La conversación había seguido su curso. Los rumores, bromas y coqueteos iban y venían por parte de todos, y nuevamente la voz de Perséfone se había ahogado entre el parloteo de los demás.
A lo lejos, un grupo de dioses cargados con carcaj llenos de flechas habían clavado en el suelo unos soportes de madera con dianas a tres distancias diferentes. Se colocaron en la línea de tiro y comenzaron a competir entre ellos.
Perséfone distinguió una figura entre los arqueros; alta, esbelta y erguida, llevaba su carcaj en la cadera y un arco grande en su mano derecha. Se alegró al creer por un instante que era Artemisa, sin embargo, aquella figura idéntica a la Señora de las Bestias era su mellizo Apolo, dios de las artes.
—¡Es algo terrible! —se quejó Hermes de repente, sentándose al lado de Perséfone—. Es inadmisible que en tu primera fiesta en Niso, ¡en tu primera escapada! te estemos aburriendo.
—No... no estoy aburrida —respondió tímidamente.
—Mientes terriblemente mal —Hermes hizo un gesto de indignación, pero enseguida le sonrió—. Dime, ¿cómo te diviertes en los jardines de Enna? ¡Por favor! No me digas que recogiendo flores...
Perséfone frunció el ceño:
—¿Qué tendría de malo?
—Que me estarías volviendo a mentir —replicó él.
En la competición de tiro con arco entró en acción una deidad masculina albina de la que le brotaban inmensas alas emplumadas a juego con una melena larga y nívea. Llevaba atada una venda en la mano derecha y vestía extrañas ropas. Hablaba con Apolo en un tono retador pero amistoso. En una posición distendida, disparó su arco y dio en el blanco de la diana más lejana. Bajo los aplausos de los demás arqueros, la deidad alada miró a su lado a Apolo y lo invitó a tomar su lugar. Apolo tensó su arco con la misma gracia mortal que poseía su melliza y al soltar la cuerda, la flecha voló hasta atravesar la que ya estaba en la diana.
Perséfone se mordió el labio para ocultar la sonrisa que le cruzó la cara y Hermes rio, gratamente sorprendido:
—¿Deseas acercarte? Puedo presentarte a nuestros campeones.
—No debo —respondió inmediatamente.
—¿Por qué?
Perséfone se mordisqueó el labio inferior, y sus ojos, algo apenados, miraron en dirección a Leucipe. La océanide estaba entretenida jugueteando con la banda del cinturón de Dioniso. Trataba inútilmente que no cayera bajo los encantos de Afrodita.
—¿Por tu niñera? —dijo Hermes al entender—. ¡Sí que tienes secretos!
—No es eso —Perséfone agachó la cabeza y su desarreglada melena cayó sobre sus hombros—. Es que es algo que no le he dicho a nadie.
Hermes arqueó las cejas.
—En eso consisten los secretos —dijo—. Pero no te preocupes, ¡espérame aquí!
Antes de que Perséfone pudiera decir nada, Hermes se levantó, ligero como el viento, y se acercó a Dioniso, al que apartó sutilmente para contarle algo. Después, Dioniso se acercó a Leucipe.
—Querida —empezó el anfitrión con voz melosa—, tengo un terrible problema con ecosistema del lago últimamente. Me vendría genial tus habilidades de Océanide para solucionarlo —nada en su tono de voz, mirada y gestos daban a entender que quisiera hablar de ecosistemas o lagos y Leucipe, totalmente entregada, se dejó llevar por Dioniso.
La pareja se perdió entre la fiesta, escabulléndose por una zona verdosa que rodeaba el lago. Afrodita miró molesta a Hermes de que le hubiera quitado a su juguete.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
