—Esta hostilidad que ha empezado entre vosotros amenaza con desestabilizar todo lo que hemos construido. —Encabezando la mesa del Consejo, Hades hablaba con resoluta entonación—. El Inframundo se construye sobre la unidad de sus territorios, no sobre su conquista. Como vuestro gobernante y basíleo del Ánax, mi deber es garantizar la cohesión de nuestro reino y proteger a cada uno de los inmortales que me han jurado lealtad. Os exijo, pues, que la paz sea observada y respetada en los Parajes Oscuros.
Su mirada acerada dejaba a cada señor, consejero y terrateniente con la firme impresión de ser el único objetivo bajo su escrutinio.
—Psitheros, Adikyrios, Algolipeia, vuestra insurrección en Kakóntopos ha sido un acto de provocación y desafío a mi autoridad. Como castigo por vuestra transgresión, deberéis compensar debidamente a Estogéneis, señor de Kakóntopos, por los daños que le habéis causado.
Los señores mencionados, sentados a su derecha, se removieron bajo la expectativa, con el desagrado propio de anticiparse a una sentencia que les sería indigna, pero que debían encarar con aparente entereza. Psitheros el susurrante, estaba inclinado ligeramente hacia adelante como si estuviera midiendo cada palabra que Hades pronunciaba. Como todos los bastardos de Zeus, era alto, poderoso y fuerte, con su cabello oscuro cayendo en ondas sobre sus hombros. A su lado, Adikyrios, el señor de Melastía, era más alto todavía que Psitheros, pero enjuto, con la piel de un gris cenizo, y daba la impresión de ser una criatura frágil y exhausta. Sin embargo, lo compensaba con su elegancia y sus ropas exquisitas, pues vestía con un manto pesado de piel de armiño y una túnica de lana teñida de púrpura de Tiro y con ribetes dorados; además, en sus largas y delgadas manos, sostenía un bastón de exquisito tallaje. Parecía absorber la severidad del momento, tranquilo, resignado y práctico. Su esposa Algolipeia no se quedaba atrás en sus ostentaciones de riqueza: llevaba unas cadenas con pedrería por encima de su vestido de un color rojo terracota que ceñía sus pechos para levantarlos y moldeaban su silueta de hechura modesta y delicada de talla, como todas las nereidas. Sus largos y abundantes rizos negros estaban recogido en un intrincado moño con pasadores de rubí a juego con su ropa y portaba joyas en el cuello, las orejas, brazos y dedos. Bajo sus pestañas oscuras, los ojos de Algolipeia miraban a Hades con una mezcla de resentimiento y orgullo.
Las terratenientes Estigia y Lete no habían dudado en apoyar su causa situándose con ellos en la mesa. La oceánida Estigia nunca había estado satisfecha con la idea de que el Nacido del Mal tuviese sus tierras colindando con las de ella. Por su parte, Lete era hermana de Algolipeia y las nereidas siempre actuaban protectoras entre ellas.
—La restitución —continuó Hades— será entregada en la forma de recursos y tributo, atendiendo a que sus pérdidas en Kakóntopos se estiman en un veinte por cierto de sus recursos anuales por la invasión.
Al otro lado de la mesa, separado de sus enemigos por una distancia que parecía más un abismo que una mera separación física, se encontraba el Nacido del Mal con una expresión que podía interpretarse como indiferencia. Como todos los tartarídes, tenía un aspecto monstruoso, con rasgos reptilianos, muy distinto al linaje que Gea había engendrado con Urano o a la prole de Caos. Su piel escamosa poseía un leve matiz azulado y una cicatriz que cruzaba desde su sien hasta el pómulo derecho le añadía una brutalidad que no necesitaba. Unos cuernos curvados hacia atrás, negros y adornados con cadenas de oro engarzados en ópalo, sobresalían de su cabello perfumado y largo, trenzado con anillos e hilos de gemas. Representaba la viva imagen del guerrero barbárico que era, lo que le daba una presencia dominante y poderosa. Hades había probado su maestría en combate, y sabía que era tan fuerte como ágil, y con un poder asombroso. Sus ojos, de un rojo profundo, brillaban como carbones encendidos en una cueva oscura, siempre alerta, siempre peligrosos. Estogéneis parecía disfrutar del hecho de ser el centro de la disputa y, para Hades, defenderlo representaba una paradoja dolorosa, pero necesaria.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
