Y, aún así, lo exhibían como si fuesen especiales.
No importaba.
La casa de los Erebíades había jurado por su honor defender y proteger a la prometida del rey ¡y lo harían! La princesa podía ser encantadora en su extraña manera de ser y en su ingenuidad, y Hemera sentía simpatía por ella, como lo había sentido por Menthe «y lo sigo sintiendo». Pero lo de princesa sólo era un título y Hemera estaba cansada de tener la horrible sensación de que con Perséfone era como pasarse días de viaje para no moverse del mismo sitio. Era hora de enseñarle lo frío que podía ser el suelo del Bastión, si no se quería arrodillar sobre el mullido genuflexorio, lo haría sobre las rasposas rocas. Su señor padre había confiado en Hemera para enderezarla y ella le había prometido que si Perséfone no se doblaba a su voluntad la rompería. Por el bien del Inframundo.
Sólo necesitaba presionar en los puntos necesarios y les enseñaría a todos, incluida a la propia Perséfone, que la princesa de Enna no estaba preparada para caminar sin ella. Por el bien del Inframundo.
Pero hoy había algo más en el aire, una pesadez que no provenía únicamente de sus propios sentimientos.
Hemera llegó a la puerta del despacho donde su señor padre la había citado y un atropello de ruidos desde el interior quebró el silencio del Bastión como un martillo sobre el vidrio. Luego, hubo voces. Agudas, tensas. No eran las habituales, esas que se modulaban en el bajo continuo del poder. No, esto era algo más urgente, algo más siniestro.
Se detuvo antes de decidir si debía llamar. El corazón, normalmente firme en su pecho, le latía ahora con un extraño desasosiego. No era propio de ella dudar, y mucho menos cuando su padre estaba al otro lado de la puerta. Pero había algo en ese murmullo... algo inquietante.
Ante el ajetreo que percibía dentro, empujó la puerta ligeramente, lo suficiente para asomarse al interior, y, al ojear por la rendija de la puerta, lo vio
Allí, bajo la lúgubre luz de las lámparas de fuego mágico, el rey se alzaba débilmente, apenas un susurro de su propio ser, tambaleante al borde del abismo. Sus largos dedos, delgados y pálidos como ramas que hubieran perdido la savia vital, se aferraban a la madera del escritorio. Los nudillos revelaban su esfuerzo desesperado por mantenerse erguido, mientras sus piernas, traidoras, flaqueaban bajo el peso de un vértigo abrumador.
Con él estaban su padre Érebo y el terrateniente Flegetonte, con los rostros marcados por la preocupación, intentando que el rey se dejase sostener por ellos. Mientras, el siempre servil secretario Anfiarao intentaba ofrecerle una copa de néctar que Hades rechazaba con un gesto torpe.
—Justo esto era lo que temía —gruñó Flegetonte, con la voz tan afilada como el viento helado que raspaba la piel, al tiempo que el rey se sentaba en su silla, agotado—. Con esa masiva cantidad de almas entrando en el Inframundo, era inevitable que algo así ocurriera.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomansHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
