CAPÍTULO 56. Donde reside el poder

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A Perséfone siempre le sorprendía descubrirse fascinada cada vez que veía a Hades, como si fuese la primera vez, como si nunca antes lo hubiera visto y sólo quedase detallar con la mirada cada rasgo, cada rincón, cada cicatriz de su ser. Estaba en su biblioteca y comía solo, sentado en el escritorio con aquella pila de documentos para firmar que Perséfone nunca veía disminuir por mucho que Hades trabajase en ellos.

Se acercó a él, se arrodilló junto a la silla y colocó la cabeza sobre sus piernas, atenta al ruido de la cuña arañando el papel y los rollos de pergamino desenvolviéndose. Enseguida notó los largos y fríos dedos de Hades, caracoleando su oreja; luego le retiró los rizos, recogiéndole el pelo hacia atrás y alisándolo con ternura. Perséfone cerró los ojos, ronroneante como un gatito y delineó con los dedos los músculos firmes de sus piernas masculinas. Lo notó tensarse un segundo bajo su peso y acomodarse.

Cuando Perséfone levantó la mirada hacia él, Hades partió un higo a la mitad y le fue dando, una a una, las pequeñas flores del sicono, llevándoselas a la boca. Cada vez que tomaba una, él elevaba sutilmente su mano para que al cogerla Perséfone tuviera que alzarse un poco más sobre sus rodillas. El rey meneó la última flor en el aire. Perséfone sonrió feliz por el reto, mordiéndose el labio; se lanzó hacia arriba para cogerla con la boca y alcanzó la flor y también los dedos dulces y pegajosos de Hades.

Él emitió un leve sonido de satisfacción cuando sintió los labios de Perséfone relamerle todo el juego. La alzó pasándole el brazo en torno al talle y la sentó sobre su regazo, acariciándole el cuello con la nariz y los labios.

Ella se rio complacida ante las cosquillas y, sin dejar de relamerse como un ratón el jugo que se le había escurrido por el mentón, miró juguetonamente el pergamino que mantenía tan reflexivo a su amado.

—¿En qué trabajas tanto?

—En el tratado de paz para los señores de los Parajes Oscuros.

—¿Un tratado de paz? ¿Es que estamos en guerra? —se exaltó Perséfone; recordaba que Hemera le había advertido sobre los vínculos que el marido de Néfale tenía sobre los señores de los Parajes Oscuros.

—Es un conflicto latente — Hades sonrió y le retiró el pelo del hombro derecho, que se le había alborotado con el sobresaltó como las púas a un puercoespín—. Aunque aún no es una guerra declarada, Psitheros, Adikyrios y Algolipeia están movilizando fuerzas para someter a Estogéneis en Kakóntopos.

Perséfone se mordió el labio inferior, recordando la gravedad que sugería el nombre de Estogéneis incluso para los bañados por el sol como ella. Era de la prole que Gea engendró al unirse con el Tártaro y, mientras los celestiales tuvieron que vérselas con el Tartarídes Tifón, los ctónicos tuvieron su propia guerra contra Estogéneis.

—¿Pero no deberíamos apoyar la causa de los Señores contra aquel que llaman el nacido del mal? Es decir, Estogéneis es vuestro enemigo, tú enemigo.

—Eso piensan algunos señores —le confirmó Hades mientras media la longitud, suavidad y calidez de la mano de Perséfone con la suya—. Pero lo cierto es que Estogéneis ya no es ni mi enemigo ni el de mi reino. Es un aliado, un hermano más, nos guste o no.

Perséfone apoyó la cabeza en el pecho de su prometido y la inclinó hacia arriba para verle el rostro, disfrutando de los ángulos que dibujaba su mandíbula, pómulos y mentón.

Hades le explicó que, aunque temible en poder, a la larga, ni a Estogéneis le estaba beneficiando aquella guerra. Finalmente, accedió a reconocer la soberanía de Hades sobre del Inframundo y se posicionó a favor de los crónidas contra el resto de sus hermanos cuando Tifón cayó el primero a cambio de que el rey le otorgara los dominios de Kakóntopos como un alto terrateniente del Inframundo, por supuesto.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora