Perséfone huía de la humedad fría que permeaba el submundo a finales de otoño tumbada en el diván junto al brasero del despacho. Mientras jugueteaba distraídamente con uno de los broches que tantas ninfas portaban ahora con orgullo, observaba con atención cómo su prometido revisaba nuevamente el tratado de paz. Los últimos días habían sido largos y pesados para él. Aunque Perséfone no podía ayudarlo demasiado en lo concerniente a la política, a Hades le gustaba que ella estuviera a su lado, escuchándolo en sus divagaciones o simplemente acompañándolo.
Hoy, finalmente, ambas partes firmarían el armisticio. Y, Perséfone sabía, con esa certeza que nace de conocer el alma del otro, que lo que mantenía a Hades porfiando hasta el último momento con cada palabra del pergamino era la tiranía de su propio perfeccionismo y no que el tratado necesitase una última revisión. Lo sabía porque, si bien no conocía la política, sí conocía a Hades, y eso le bastaba para saber que, de haber algo que precisara verdadera corrección, estaría sentado, con los dedos ennegrecidos de tinta garabateando soluciones hasta rasgar la piel del papel. Pero ahí estaba, erguido, inclinado sobre el escritorio, leyendo una y otra vez, buscando errores donde no los había.
Con una sonrisa coqueta, ella se levantó y sus pies descalzos se deslizaron suavemente sobre el frío suelo de mármol hasta el escritorio. Se sentó en el borde, balanceando ligeramente las piernas, e inclinó la cabeza para entrar en su rango de visión.
—¿Sabes qué es lo único más insistente que el Destino? —dijo, cruzando una pierna sobre la otra con una despreocupación perfectamente calculada—. Tú, cuando decides revisar el mismo tratado por vigésima vez.
Hades levantó la vista y le dedicó una sonrisa de medio lado, esa que siempre le hacía vibrar el estómago.
—Me acusas injustamente. No han sido veinte veces —replicó con un tono indulgente—. No puedo permitirme ningún error, no con algo tan delicado.
—Es importante, sí, ya lo sé —lo interrumpió ella, sonriendo tiernamente y fingiendo que no le preocupaba el cansancio que Hades arrastraba como un sudario.
Los pozos profundos de Hades donde siempre brillaban estrellas en el abismo se veían apagados. No era algo que hubiera ocurrido de golpe, sino una lenta decadencia, imperceptible para los demás, pero no para ella.
Se mordisqueó el labio y se deslizó por el escritorio sutilmente para ponerse frente a él, sobre sus pergaminos.
—Con la cantidad de tiempo que llevas revisando ese tratado, podrías haber sellado la paz cinco veces ya. O, mejor aún, podrías estar aprovechando el poco tiempo que tenemos antes de que nuestros respectivos deberes nos arrastren. —Sus rodillas rozaron el bajo abdomen de él—. Tienes un rato libre... y lo estás desperdiciando por tu perfeccionismo.
Hades dejó escapar una risa suave, resignado a su encanto, mientras extendía una mano para colocar algunos pergaminos que amenazaban con caerse al suelo, empujados por las flores y plantas que empezaban a brotar de la mesa. Luego, su mirada se encontró de nuevo con la de ella y a Perséfone se le arrugó el estómago como una hoja mojada por la lluvia de octubre al ver sus ojos centellear débilmente, cuando antes eran cometas en combustión.
—Es solo que quiero asegurarme de que todo esté en orden —se excusó él, intentando sonar convincente—. No es perfeccionismo, es...
—¿Es qué? —Perséfone inclinó la cabeza, divertida.
—Necesario.
Perséfone arqueó una ceja, divertida, mientras presionaba más la rodilla contra él.
—¿Necesario? —repitió burlona, estirando una mano para quitarle suavemente el documento de los dedos—. Todo saldrá bien, Hades. Si no confías en ti, confía en mí. Es suficiente, ahora es mi turno. —Hizo un puchero encantador, pestañeando exageradamente—. Prometiste que me dedicarías un rato antes del acto de firma. Y no me iré hasta que lo hagas.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomantikaHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
