CAPÍTULO 22. El rapto

656 69 20
                                        

Dentro del arcón nunca se estaba arriba o abajo. Perséfone tenía los brazos encajonados entre el pecho y sus piernas, con las rodillas que le llegaban hasta el cuello. Cada movimiento brusco hacía que su cabeza se golpeara y el mundo giraba enloquecido cuando el suelo se resquebrajó bajó ellos y el carruaje descendió en una caída vertiginosa que no parecía tener fin por grutas infernales hacia las entrañas del Inframundo. Oía los cascos fantasmales de los caballos entre las duelas de madera, retumbando como si hubiera algo debajo del carruaje más allá de la niebla de azufre y ceniza, y la caída. Le llegó también el lamento de llantos y súplicas a lo lejos que le pusieron la piel de gallina y el olor espumoso de la orilla de un mar, hasta que se detuvo con un golpe que la obligó a contener un grito.

—Avisad a Érebo —demandó la voz grave de Hades, saliendo del carruaje—. Nykteus, deja los caballos uncidos, en breves iremos a los jardines de Enna —los pasos fuertes del rey se alejaron durante un momento, pero enseguida retornaron al escuchar un reclamo que Perséfone sólo pudo interpretar como el silbido del viento en los álamos blancos—. ¿Qué pasa con el arcón, Nykteus?

Perséfone sintió las frías presencias, poderosas como el miedo en la noche. La tapa del arcón se abrió de repente. Una luz incandescente de tono verde entró a raudales, acompañado de un sorprendente aire fresco y húmedo. Perséfone inhaló una bocanada con ansiedad y trató de incorporarse, pero lo único que consiguió fue caerse boca arriba en el arcón, con el hermoso vestido confeccionado para ella esparcido por todo el borde del baúl como la nieve desbordada.

Ante ella se alzaba el rey del Inframundo. La miró atónito durante unos segundos que se hicieron eternos, con la boca desencajada y los ojos abiertos como huevos estrellados. La mirada se movió hacía el vacío, encogiéndose levemente de hombros esperando una respuesta de Nykteus, fuese quien fuese, allá donde estuviera. Volvió a fijar la mirada en Perséfone.

—¿Qué haces...? —se detuvo en la oración, replanteándose la pregunta—. Estás...pre... preciosa, ¡impresionante! ¿Qué haces aquí? —demandó incrédulo.

Perséfone sonrió con la inocencia de un cervatillo, acomodándose en el arcón como si acabara de despertar de su lecho.

—Hola, Hades...

Estaban en una caballería alargada, con techo abovedado y muros hechos de huesos, adornado con botes de cristal que desprendían irisaciones verdosas que bañaban de luz la penumbra del lugar.

—¿Cómo... cómo llegaste hasta aquí? ¡Nyktus! ¿Tenías idea de esto?

Sentada aún dentro del hueco del arcón, abrazando las piernas y con el mentón apoyado en las rodillas, Perséfone miraba a Hades pasear de un lado a otro, con el semblante cubierto por la sombra de la preocupación. Hades no le dio la cálida bienvenida que ella había esperado, se veía sombrío.

—¿Tú lo sabías y lo permitiste? ¡Que insensatez! ¿En qué estabas pesando? ¡No me vengas con esos cuentos a estas alturas, Nyktus! —Hades se paró de pronto frente al arcón donde estaba ella y bajó la mirada para verla. A penas era un montoncito de seda blanco y rizos de cobre. La examinaba con el ceño fruncido y la mandíbula apretada en un ángulo afilado como un cuchillo. Se preguntó si estaría molesto con ella o con la situación—. ¿No te das cuenta que pones tu honor en peligro habiéndote escapado al Inframundo en mi carruaje?

—No me importa mi honor —se escuchó a sí misma al decirlo y se percató de que era cierto—. ¡No deseo casarme con Ares! Pensé que tú me entenderías —le reclamó, sólo para después recordar las lecciones implantadas por su madre—, esperaba que ampararas mi arrebato, su Majestad.

—Claro que lo hago —le respondió con aire consciente—. Perséfone, no iba a permitir ese casamiento, si no era tú deseo. ¡Pero no de este modo! Por las vías de la diplomacia, incluso la guerra, ¡no con un rapto!

Perséfone. La muerte de la primaveraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora