Amaneció un nuevo día en los jardines de Deméter y, luego otro, y otro. Nada cambiaba, todo era eterno en su perfecto equilibrio. Crecía trigo, maíz y cebada, y ni en el Olimpo eran tan grandes ni tan dulces las frutas como las que crecían bajo el cuidado de la Señora de la Hoz.
Desde el Palacio de Seda se podía escuchar el inquieto murmullo de las melissaes que el viento ofrecía. Estaban más cautelosas y apuradas que de costumbre. Se terminaba la segunda semana del decimosegundo mes y el tiempo apremiaba para cumplir con el phoros, el tributo que le impuso anax a Deméter a cambio de su independencia en la tierra: el heraldo Hermes bajaba a los jardines a recoger el diezmo de la cosecha que lograba durante el otoño y la primavera para presentarlo en el Olimpo. Después del phoros, llegaba el verano y las tierras perdían su fertilidad durante tres meses en los que su madre descansaba, recobrando su poder para poder domar de nuevo a la primigenia Gea con las primeras lluvias.
A Perséfone le encantaba el phoros porque su madre estaba demasiado ocupada preparando todo para la llegada de Hermes. Por supuesto, Perséfone tenía estrictamente prohibido acercarse al heraldo y nunca lo había visto. Su madre la quería lejos de sus miradas indiscretas. Por lo que, si jugaba bien sus cartas, Deméter siempre era más permisible con ella en las horas previas.
Aquella mañana, Perséfone se había esforzado en ser todo aquello que no era. Podía serlo si se lo proponía, en especial si después obtenía como recompensa un poco de libertad.
Se había arreglado con esmero, lavándose el cuerpo y el cabello en agua de rosas y perfumado entera con esencia de lirios y anís. Leucipe le ayudó a cepillar el cabello con paciencia, usando aceites y peines de marfil para darle brillo y suavidad hasta que cada hebra cayese en su correcto lugar con rizos sueltos y abiertos. Se puso su mejor vestido de lino blanco, decorado en los bordes con un ribete de motivos florales con hilos de colores vivos. Luego, se calzó unas sandalias de cuero, con tiras que se envolvían alrededor de sus piernas hasta la rodilla.
Y esperó nerviosa a que Leucipe hiciese que la hermosa barca de madera blanca en la que iban Deméter y Melisa atravesase las aguas del lago hasta llegar al Palacio de Seda. Perséfone se paró frente a su madre, orgullosa de su apariencia cuidada y arreglada. Sin embargo, en cuanto Deméter la miró, sus ojos se estrecharon con desconfianza. La miró de arriba abajo, examinándola detenidamente. Perséfone esperó pacientemente a que dijera algo.
Siempre había pensado en sí misma como una versión deslucida de su madre; el rostro de Deméter era de pómulos altos, piel radiante y labios suaves, en cambio el suyo era redondo, pecoso y con los labios resecos y despellejados por su manía de arrancarse las pieles muertas. Perséfone había heredado su espesa cabellera rojiza, pero mientras que su pelo era como el cobre viejo e indomable, el de Deméter caía en perfectos bucles de cobre pulido, recogido en una redecilla enjoyada.
Finalmente, Deméter habló con un tono condescendiente:
—Oh, qué agradable sorpresa, veo que mi hija ha decidido lucir bien.
—Me alegro que te agrade, madre —le respondió con una voz suave.
—Espero que hayas dedicado tanto tiempo a tus estudios como a tu apariencia esta mañana, aunque no tengo muchas esperanzas en eso.
Mordiéndose el labio inferior, Perséfone se obligó a mantener la calma y no responder con sarcasmo.
Tomó asiento frente a Melisa, irritada por la incomodidad de las sandalias. Siempre las había odiado, prefería andar descalza. Tomó el pergamino que contenía las Tradiciones y miró a su madre; se había sentado en la mesa con las cuentas del diezmo y, aunque parecía concentrada en sus tareas, Perséfone era conscientes de que su madre no perdía detalle de la lección, atenta a cada una de las palabras y gestos de las demás.
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Perséfone. La muerte de la primavera
RomanceHabía intentado ser una buena y obediente hija, pero la primavera no puede ser domada y sólo tiene sentido con la muerte. Perséfone se abrirá camino en un mundo plagado de dioses más crueles que los monstruos, llenos de secretos, intrigas y romances...
