Cuando sintió los dedos sobre sus caderas arrugando la gruesa tela de la falda de su túnica y el aliento sobre su piel acercándose al cuello, Perséfone enseñó los dientes: se abalanzó sobre la mejilla de Ares y mordió, mutando el miedo paralizador en una rabia salvaje e imparable.
Ares gritó, tratando de zafarse. Le agarró de la mata de pelo y tiró con brusquedad hacia atrás. Perséfone notó el golpe en el cuero cabelludo y la tensión de su piel en la nuca, pero cerró los ojos y no soltó a su presa.
Concentrando su dolor, Perséfone apretó más fuerte, mordiendo la carne hasta que la boca se le llenó del icor dorado. Ares hizo un segundo tirón más brusco y esta vez Perséfone tuvo que ceder, abriendo la mandíbula para gritar. La sangre del dios se le derramaba por la boca y los ojos de Ares brillaron en odio puro.
De un puñetazo en el estómago Ares la tumbó de inmediato en el suelo.
En su boca, el sabor metálico de la sangre se mezclaba con el de la bilis al vomitar. La hierba bajo ella estaba salpicada levemente por oro líquido y los restos del lomo de cerdo con castañas. A penas pudo sostener su peso sobre los codos para alzar la vista y ver al príncipe rabioso.
Respiraba agitado y con violencia. Ares tenía la musculatura de un toro y ahora soltaba aire por la nariz como uno embravecido al ver la mirada de Perséfone sobre él, con la boca manchada de su sangre. Lanzó un bramido gutural y en dos zancadas se posicionó encima de ella, agarrándola de nuevo del cabello.
Perséfone sabía que este nuevo puñetazo iría a su rostro, pero no pudo desviar la mirada.
—¡Ares!
Por encima del hombro de Ares, Perséfone pudo ver la lúgubre figura de Hades. Tapado con su capa negra daba una sensación incorpórea. Y su voz era un manto tan sombrío que todo lo volvió gélido, hasta la rabia de Ares. Y Ares, aquel salvaje perro de caza, bufando, obedeció al llamado.
—...¿Qué?
—Debes ir junto a tu hermana Atenea y reunir vuestros ejércitos para partir inmediatamente a Etna.
—Ahora mismo estoy ocupado —siseó entre dientes Ares.
Hades miró con adustez a su sobrino y la brutal mordedura en su lado izquierdo. Le había arrancado parte de la carne de la mejilla y el icor goteaba por su mentón y cuello. Sostenía aún a Perséfone, jalándola bruscamente del cabello y la joven se retorcía en el pasto, cubierta de sangre y restos de vómito.
—Es una orden —dijo Hades—. Obedece.
Ares rugió, enseñando los dientes. Soltó violentamente a Perséfone que cayó al suelo, tosiendo y retorciéndose. Avanzó hasta Hades en tres pesados pasos. Era dos cabezas más alto, pero Hades no retrocedió; incluso cuando Ares se agachó sobre él y acercó su rostro al suyo, soltándole todo el aliento de su cuerpo.
—Puede que seas el rey de Inframundo, pero aquí yo soy el príncipe de...
—Obedece —interrumpió Hades, sin inmutarse ante su amenazadora presencia. La noche había caído y las luciérnagas planeaban por la orilla—. Recuerda, sobrino, que todos los hombres que braman tu nombre llenos de valor en el alba de la guerra, es a mí a quien ven con temor en el ocaso.
Ares tuvo la decencia de callarse. Se irguió en su larga altura, apretando la mandíbula, pero obedeció, alejándose por el camino que la mano de Hades le indicaba. Perséfone sólo logró captar la extraordinaria expresión de avidez en el rostro del príncipe antes de desaparecer en las sombras.
Con una mirada de aversión por encima del hombro hacia su sobrino, Hades se acercó en silencio a Perséfone, se arrodilló a su lado y la ayudó a a incorporarse suavemente.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
