CAPÍTULO 19. El compromiso.

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Como protectora de los matrimonios, Hera se desilusionó muy pronto de lo que podría esperarse de los hombres: tenían amantes, y de esas relaciones ilícitas nacían bastardos.

Después de que Zeus la liberase del abismo atemporal de Cronos, mientras sus hermanos luchaban en la Titanomaquia, su madre Rea la envió lejos de la guerra, al palacio de la diosa de la tarde Hésperis.

Después de ser coronado como Rey de los Cielos, Zeus fue a buscarla para llevarla al Olimpo. Se había enamorado de ella y quería convertirla en su reina. La llamó pajarito y Hera sintió el aleteo de algo nuevo naciendo en su corazón.

Mientras Hera preparaba su equipaje para ser llevada al Olimpo, Hésperis le avisó sobre el comportamiento lujurioso de Zeus, destrozando los bellos cuentos de hadas que había fabricado en sus fantasías con él. Hera entonces rechazó su oferta de matrimonio; no iría al Olimpo con él y el resto de sus hermanos, se quedaría con Hésperis y sus hijas. A pesar de ello, Zeus no se dio por vencido.

Fue un día de tormenta que Hera vio un pequeño cuco desvencijado bajo la lluvia; sintió lástima por el pobre pájaro y amablemente lo llevó a su habitación. El cuco resultó ser una trampa del dios de las tormentas, y en cuanto Hera lo colocó bajo sus senos para darle calor, éste reveló su verdadera forma como Zeus y la forzó allí mismo.

«Quizás lo he propiciado yo de alguna manera». Al ser consciente de lo que le había sucedido, Hera se sintió avergonzada por su estupidez, culpabilizándose por haber coqueteado tan descarada con él, haberle hecho creer tan fácilmente que sería suya. «Me tendría que haber dado cuenta de lo que iba a pasar. Debí ser precavida, ser cauta y no haberme dejado engañar» se fustigaba según pasaban los días, recordando la escena constantemente para entender en qué se había equivocado para haber acabado así. «Ahora todos sabrán que ya no soy doncella, ¡me acusarán de haberlo provocado!» pensó desbastada al saberse encintada por el encuentro.

Rea la consoló, y le dijo que aquello era una oportunidad: la oportunidad de conseguir una corona. Le dijo que había sido afortunada porque incluso ya habiéndola deshonrado, Zeus aún seguía amándola. Así que, Hera enjaguó las lágrimas asumiendo las consecuencias y se convirtió en la reina, al lado de su esposo Zeus al casarse con él. Los días y las noches se llenaron de joyas, banquetes, canciones y palabras llenas de amor de Zeus.

Pocos meses después del casamiento, del embarazo nació Hefesto, deforme y desagradable como su primera unión con Zeus, y decepcionada lo lanzó del Olimpo, ocultándolo de la vista de su esposo temiendo que la rechazase por haberle engendrado tal horror por heredero.

Después nació Ares, y Zeus pasaba la mayor parte del tiempo fuera del Olimpo, tratando de restablecer la tierra tras la desolación que dejó Cronos en su reinado. Mientras se encarga de asuntos diplomáticos y hacía alianzas divinas como estratega, liberando gigantes y hecatonquiros, Zeus engendró bastardos con mortales e inmortales. Le dolió descubrirlo, pero pensaba más en su amado bebé que mamaba de su pecho. Aquel segundo hijo era hermoso, fuerte y varonil. Ares era lo que siempre deseó como madre. Y ningún otro hijo pudo competir con ese amor que le profesaba. Él era su guerrero, su heredero, su orgullo.

Luego vinieron sus tres hijas, todas bellas y distintas entre ellas, y Hera se deleitó feliz sabiendo que no habría conflictos por la corona. Ares se desposaría con alguna de sus hermanas, del mismo modo que hicieron los reyes titanes. Entonces apareció Hefesto, regresando al Olimpo adulto y poderoso, exigiendo su derecho; estaba tan furioso que Zeus le regaló a Afrodita como esposa para calmarlo. Hera había pensado que Zeus despreciaría al espantoso dios, sin embargo, lo amó como a un hijo más. Y ese mismo amor paternal se lo entregó a cada uno de sus bastardos. Zeus los llamaba hijos ante todo el Olimpo y cuidaba de cada uno de ellos sin distinción.

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora