CAPÍTULO 15. Una cita en el Olimpo

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Artemisa entró en la cabaña seguida por su jauría de perros y por Perséfone, y entregó a Mérope las liebres que habían cazado aquella mañana para que las preparase para comer.

Perséfone subió al altillo y se dejó caer entre las mantas y pieles que llenaban el rincón dónde dormían, suspirando hondamente. Soltó un gemido al estirar las piernas, nunca en su vida había tenido tantas agujetas en cada rincón de su cuerpo. Había un agradable placer en aquel dolor.

La lluvia repicaba con fuerza contra el tejado de madera, pero tras días bajo ella, se había acostumbrado al frío. Había descubierto que, incluso en la tempestad, crecían lavandas, durillos, hiedras y brecinas, engullendo las rocas y los árboles como el musgo. El verde se abría camino sin importar si la primavera se detenía.

La pléyade Mérope era la única sirviente de la cazadora. Antaño, mucho antes de que Perséfone naciera, las siete hijas de la oceánide Pléyone con el titán Atlas habían jurado ante Leto cuidar y servir a su hija Artemisa cuando ésta era aun una infante. Le enseñaron a cazar y a leer el lenguaje secreto de los bosques y los prados. Sin embargo, con el tiempo, sólo la más pequeña de las siete siguió a su lado. El resto de las hermanas se habían ido convirtiendo en amantes de Zeus y Poseidón y, poco a poco, fueron abandonando el cortejo de Artemisa.

—Hermes es el hijo de mi hermana mayor Maya, una de las preferidas de Zeus —explicaba Mérope atendiendo la olla en la que calentaba el cocido—. Cuando era un niño, mientras Maya dormía, Hermes se escapó a Telesia y robó el ganado de Apolo.

Tumbada boca abajo en medio de las pieles, Perséfone apoyaba su rostro entre sus brazos escuchando las historias que Mérope contaba. Artemisa se mantenía en silencio cerca de ellas con el ceño fruncido, puliendo las puntas de bronce de sus flechas mientras sus perros se enroscaban y amontonaban a su alrededor. Perséfone había entendido en aquel tiempo con ella que a Artemisa no le gustaba hablar de su pasado, lleno de traiciones y abandonos. Pero Mérope, quien parecía odiar el silencio y tranquilidad que gobernaban cada rincón de madera y arcilla de la casa de su señora, parloteaba sin parar animada por la estancia de Perséfone.

—Maya rehusó creer a Apolo, ¿cómo un niño podía haber sido el ladrón de su rebaño? Y Apolo enfureció, llevó el tema hasta el tribunal del Concilio del Olimpo.

—Sin embargo, en la fiesta de Dionisio parecía buenos amigos —comentó Perséfone asombrada.

—¡Y somos buenos amigos! —intervino la voz de Hermes, quien se asomaba al interior de la casa por la ventana. La lluvia caía en cascadas por el ala de su sombrero.

Perséfone se incorporó, sonrojada al verse descubierta hablando de él.

—¡Hermes!

—Apolo no pudo seguir odiándome cuando inventé la lira para él con el caparazón de una tortuga. Me encanta como cuentas esta historia, tía querida —dijo con voz melosa Hermes, guiñándole un ojo a Mérope. Luego, miró a Artemisa con una sonrisa resplandeciente—. ¿Me dejas pasar?

—No —sentenció bruscamente Artemisa sin ni siquiera levantar la vista de sus flechas para verlo. Al sentir como Hermes la miraba en un puchero, hizo rodar sus ojos y espectó—: ¿A qué has venido, Hermes?

—A por Perséfone —respondió encogiéndose de hombros.

—¿Por mí? —Perséfone se levantó agitada y se acercó a la ventana por donde se asomaba él—. ¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó para disimular su apuro.

Hermes le guiñó un ojo.

—No hay lugar al que no pueda llegar ni persona a la que no pueda encontrar.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora